‘La sociedad del semáforo’, al cine

Una historia más poética que política, apoyada por el World Cinema Fund, lleva dos semanas de rodaje  por las calles bogotanas.

“A metros los actores de televisión”, decía en resaltado la convocatoria de casting que logró reunir a más de 600 personas y de las cuales se escogieron alrededor de 150 para participar en 'La sociedad del semáforo'.

Antes que buscar un talento actoral, Rubén Mendoza, el joven director de esta producción, tenía muy claro que lo que pretendía era la química con sus actores y el proceso para desarrollarla. “Me interesa construir una amistad para después filmarla. Me parece honesto. No son promesas de largas amistades y sin embargo sé que con algunos de los que aceptaron la invitación de participar quedará un vínculo de por vida”, afirma Mendoza.

Un dibujo de un niño colgado de un semáforo fue la primera imagen responsable de la génesis de esta historia. Durante tres años, Mendoza, también director de los  cortometrajes,  Estatuas, El reino animal y   La cerca, ha fraguado el proyecto. Esta película aspira descubrir las historias detrás de esos segundos y minutos que transcurren en un semáforo en rojo. En la realidad que se convierte en ficción, los cruces de las calles son habitados por alrededor de 20 personas que intentan ganarse la vida de alguna manera con actos que se han ido sofisticando. Según Mendoza, retratar este submundo es como oír el lado B de un disco, es  revelar esa porción de vida que está detrás de un platillo volador y de otras tantas piruetas y es, al final, la excusa perfecta  para hablar de una Bogotá que le interesa.    

El protagonista es el personaje Raúl Tréllez, un desplazado chocoano con algunos  conocimientos en ingeniería eléctrica que se le ocurre la idea de crear un mecanismo que prolongue el tiempo en rojo del semáforo para así lograr que “el parche” pueda montar actos más largos.

Mauricio Rincón es cómico de circo, malabarista y trapecista, también ha trabajado la calle. Fue escogido para interpretar a Rodrigo, el único personaje que “tiene carro propio (su silla de ruedas), negocio propio y trabaja sentado”.

Hugo Bolívar se dedicaba a dar shows musicales en tabernas y ahora vende chaquetas en la 34 con séptima, a veces en la 26 y otras por la Caracas. Interpreta a Javier, una de las tantas personas que se ve obligada a salir a la calle y a vivir la vida a merced de una luz intermitente que cambia del verde al rojo.

Gala, la chica que bota fuego por la boca, Aníbal, el que cuenta cuentos, o Rodrigo, el que hace equilibrio de foca con una sombrilla, viven la incertidumbre de cada día porque no saben mucho de sus personajes ni de cómo se va a desarrollar la historia. Esta ha sido la técnica y la apuesta del director para encontrar la espontaneidad, la sorpresa y el vigor en los actores. “Ellos no saben dónde están parados, yo escasamente doy información antes de escena e incluso después”, afirma Mendoza.

El rodaje se ha realizado en medio del tráfico real, del caos, del ruido, de los pitos, de los accidentes, con un sonido directo. Por ejemplo, una de las primeras escenas fue filmada clandestinamente en un cementerio. A pesar de que todos estos factores son para cualquier realizador extremos, corresponden al espíritu transgresor de la película. “La marca de todo el proceso de la película ha sido el delirio”, confiesa el director.

Más allá de lo épico y de las grandes historias, esta cinta escarba en las miles de caras invisibles que se agolpan ante los vidrios de los carros, sin intención de politizar la situación ni de denunciarla porque Mendoza ante todo es un director de cine, no un trabajador social.

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