Vals por lo inevitable

Ari Folman propone una mirada íntima sobre un fragmento de la guerra árabe-israelí.

En Líbano no cae bien el cine israelí. “Todo lo que viene de Israel es prohibido, porque todos creen que Israel es  el enemigo”. Así se lo explicó a la corresponsal inglesa de la revista británica The New Statesman, en Beirut, el director  de la dependencia cinematográfica de la Dirección de Seguridad  libanesa.

Por estos días, y como sucede en la actualidad cada vez que un gobierno decide censurar películas que considera amenazantes, un DVD pirata anda rondando silenciosamente por las calles de  Beirut. Es un trabajo que los inquieta: un impecable y bello filme animado; un documental periodístico y onírico, construido desde las profundidades de la  adolorida memoria de su director   y alimentados por diálogos con testigos  de una de las matanzas más sangrientas en la historia de Líbano: la masacre de más de mil palestinos, en los campos de refugiados de Sabra y Shatila, en Beirut, 1982.

Lo que más les impacta a los libaneses, como lo pudo constatar la reportera de The New Statesman, es que la película fuese hecha por israelíes. Y que en ella, como muy pocas veces, el público árabe pudiera observar a un “enemigo” adolorido y atormentado por los fantasmas del conflicto. “Me abrió lo ojos”, le comentó a la periodista un joven libanés que había logrado ver una de las copias de Vals con Bashir. “En el mundo árabe nos enfocamos en la ‘foto grande’ —Israel como una entidad—, y esta película se enfoca en la memoria individual y en recordar una sola imagen. Es algo honesto y simple”.

Nacido en el puerto de Haifa, Israel, el realizador Ari Folman es el autor de este viaje personal hacia un pasado escurridizo. A punto de llegar a los cincuenta, el cineasta descubre que ha perdido gran parte de los recuerdos de sus 19 años, cuando fue enviado, como miembro de la Fuerzas Armadas Israelíes, a invadir el sur del Líbano. Atormentado por imágenes cuyo significado no comprende del todo, Folman indaga  entre amigos y ex combatientes para determinar qué pasó durante esos días en que fue enviado por su país a detener los ataques de Yasser Arafat y la Organización por la Liberación de Palestina, atrincherada en el sur libanés.

Las fuerzas israelíes entraron a Líbano en junio del 82, aliadas con las milicias cristianas falangistas, simpatizantes del recién electo primer ministro Bashir Gemayel. Y desde su llegada, se  enfrentaron a una coalición de distintas fuerzas árabes: libaneses, palestinos y sirios; estos últimos se las arreglarían para matar a Gemayel, durante los días de la ocupación israelí a Beirut. El magnicidio  desató la furia de los falangistas cristianos.

Entre pregunta y pregunta, los recuerdos de Folman emergen, y con la dificultad que impone el trauma en la memoria, la animación comienza a revelar los detalles de la noche del 16 de septiembre del 82, en la que su ejército, un día después de la muerte de Bashir Gemayel, rodeó el campo de refugiados de Sabra y Shatila, en Beirut, y permitió que durante dos días, los  milicianos  falangistas entraran y fusilaran, contra las paredes y las ruinas, a  más  de mil palestinos.

No hay mejor reseña para este película que el silencio frío que sobrecoge a la sala de cine cuando el documental  llega al final. De mágica manera, Folman logra hacer visible la intimidad de la guerra, la inevitabilidad de la guerra, el universo profundamente trágico y absurdo de la guerra, y deja pensando al espectador que “en la guerra un grupo de gente usa a los  jóvenes como peones”, como explicó en el lanzamiento de Vals, en Cannes el año pasado.

Paradójicamente, cuando era estrenada a comienzos de enero de 2009 en  Estados Unidos y recibía el premio a Mejor Película por parte de la Sociedad Nacional de Críticos de Cine, cientos de bombas caían sobre los techos palestinos en la Franja de Gaza, como parte de la operación Plomo Fundido. De nuevo, niños, mujeres y civiles murieron; y las imágenes volvieron a recorrer el mundo en una agobiante y dolorosa prueba del inevitable destino de los civiles palestinos: ser los daños colaterales de la guerra entre dos rivales.

“Los últimos eventos en Gaza le añaden relevancia a Vals con Bashir”, le sugirió la periodista Deborah Solomon el seis de enero, en la revista dominical del New York Times.

“Será siempre actual —respondió Folman— porque siempre habrá algo que pase”.

“¿Tan remota está la paz? —le dijo Solomon— Eso es triste…”.

Es triste, debió pensar Folman, “pero es verdad”.

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