Piano, un cómplice clave

Los dos músicos antioqueños se han encargado de divulgar el folclor andino de Colombia sin complicarse con denominaciones como ‘clásico’ o ‘popular’. Ellos comprenden el arte sonoro como un sentimiento puro.

La diferencia entre la música clásica y las sonoridades populares es una tecla. Con sus pianos, Teresita Gómez, concertista de amplia experiencia, y Juancho Valencia, líder del grupo Puerto Candelaria y gestor de propuestas como Banda La República, eliminan las fronteras y hacen que la música, simplemente, trascienda.

El Espectador hace una nueva entrega de una serie de especiales dedicados a las leyendas y a las jóvenes figuras del folclor nacional. Un homenaje a la música y un tributo a sus exponentes.

Teresita Gómez (T.G.): Yo me siento una eterna estudiante de la música y cuando me acerco a un alumno es porque quiero aprender y así me siento renovada y aunque todos me dicen ‘maestra’, yo no me lo tomo muy en serio.

Juancho Valencia (J.V.): Es que el estudio de la música es infinito, Teresita.

T.G.: Así es... La música es tan noble que pasan los años de los años y uno sigue ahí, sin pensión, ni jubilación, ni nada.

J.V.: Lo más bonito de la música, para mí es que es un vehículo para viajar, pero no solamente de manera geográfica, sino con la mente y con el espíritu. Lo que he aprendido de este oficio es que me ayuda a transportarme y por eso sigo siendo fiel a él.

T.G.: Igual yo. Para mí lo más grande que le puede pasar al artista es la posibilidad de compartir lo que uno hace con los demás. En la música uno siempre está en retroalimentación, porque para uno poder llegar al público y ofrecerle el trabajo se necesita mucho compromiso de parte y parte. En un concierto uno puede salir en otra atmósfera, porque cuando la presentación es muy buena, el músico termina totalmente eufórico.

J.V.: Claro que también está la otra cara de la moneda, es decir, lo que no es tan bonito en la música. Yo pienso que lo que no me gusta de la actividad artística es que no todo el mundo valora lo que uno hace. En el arte se requiere de muchas horas extras para poder lograr lo que uno se propone, porque la música no es un empleo, es una vocación.

T.G.: Lo que pasa es que muy pocas personas saben que la música es una especie de sacerdocio.

J.V.: Claro… es algo que no resulta bien recompensado muchas veces, y no me estoy refiriendo en términos económicos. Así como disfruto mucho la oportunidad que da la música de transportarnos, también debo decir que me asusta inmensamente no viajar y no lograr contactarme con los demás a través de ella.

T.G.: Como yo tengo un poquitico más de años que tú, te digo que lo más difícil es entrar, que te reconozca la gente y que tengan el deseo de asistir a una de tus presentaciones. La música es un camino largo, lleno de desalientos, pero también de ahí mismo uno saca las fuerzas para seguir tocando.

J.V.: ¿Tú crees?

T.G.: Por supuesto. De todas esas negaciones vividas es que uno se alimenta para romper ciertas atmósferas y llegar al objetivo, que es hacer música. Todos esos dolorcitos que están presentes en el arte sirven porque lo neutralizan a uno.

J.V.: Todas esas vivencias son el equilibrio del músico.

T.G.: Claro… por ejemplo, cuando tú estabas empezando yo siempre tuve mucho deseo de ir a escucharte y tan pronto pude me fui para la Universidad Eafit y debo confesarte que yo tengo una voz de bajo tenaz, porque soy muy ronca, pero esa noche grité como una loca porque se ve que contigo y con tu grupo Puerto Candelaria están pasando cosas buenas para la música. En ese momento te vi y pensé: ‘Ojalá hubiera sido alumno mío’.

J.V.: Muchas gracias… yo en cambio sé de ti desde el principio de mi carrera…


T.G.: Huyyy… cómo seré de milenaria.

J.V.: Pero no solamente uno sabe de ti por el tiempo que llevas como pianista, sino también porque tú representas mucho para la cultura de Medellín. Eres una especie de mensajera de la tradición. A uno en la academia le enseñan que Teresita Gómez no es cualquier buena pianista con talento y dedicación, sino que eres importante por tu acercamiento a las músicas andinas colombianas.

T.G.: Eso es lo que he hecho toda la vida...

J.V.: Y tu carrera además de ser muy inspiradora es un reto, porque contigo uno se da cuenta de que sí se puede hacer la combinación entre la música clásica y los aires tradicionales. Lo que más valoro de tu trayectoria es el respeto que profesas por la música popular siendo una concertista de semejante reconocimiento.

T.G.: Eso sí, siempre he tenido mucho respeto por la música popular. Tuve un maestro en Bogotá, el maestro Álex Tovar, quien compuso Pachito Eché, él era de la Sinfónica y cuando yo era muy joven me decía: ‘Uno tiene que apreciar toda clase de música, porque el deber del artista es enriquecerse mucho’. Yo me metí eso en la cabeza y creo que hay que escuchar muchos buenos boleristas, buena música popular, con los porros y todo ese movimiento genial de los años 60. Yo puedo escuchar clásica y sin ningún problema después me pongo a oír tangos o salsa y eso me ha enriquecido inmensamente.

J.V.: A mí también me gusta nutrirme de todos los géneros musicales.

T.G.: Sabes que para un pianista escuchar cantantes es muy bueno, porque eso afina al cantante interior. La música hay que cantarla y en este instrumento que es de percusión, pues con mayor razón. El éxito del piano es poder llegar uno a ‘cantar’ lo que va a tocar, sobre todo las melodías del estilo al que denominan ‘clásico’.

J.V.: Aunque algunos le dicen ‘música culta’.

T.G.: A mí esa expresión ‘música culta’ me parece rarísima, porque eso quiere decir que es como para un grupito de personas muy limitado. Yo creo que esos términos le han hecho daño a la música.

J.V.: Claro, porque a las composiciones de Johannes Brahms uno no las puede calificar como parte de la ‘música culta’.

T.G.: Todos esos compositores que llamamos ‘clásicos’ en su época hacían música popular, elaborada, pero popular.

|J.V.: Eran sonidos elaborados, pero con raíces populares. Muchos de los compositores se inspiraron en los estilos tradicionales de sus países.

T.G.: Pero volviendo al piano… ¿sabes que lo que yo quería hacer en la vida era ser cantante?

J.V.: Mi prioridad tampoco era el piano… yo quería ser bajista.

T.G.: Yo tuve la oportunidad del piano, pero soy una cantante frustrada. Me hubiera fascinado ser rockera. Yo le digo a mi nieto: ‘hacele con el rock, que es más rico hacerlo que escucharlo’.

J.V.: Yo, realmente, fui obligado a estudiar piano.

T.G.: Todos los días escucho esas historias con mis alumnos.

J.V.: Claro… me imagino. Mi padre me obligó desde hace mucho tiempo a estudiar ese instrumento y, en realidad, tardé mucho para encontrarle el gustico, porque yo sentía muy lejano el piano. Por ejemplo, un trompetista sopla su instrumento y un percusionista le imprime toda su energía al instrumento con sus golpes, pero piano e intérprete están muy distantes.

T.G.: Claro, no hay mucho contacto con el instrumento. Eso es verdad.

J.V.: Sin embargo, cuando empecé a recorrer los caminos de la composición ahí sí le encontré toda la utilidad, porque es una herramienta completísima. Yo llegué al piano por obligación y lo continué por utilidad. Ahora siento mucho amor por la música que compongo con el piano, más que cariño por el instrumento mismo.

T.G.: Es difícil conectarse con ese instrumento tan desafiante con su color negro y tan extendido. El piano es un poco violento, porque está ahí incólume ante el público mientras uno se muere de los nervios. A mí me ha ayudado mucho para relacionarme con el piano la cantante que llevo dentro. Así ha sido más fácil.

J.V.: Yo creo que lo que debemos hacer, Teresita, es formar un nuevo grupo. Tú como cantante y yo como bajista. Eso sería ideal.

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