Nadie es normal visto de cerca

En una antología, la cronista argentina Leila Guerriero recoge lo mejor de su trabajo desde 2001.

Leila Guerriero es argentina y nació en una familia de inmigrantes —lo que casi es una redundancia—, y entre alemanes, italianos y árabes la autora de crónicas publicadas en Gatopardo, Etiqueta Negra y la revista de El País de España, creció oyendo historias reales, fascinantes, de cuando su abuela viajó en barco y le  robaron las cadenitas de oro tratando de llegar al país austral; de cuando el papá del abuelo estuvo en la guerra contra los turcos y  logró escaparse, o cuando el mismo abuelo caminó a pie la Patagonia con una bola de clavos para defenderse. Se entiende, entonces, que Leila esté tan fascinada por las historias reales, que según dice no son ni superiores ni inferiores a la ficción. Se entiende entonces, que Leila crea que “todo el mundo tiene algo que contar y que nadie visto de cerca sea normal”.

En su segundo libro, Frutos extraños, una antología de crónicas que recoge lo mejor de su trabajo desde 2001, se devela que Leila es sobre todo una contadora de historias y que ese es su único compromiso. “Sé que el periodismo se ha ido corriendo a lugares que el Estado abandonó, como la justicia o la asistencia social, pero me parece aterrador, no somos jueces, ni la Secretaría de Bienestar Social, la Asociación de Ayuda a la Mujer Golpeada, la Cruz Roja, o la Línea de Asistencia al Suicida”, explica Guerreiro, quien está convencida de que una crónica intenta reflejar un mundo que un lector sentado en la sala de su casa no puede ni siquiera sospechar y al cual no tendría acceso. “Si yo hablo de un pueblito de suicidas en el sur argentino y si luego algún lector quiere sacar una línea telefónica gratuita de ayuda, ese no es mi asunto. Contamos historias y si, como consecuencia, alguna vez ganan los buenos, ¡salud y aleluya!, pero no lo hacemos para eso, o sólo para eso”.

Es una cazadora de notas breves que parecen invisibles dentro de los periódicos, como el caso de una mina argentina en la que fueron aplastados varios trabajadores y en el que los únicos culpables sentenciados fueron los mineros muertos. La noticia fue dada en dos líneas del periódico y en ella detonó meses de investigación para una crónica.

También es amante de la vida privada de sus entrevistados, que según dice, es la que explica la vida pública, “es una relación entre causa y efecto. La vida pública, si quieres, es el efecto de una causa privada”.

Por eso, en su libro se evidencia cómo pasa el tiempo con un gigante paupérrimo, que fue jugador de baloncesto y luchador en Estados Unidos; con una jovencita, que está en la cárcel porque mató a su hijo recién nacido; con un crítico de cine, que fue el primero en hablar de Ingmar Bergman por fuera de Suecia, y con una mujer que mató a sus tres amigas con cianuro oculto en las tazas de té.

Leila está con ellos por semanas -ya no siete, sino 17-, les pregunta por sus padres, el pueblo donde nacieron y deja que pase el tiempo por horas sólo para escucharlos y asistir al espectáculo de la apertura de una vida ante otro.

Luego se sienta a escribir y afronta su miedo más temido, el de repetirse, el de plagiarse, el de acomodarse con esas formas que le resultaron exitosas en el pasado. Pero no renuncia. No puede. Tiene aún muchas historias que ha guardado en el tintero y su sarcasmo sutil tiene aún muchas formas de ser escrito.

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