La vida a golpes

Los términos se confunden: ¿Mickey Rourke interpreta al luchador o el luchador se encarnó en la figura maciza que tiene ahora Rourke? El antihéroe caído de la gracia del ring es el tema de la última película realizada por Darren Aronofsky.

El luchador como emblema pop. Una farsa emocional útil como terapia en el ring. La puesta en escena de un ejercicio físico y teatral doblegado a las piruetas, las acrobacias sin pausa y el resplandor de la sangre. Para que el público juegue, insulte y sublime sus pasiones a costa de los disfraces en movimiento utilizados por Blackman, Blue Demon, La Briosa o Randy The Ram Robinson (Mickey Rourke), entrenado por Darren Aronofsky, el director de Brooklyn que hizo de lo intelectual su sello con el misterio matemático en Pi (1998), pasando del ejercicio mental al despliegue corporal en El luchador (2008).

Mientras la vida de RRR es una fiesta de trucos artificiosos girando sobre la lona, afuera del coliseo espera la realidad con sus matices más crudos: desgaste físico, soledad emocional, falta de comunicación y empleos sin futuro como alternativa al declive de la fuerza y el estrellato que han golpeado durante más de veinticinco años el cuerpo del luchador.

Una tradición: el deporte a golpes que enaltece o condena a los protagonistas de aventuras donde se pierden combates pero no la dignidad —Gentleman Jim (Walsh, 1942); Fat City (Huston, 1972); Raging Bull (Scorsese, 1980)—. La vida y sus circunstancias como un campo de batalla.

En El luchador, la imagen de Rourke, su voz cada vez más rugiente, su nariz resquebrajada y su energía devastada, moldean un temperamento de doble faz en la historia: el rey de la cabellera que exhibe entre las cuerdas su apariencia de carnero, reconociendo la farsa que hizo de él un héroe semejante al de los cómics —sin poderes de titán— y el hombre que languidece en el tráiler donde vive, abandonado por todos —menos de un grupo de niños con los que juega a la lucha—.

Otro escenario descubre una complicidad: a la stripper Cassidy (Marisa Tomei), con la que puede creer, al menos soñar, que todavía el amor es una tabla de salvación. Imposible, en apariencia, con Stephanie (Evan Rachel Wood), la hija que hace surgir una ternura escondida entre la masa de músculos que se abultan sobre Randy, desmintiendo el vigor ciego de la fuerza bruta con la ansiedad de salvar su relación tras el caos.

Visualmente, El luchador  no es “elegante”. La fotografía de Maryse Alberti describe el circuito de la fealdad hecha estilo. El ring, los camerinos donde se encuentra el grupo de luchadores para saber cómo maltratar al otro sin hacerle mucho daño, el bar donde trabaja en las noches Cassidy —dividida como Randy entre sus labores domésticas y sus jornadas nocturnas—, son lugares a los que enaltece el afán de supervivencia en contra de la sordidez.

Cada personaje podría ser cantado por Tom Waits. De hecho, el luchador podría ser Mr. Waits —si fuera algo más fornido—. La dificultad de las relaciones como tema de sus historias son ilustradas por Aronofsky, apoyado en el guión de un autor emergente, Robert Siegel.

El luchador es una historia directa. Sin retórica visual o narrativa. Relata cómo, tras la fachada de cada ser humano, se agazapan los secretos que surgen y se revelan para resolver las deudas pendientes de otra larga lucha, cifrada en el calendario y sus días.

Cuando RRR trabaja vendiendo carne en un supermercado, pasea con Cassidy a la luz del día o se encuentra con su hija, sus relaciones se muestran sin los afeites que enseña para que el público aplauda —además, ¿a quién le importa? ¿Si la energía necesaria para subirse a un ring también está en la verdad que le permite encontrarse cada día en el espejo y descubrir que su vida no fue del todo un desastre?—.

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