El vuelo del enigma

El pasado viernes, 65 años atrás, desapareció en el Mediterráneo el autor de ‘El Principito’, una de las obras más leídas del último siglo.

Antoine de Saint-Exupéry desapareció en el aire, o del aire, como si hubiera sido uno de los personajes de su Pincipito. El 31 de julio de 1944 se subió en su Lightning P38 para fotografiar los ejércitos alemanes que podrían contraatacar en cualquier instante, según informaciones secretas de la policía francesa, y revertir lo que ya para aquel entonces se presagiaba como una derrota de los nazis. Sin embargo, aún faltaban algunos detalles. Saint-Exupéry quería ser héroe, un héroe de carne y hueso.

Su última misión de guerra le daría ese título que tanto anhelaba, pero jamás regresó de ella. Su avión y su cuerpo se esfumaron en el Mediterráneo, según dirían con el tiempo, a sólo 15 kilómetros de las costas de Marsella. Pasaron los días. Las semanas. Dijeron que había sufrido un accidente, que se había suicidado, que al mejor estilo de Rimbaud había huido hacia África para comerciar con armas, para casarse con una negra o para aislarse del mundo hasta entonces por él conocido.

Lo velaron y le organizaron un funeral sin cuerpo, y pasados los años, lo empezaron a olvidar. Sain-Exupéry era una leyenda. Incluso, más de un estudiante lector de sus libros se atrevió a afirmar que nunca había existido, que el Principito era la obra de un anónimo al que el francés había plagiado, o más que plagiado, suplantado. Las versiones se multiplicaron, igual que las ventas de sus libros, traducido con el tiempo a 118 lenguas. El hombre detrás de aquel ser que había llegado a la tierra proveniente de un planeta de dos por dos, nacido en 1900, y educado según los cánones religiosos de la época, fue lentamente engullido, como el elefante de su boa, por sus propios personajes.

Once años atrás, un pescador marsellés encontró entre sus redes una pulsera de oro grabada en su interior con el nombre de Antoine de Saint-Exupéry. Las viejas teorías volvieron a emerger. Dos años más tarde, un buscador de tesoros halló los restos de su avión, pero pocos creyeron en la veracidad del descubrimiento, hasta que en 2003 un submarino rescató algunos trozos de la aeronave: tenían el mismo número de serie de los del primer hallazgo, que a su vez correspondían a los del Lightning P38 del escritor.

Por esos mismos días surgió el testimonio implacable de un antiguo piloto de guerra alemán, Horst Ripper, quien admitió haber derribado el avión de Saint-Exupéry. “Todo ocurrió cerca de Toulon. Él volaba 3.000 metros más alto que yo, que estaba efectuando una misión de reconocimiento. Vi sus insignias tricolores y maniobré para instalarme a su cola y derribarle”, les dijo Rippert a los periodistas franceses Vanrell y Pradel. El vuelo de Saint-Exupéry se programó para 15 días antes del desembarco aliado en la Provenza. Se trataba de una operación cuyos objetivos eran intimidar a las tropas alemanas para que emprendieran la retirada definitiva hacia su país, creándoles un segundo frente en territorio francés que iban a ser incapaces de resistir.

Saint-Exupéry había nacido en Lyon, pero siendo muy niño su padre falleció y una tía lo adoptó. Vivió en un castillo en la zona de Saint Maurice de Remens. Estudió en Le Mans en un colegio de jesuitas, y más tarde, en Friburgo, Suiza, con marianistas. A los 21 años prestó servicio militar. Conoció los aviones y se prendó de ellos. Luego se enamoró de Louise de Vilmorin y se graduó de piloto, pero no voló su primer avión sino muchos años más tarde, una vez hubo roto su relación con Vilmorin. A ella no le gustaba que su novio arriesgara la vida de esa forma. Lo prefería como escritor. Él le dijo que no iba a transar. Nunca más se vieron.

En 1926 publicó su primer libro, El aviador, seguido de Vuelo nocturno, en 1931, con prólogo de André Guide. Su fama comenzó a rebasar sus propias aspiraciones. Cada vez volaba más. Como piloto de correos o para escapar. Si estaba en tierra, escribía. Si volaba, arriesgaba. Por ello, luego de haber publicado El Principito, y de haber ganado varios premios literarios con Tierra de hombres, logró que las milicias francesas lo enrolaran para enfrentar a los alemanes.

Entonces llegó el 31 de julio de 1944. Saint-Exupéry se metió dentro de su uniforme de aviador, convencido de que cuando pisara tierra de nuevo sería un héroe. Y lo fue, aunque hubiera sido de otra forma. Lo fue, y sin embargo, tragedia de las tragedias, él no pudo escribir una sola letra sobre su propia muerte.