Cine mudo: un testimonio elocuente

La pantalla es un espejo donde se refleja la memoria cinematográfica de un país. La Colección Cine Silente Colombiano, publicada por la Fundación Patrimonio Fílmico, nos regresa el pasado en las imágenes de sus películas.

Visiones contra la amnesia: la Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano acaba de realizar una larga natación en la memoria audiovisual del país durante la época del cine mudo —desde finales del siglo XIX hasta mediados de los años 20—, rescatando del naufragio tesoros amenazados por el olvido.

Diez discos que giran alrededor del pasado sirven para comprender quiénes fueron los pioneros que decidieron filmar la evolución del país, avanzando por los inicios del siglo XX con puestas en escena que aprovecharon el artificio y sus invenciones para recordarnos una realidad que antes de evaporarse se fijó en el celuloide.

Aparte de las historias —pasionales hasta el exhibicionismo que no admite pudores cuando surge el melodrama—, se descubre en la retórica de los intertítulos una forma de sentir y de narrar que recuerda el trance literario a la sombra del modernismo, la cátedra impartida por Isaacs en María y la fusión del paisaje con el alma de los personajes para expresar sus dolores, descritos con el buen decir que agobia a los gramáticos.

Un ejemplo: la leyenda inicial de Garras de oro (Jambrina, 1926), que invita al espectador a presenciar una “cine-novela para defender del olvido un precioso episodio de la historia contemporánea, que hubo la fortuna de ser piedra inicial contra uno que despedazó nuestro escudo y abatió nuestras águilas” —en otras palabras, cómo, por qué y quiénes apartaron a Colombia del Canal de Panamá.

La pantalla y sus recuerdos con diferentes registros: históricos a la manera de Garras de oro; emocionales de manera melancólica —¿por qué se mató el poeta que pasa como una sola sombra larga en el fragmento restaurado de Cómo los muertos (Di Doménico/Garzón, 1925)?, ¿acaso por la doncella que sufría de lepra y fue recluida en Agua de Dios?—; documentales como en las películas de Arturo, Álvaro y Gonzalo Acevedo o aprovechando el cumpleaños de una ciudad que festejó carnavales y nos regresa a sus fiestas cuando vemos Manizales City (Restrepo, 1925), donde un “lujoso Baile de Apaches, ejecutado por lo más bello y galán del sexo bello manizalita”, hace de mujeres hombres en imitación del tango que se bailaba unisex.

Cada imagen representa un testimonio del tiempo salvado por la pantalla y el esfuerzo de un archivo que facilita el regreso al país que ya no existe, recurriendo al cine que anima fotografías como fantasmas en vida.

La tragedia del silencio (Acevedo, 1924); Aura o las violetas (Di Doménico/Garzón, 1924), Bajo el cielo antioqueño (Acevedo, 1925); Alma provinciana (Rodríguez, 1926); El amor, el deber y el crimen (Di Doménico/Garzón, 1926) sugieren con su elocuencia la formación de un público interesado en salvarse de la vida parroquial con imágenes capaces de reflejar los dilemas que acaso se ventilaban de una manera secreta por los hijos obedientes del Manual de urbanidad de Carreño, permitiendo la pantalla que el sexo, sus amores, desastres y adversidades fueran un asunto público.

Un siglo después, el antes y el ahora están reunidos en la Colección Cine Silente Colombiano, complementada por cinco documentales que ofrecen una visión en lente panorámico sobre la época, las condiciones y las proezas que sirvieron como base para vencer lentamente el prejuicio del cronista que escribió años después en Cromos (22/VIII/1955): “Hoy por hoy, hacer cine como se está haciendo en Colombia es como esforzarse por construir una pila atómica sin tomar en cuenta la experiencia mundial relativa a este campo”.

El evento de lanzamiento, que contará con la intervención del dramaturgo e historiador Carlos José Reyes, tendrá lugar el sábado 15 de agosto de 2009, entre 12:30 y 1:30 p.m., en la Sala Manuel Mejía Vallejo de Corferias (Carrera 37 Nº 24-67), en el marco de la 22ª Feria Internacional del Libro de Bogotá.