El desconocido Diego Rivera

“Diego, Frida y otros revolucionarios” es la muestra que presentará el Museo Nacional.

Su tamaño era directamente proporcional a sus murales, a su genio y quizá también a su tendencia a estar en la tormenta de las pasiones y de la política.

Antes de volverse esa figura heroica en la historia del arte latinoamericano; antes de volverse el líder de la nueva escuela mexicana, tan concentrada en crear una identidad para el país después de tantos años desgastantes, Rivera había coqueteado con el cubismo en su estadía parisina y un viaje crucial por Italia lo acercaría a los frescos del Giotto, de Mantegna, de Piero della Francesca, entre muchos otros.

Diego de Guanajuato fue más conocido por su arte plasmado en los muros de los edificios públicos, por sus posiciones políticas y por un amor que eternizó en muchas de sus creaciones llamado Frida Kahlo, que por su arte de caballete.

“Un mural sólo en apariencia se deja ver de un golpe. En realidad, sus secretos requieren una mirada larga y paciente, un recorrido que no se agote, siquiera, en el espacio del mural, sino que lo extienda a cuantos lo prolongan”, escribió Carlos Fuentes en su novela Los años con Laura Díaz. Quizás es este el tipo de mirada que se requiera para observar la obra más desconocida de Rivera, esa que antecede su fama, a pesar de que él mismo haya desacreditado por elitista  esta época afirmando: “La pintura que no es entendida, es pintura seudocubista, es decir, pintura hecha a partir de fórmulas científicas importadas de París. Este tipo de pintura no es comprendida por nadie, ni siquiera por el que la hizo”. Justamente este tipo de pensamiento, ese rechazo a la pintura de caballete y al arte que pertenecía a los círculos intelectuales fue el que favoreció su entrada en el arte de los murales, ese que era accesible física e intelectualmente a las masas.

La muestra que presenta el Museo Nacional destinada hasta el momento sólo para Bogotá, tiene a Rivera como eje principal. Éste confrontará su mirada artística con sus contemporáneos (Pablo O’Higgins, Jean Charlot, José Chávez Morado, Leopoldo Méndez, Ramón Cano Manilla, entre otros) y con algunas obras de quien fuera su esposa, Frida Kahlo. De su autoría, dos importantes óleos sobre tela, Retrato de Miguel N. Lira y Pancho Villa y la Adelita, estarán presentes y mostrarán un arte que no hace alusión a esa tortura interior por la cual se le conoce tanto, casi como una marca registrada. Asimismo, estarán expuestas unas acuarelas sobre papel que datan de 1925 y 1927.

La exposición reúne una selección de 53 piezas provenientes del Museo Nacional de Arte, la Pinacoteca Diego Rivera de Veracruz y la colección Frida Kahlo del Museo de Arte de Tlaxcala.

Además, habrá una parte dedicada a la propaganda impresa y al ámbito político traducido en revistas y carteles. De esta manera estará presente la revista El Maestro, a favor del gobierno revolucionario, como también la campaña antifascista del Taller de Gráfica Popular en contra del enemigo político.

El Espectador entrevistó a Natalia de la Rosa, la curadora mexicana de la exposición.

¿Cuál fue el criterio para la selección de las obras?

Con la posibilidad de acceso a las colecciones del Museo Nacional de Arte, la Pinacoteca Diego Rivera y el Museo de Tlaxcala, se pensó en una propuesta que relacionara esos acervos. El eje fue Diego Rivera porque, teniendo a la mano una parte importante de una producción plástica representativa de varias etapas, se podría presentar una problemática específica que tomara en cuenta varios aspectos. Finalmente, se decidió enfatizar su paso por Europa y por el movimiento cubista, para que el público colombiano tuviera un encuentro con este período de Rivera y pudiera comprender que fue un proceso importante en el desarrollo posterior de la obra más conocida del pintor mexicano. También, se ideó que la obra de Rivera dialogara con otros autores para que no fuera una simple exposición retrospectiva, sino que se enfocará en mostrar varios elementos de la definición artística del arte moderno en México.

El arte del mural es el más conocido de Diego Rivera, ¿con qué faceta de este artista se encontrará el público?

El espectador podrá encontrarse con diferentes etapas de Diego Rivera. Podrá observar parte de su obra protocubista y cubista que desarrolló en España y Francia. Asimismo, tendrá posibilidad de ver sus piezas como ilustrador para la revista Mexican Folkways y como retratista, que acompañan la obra de caballete más representativa, puesto que se vincula con la obra mural. De esta forma, es posible apreciar cómo la figura de Diego es más completa, diversa de lo que muchas veces se considera dentro y fuera del contexto mexicano.

¿Qué conclusión general se saca de poner a Rivera a dialogar con los demás artistas escogidos?

Con el enfrentamiento entre las obras se intenta exponer el contacto que existió en esa época entre los artistas y los diferentes proyectos plásticos. No se pretende demostrar que en México hubo una “influencia” de Rivera en el ámbito artístico, sino presentar diferentes formas de definición artística, que en ciertos casos se compartían con Rivera, pero en otros se separaban y proporcionaban otra alternativa. En algunas ocasiones sí había una referencia directa a Rivera, pero en otros momentos las fuentes eran distintas; como el caso del Taller de Gráfica Popular, que utilizó el realismo y el medio visual de forma distinta a Rivera.

Otro ejemplo es el caso de Jean Charlot y Diego Rivera. Ambos llegaron desde Europa a principios de los años veinte y empezaron un proceso de experimentación plástica mural, reiteraron la importancia de la producción artesanal y “popular” mexicana y realizaron interpretaciones de las vanguardias europeas al ámbito local. Al ponerlos en diálogo se logra comprender ese camino de definición artística con puntos de unión, pero también distintas soluciones y resultados.

¿Cuáles eran esos ideales de la identidad nacional que se veían a través del arte? ¿Cómo se representaban?

Existieron diferentes ideales y propuestas dentro de la producción visual. Para el caso de Diego Rivera, esta nueva propuesta podría vincular intereses políticos específicos con el espectador o los espectadores “ideales” y tener una incidencia dentro del desarrollo, no sólo de la identidad nacional, sino de todo un proyecto de renovación social, por medio de obras con un carácter crítico, la reinterpretación material y la temática del arte popular en relación con el pasado cultural.

¿Cuál es su idea de una buena curaduría?

Una buena curaduría presenta al espectador un problema, o una serie de problemas a partir del diálogo entre las obras y, en el mejor de los casos, posibles respuestas. Se trata de utilizar la relación entre los objetos para construir un discurso en torno a ellos, que sólo puede surgir a partir de su encuentro en el espacio museístico.

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