La morada de un filósofo guerrero

Reencuentro con la historia de Colombia visitando El Cabrero, el lugar donde vivió el ex presidente cartagenero. No es un lugar fastuoso, pero en cada esquina de la casa se advierte el recuerdo de un hombre que reformó al país.

Lo quisiera o no, el poeta, escritor, jurista, político y Presidente Rafael Núñez, que asumiría cuatro veces la Presidencia de la República, era un hijo del Hombre de las Leyes. La visita a la casa museo El Cabrero permite realizar un viaje a un pasado no tan lejano, pues Núñez fue uno de los mejores representantes de la vieja generación de próceres que no sucumbió en la guerra, que como muchos de ellos se superaba a sí misma pesar de cualquier defecto, asumiendo el timón del gobierno cuantas veces fue necesario, no solo por la voluntad del pueblo sino por su propio interés en  reformar el Estado de manera fulminante para lo cual siempre fue respetuoso de la ley pero con la habilidad suficiente para no dejarse atrapar de ningún tecnicismo. Y lo suficientemente diligente para dejar sucesores de su obra, que han continuado innovándola. La entrada principal recibe al visitante con el himno nacional compuesto por él mismo; de inmediato se abre a la vista un jardín central con un busto de perfil romano, flanqueado a la izquierda por cuatro estatuas griegas, y a la derecha, el primer nivel de la casa con sus respectivos cuartos y la antigua cocina, además unas escaleras conservadas de la época conducen al segundo nivel, con sus cuartos conectados de una manera casi circular.

A un extremo del segundo nivel de la casa, un solario de aire antillano que albergó el entonces comedor, del cual se conservan la mesa y unas cuantas sillas de respaldo de paja donde Núñez y su esposa se sentaban a gozar del ambiente fresco de la tarde; el visitante observa, en una residencia al estilo señorial, la cama de hierro donde murió el varón con los objetos personales del largo matrimonio, el gran escritorio donde se sentaba a escribir, la pequeña biblioteca sobreviviente y finalmente todo en su conjunto, donde hay un lugar para cada cosa y cada cosa en su lugar. Es posible percibir, probablemente con una cierta decepción inicial por lo que se espera encontrar, quizás una residencia por lo menos lujosa o incluso abundante, un marcado estilo republicano caracterizado por la frugalidad, la austeridad y el ascetismo; porque la victoria puede ser efímera pero la grandeza perdura, esta corta visita implica un estudio un tanto íntimo de un estadista que reformó la Constitución para fortalecerla y que pudo conservarla a pesar de una guerra fratricida. Núñez que ha pasado a la historia como un magistrado civil con alma de militar. En la antigua Roma los magistrados eran ciudadanos elegidos por cierto período en un contexto de soldados ciudadanos, para encargarse de la dirección y administración de la ciudad, y ejercían las funciones ejecutivas, legislativas y judiciales, y en la república romana a las magistraturas solo llegaban los mejores, y a la primera magistratura solo llegaba el mejor. Lo mismo pasó con Núñez. Un hombre que sin necesidad de portar un arma, podía derrotar ejércitos enteros.

Para visitar la Casa de Núñez es suficiente saber que ejerció cuatro veces la Presidencia, que  le dio al país la Constitución de 1886 y que fue un orador de importancia además de excelente administrador y piedra angular de la bautizada “Regeneración” en las puertas del siglo XXI (1886-1899). La casa del Cabrero no es visitada por multitudes, y por ello, permite tomarse un tiempo para la reflexión; está ubicada en las afueras, y en el mausoleo de Núñez puede observarse a un hombre recostado sobre su tumba, con un león en posición de vigilancia y una inscripción encabezada por su nombre en grandes letras, su fecha de nacimiento y de muerte y un poema de su autoría sobre el mármol blanco de apariencia inmaculada. Está ubicado en la ermita del Cabrero, a corta distancia de la casa en donde viviera este un hombre imperioso nacido en la costa un 28 de septiembre de 1825, y que permanecería activo hasta sus últimos días, siempre mortificado por el compás de la política nacional. Menos de un día antes de emprender un viaje a su casa de campo, un 14 de septiembre, le manifestaba a su esposa en la sala de su casa que sentía “la cabeza como de piedra”. A la medianoche se acercó al lecho de Soledad Román, su fiel compañera de muchos años, medio dormida, relatando para la historia que: “Mientras le pasaba el malestar, me senté en una silla al pie de su cama. De pronto, se incorporó, se puso de pie, abrió los brazos como buscando equilibrio y cayó hacia atrás, quedando a través del lecho. Ya no habló más”. Sin perder del todo la conciencia, después de días de agonía, los esfuerzos de lo médicos fueron literalmente inútiles: en la madrugada del 18 de septiembre de 1894, el obispo italiano Eugenio Biffi le impuso los santos óleos como representante de una Iglesia Católica a la cual había desafiado pero defendido; una hora más tarde, con el ruido de los cañones, el gobernador del departamento de Bolívar redactaba un mensaje para el Vicepresidente Miguel Antonio Caro, anunciando la muerte del Presidente; el 20 de septiembre, luego de que el cadáver es trasladado a la capilla ardiente de San Juan de Dios, tendría lugar el entierro al tiempo que el Gobierno ordenaba honras fúnebres que eran anunciadas por las campanas, mientras en la capital de la República el Congreso calmaba su ánimo opositor contra su sucesor Miguel Antonio Caro. Según una hoja volante distribuida: “Núñez tiene derecho a esperar que los buenos hijos de la patria juren ante su cadáver la más perfecta reconciliación para con ella hacer eternas las glorias de la república cristiana”.

Relevante, para un hombre convertido en un gigante de quien la historia podrá decir que tenía defectos, y los tuvo, pero que apuntaba en la dirección correcta. Recordando que tratándose un hombre casado que según las leyes de la Iglesia no podía divorciarse para contraer matrimonio con el amor de su vida, una católica devota que no podría tener paz tampoco por ello, haría hasta lo imposible para obtener la bendición, aunque fuera simbólica, de la Iglesia Católica; para ello llegó al punto de favorecer mediante decretos los intereses del clero, reconociéndole indemnización por los bienes expropiados por el general Tomás Cipriano de Mosquera durante su presidencia. Restableció la religión de Roma como única y obligatoria en la educación pública, llegando a prohibir la lecturas de autores impíos como Charles Darwin, Jeremías Bentham, Spencer y Tracy (“hereje el uno; judío, el otro; protestante el tercero y sensualista el último”) y a entregar la selección de textos para la enseñanza universitaria a los obispos. También estableció la censura de prensa entre otras la de El Espectador bajo el castigo de prisión o destierro, y suprimió la libertad de enseñanza porque, según sus defensores, “la verdad no puede convivir con el error”.

Vale decir que no todos lo aplaudieron, como monseñor Juan Bautista Agnozzi, delegado papal que representaba la postura oficial del Papa, que se negaba a negociar “porque no admitía ni perdonaba el estado irregular de la pareja presidencial”. Pero la noche del 28 de septiembre de 1885, durante “la fiesta que Soledad Román ofreció en San Carlos para celebrar los 60 años de su marido y, al tiempo, aclamar el triunfo conservador contra la revolución liberal que había estallado en 1884 contra el gobierno”, monseñor José Telesforo Paúl, un “viejo conocido, asiduo de Palacio y más que todo, arzobispo de Bogotá”, la conducía del brazo elegantemente y “mientras en Bogotá Núñez silenciaba las voces críticas de la prensa liberal con argumentos tan contundentes como la cárcel o el destierro, en la


Santa Sede, su agente confidencial, Joaquín F. Vélez, negociaba los acuerdos entre la política y la fe y cumplía con la orden de Núñez de exigir la destitución de Agnozzi, crítico suyo, detractor de Soledad, contestatario de Paúl. “Nadie jamás hizo tanto para devolverle el nombre de Dios a una nación; nadie se esforzó tanto para favorecer a la Iglesia y para derrotar el radicalismo anticlerical y despótico como Su Excelencia el doctor Núñez”, aseguró Vélez al Santo Padre, al exponer las bondades de la Regeneración durante una audiencia privada el 14 de julio de 1887. León XIII accedió a la petición del Presidente y ordenó la destitución de Agnozzi. Corría el mes de agosto, cuatro meses antes de la firma del Concordato, fechado el 31 de diciembre de 1887. Cuatro meses después, el Pontífice otorgó al Ilustrísimo y Reverendísimo doctor don José Telésforo Paúl los honrosos nombramientos de Prelado Doméstico de Su Santidad, Prelado Asistente al Solio Pontificio y Conde Romano, “como prenda de la gran valía en que se le tiene en la Corte Romana y en premio de sus virtudes y de sus importantes servicios a la Iglesia”, según el Breve fechado en Ciudad del Vaticano, al 3 de abril de 1888”. Si es cierto que detrás de todo gran hombre existe una gran mujer, entonces lo mejor que tenía Rafael Núñez, su mejor cualidad y su mejor dimensión, era doña Soledad Román, que lo acompañó en los períodos más alegres o difíciles de su largo gobierno abogando incluso tanto por amigos como por enemigos en la confrontación liberal conservadora; cuidó su casa, que tenía en perfecto orden incluso después de su muerte, conservándola impecable, como él la había dejado, y según una historiadora colombiana, era “una mujer de carácter, tenía una gran influencia sobre su marido y en algunas ocasiones fue ella quien tomó decisiones que le correspondían a él”. 

Frente a la casa existe una estatua de un hombre barbado, vestido con estilo y evidentemente mayor, de la cual puede decirse como primera impresión que es la de un estudiante en posición de pasmoso movimiento, a pesar de su inmovilidad; sostiene un libro contra su pecho, y la otra mano la tiene suelta en ademán libre y enérgico. Es el hombre que movilizó a una nación con su impresionante capacidad retórica, de estudio y de trabajo. La casa del Cabrero no es ciertamente lo que uno espera encontrarse, cuando su habitante fue un hombre tan poderoso; de madera, sencilla pero amplia, según un historiador colombiano: “es un magnífico ejemplo de adaptación al medio y de acomodo a las circunstancias ambientales, para sacar de ellas el mejor partido… En ella no se emplean, como en la Alhambra de Granada, mármoles, ni fuentes para atenuar los rigores de un intenso verano, ni, como en las mansiones patricias de Pompeya, pérgolas y acequias para sitios umbríos y agradables, sino que se utilizan medios simples y variados para aminorar el calor y aprovechar hasta el máximo las brisas. Ellos son: la situación cercana al mar, el ancho y prolongado balcón, el uso de materiales frescos como la teja y la madera, el mobiliario ligero y las frágiles persianas que crean sombra sin impedir el paso del aire, como se aprecia en el originalísimo comedor octogonal, completamente aislado de la casa, casi en el centro del patio, cubierto con una curiosa techumbre de pagoda china. ¡Cuan grato debió ser el yantar y la sobremesa en ese ambiente penumbroso y ventilado, en las horas del medio día, cuando la atmósfera circundante reverberaba encendida y las chicharras entonaban su canto monocorde!”.

En esta residencia transcurrió la vida del joven político que la comenzó como simple soldado en la guerra civil contra el Presidente José Ignacio de Márquez, del lado del ejército revolucionario. Que luchó contra su propio padre, un veterano sargento segundo de artillería ascendido a coronel. Que salió de la guerra, graduándose como doctor en jurisprudencia: un semidesconocido pequeño funcionario de provincia, que pasó de juez de circuito en Panamá y fundador de un pequeño periódico de Cartagena, a ser nombrado Ministro de Estado en el gobierno del Presidente Mosquera. Sería un ardiente admirador, partidario y luego detractor del general José Hilario López, del general José María Obando y del mismo Mosquera. Finalmente, fue Presidente de la República en diferentes ocasiones, y reformador de la Constitución, para fortalecer el Estado, la Nación y la República. Pero no es posible pasar inadvertida una imagen, que aparece casi de reojo en cada cuarto de la casa, o en un busto en la espaciosa sala principal o en unos cuadros ubicados estratégicamente: es la un hombre mayor, de semblante serio, la barba larga de un filósofo pero no de un cínico, y los apagados ojos azules en un aura casi mística. Soñador pero también realista, se trataba del mismo niño quien con apenas cinco años de edad, poco después del Congreso Admirable en 1830, visitara acompañado por su padre Francisco Núñez, a un hombre viejo, enfermo y cansado: el Presidente Simón Bolívar, quien estaba visitando Cartagena, después de haber renunciado todos sus poderes ante el Congreso y antes de ir a morir en Santa Marta. El Libertador sentó en aquella ocasión sobre sus rodillas a este niño de cabello rubio y ojos azules para hacerle diferentes preguntas. El gran caudillo habría quedado “visiblemente sorprendido de sus respuestas rápidas e ingeniosas. Entonces, volviéndose hacia el orgulloso padre, mientras acariciaba con su huesuda mano las rubias quedejas del niño, afirmó con acento profético: “Cuídelo usted mucho, coronel; de esta cabecita pueden salir muchas cosas buenas para la Patria”. “Se non e vero, e bene trovato” [Si no es verdadero, está bien cantado]”.

En la antesala del adiós en su casa de siempre

Menos de un día antes de emprender un viaje a su casa de campo, un 14 de septiembre, Rafael Núñez le manifestó a su esposa en la sala de su casa que sentía “la cabeza como de piedra”. A la medianoche se acercó al lecho de Soledad Román. Lo demás lo dejó ella escrito para la historia: “Mientras le pasaba el malestar, me senté en una silla al pie de su cama. De pronto, se incorporó, se puso de pie, abrió los brazos como buscando equilibrio y cayó hacia atrás, quedando a través del lecho. Ya no habló más”.

No perdió la conciencia, pero después de días de agonía, los esfuerzos de los médicos fueron inútiles: en la madrugada del 18 de septiembre de 1894, el obispo italiano Eugenio Biffi le impuso los santos óleos como representante de una Iglesia Católica a la cual había desafiado pero defendido; y una hora más tarde, con ruido de cañones, el gobernador del departamento de Bolívar redactó un mensaje para el vicepresidente Miguel Antonio Caro, anunciando la muerte del presidente Rafael Núñez.

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