Una sinfónica para hacer la revolución

Entrevista con Ahmad Naser Sarmast, director del primer Instituto de Música de Afganistán. La música vuelve a ser permitida en ese país.

Los nuevos tiempos se celebran con un instituto que forma niños pobres y huérfanos para que toquen el piano y el violín. Ahmad Naser Sarmast, el director de este proyecto, habló con El Espectador sobre esta aventura musical.

Hubo una vez un país sin música, sin músicos, sin instrumentos. Una patria silente que no cantó en sus fiestas, no bailó en sus bodas, que no oyó a sus madres silbar una tonada mientras se cosía la cosa, que vio arder las guitarras y los violines en sus plazas. Por más de 25 años cualquier tipo de armonía que no fuera religiosa fue duramente prohibida en Afganistán.

Soviéticos, gobiernos represores como el de Burhanuddin Rabbani y talibanes vieron en la música esa poderosa herramienta que unificaba a un pueblo, que lo sublevaba. Pero hoy, que las cosas parecen más tranquilas y la gente pasa tiempo en los restaurantes hasta altas horas de la noche, los locales y cadenas radiales ponen de nuevo canciones y por primera vez en la historia de Kabul se gesta una sinfónica.

“El proyecto de crear un Instituto de Música de Afganistán inició en 2005, con la idea de devolver y revivir ese gran patrimonio musical vivo que se había fugado del país una vez que la mayoría de sus músicos se fueron a vivir al exilio”, comenta Ahmad Naser Sarmast, consultor musical, director del proyecto del Ministerio de Educación y uno de esos músicos afganos exiliados que regresó a su tierra para devolverle el derecho de su música. “Por décadas nadie enseñó música y muchos de nuestros niños y jóvenes han crecido sin conocer los valores de la música propia y occidental”.

Más que razones políticas, los creadores de esta iniciativa ven sobre todo razones humanísticas. Convencidos de que la ignorancia no es una estrategia válida para una supervivencia y un desarrollo progresivo, han reunido a un grupo de niños que vagaba por las calles, huérfanos, víctimas de la guerra o que desperdiciaban su niñez tratando de llevar uno o dos dólares a su casa, y han hecho que hoy la pequeña Simagul, Saíd Alham y otros 140 menores toquen trompeta, saxofón, violín, guitarra y piano.

“Hay pocos profesores, sólo ocho, que tengan las habilidades para enseñar música y que nos ayuden en este sueño de tener una sinfónica, pero con ayuda internacional el Instituto ha logrado el presupuesto para contratar 15 maestros más de la región y 11 músicos de Occidente que vengan a Kabul a enseñar sus conocimiento”, explica Sarmast, que aprovecha para decir que las inscripciones a este programa están abiertas y disponibles en la página web del Instituto.

Crear una sinfónica, en donde además participan mujeres, es una verdadera declaración de nuevos tiempos para Afgansitán. Basta recorrer las interminables décadas de silencio para saber que los niños a quienes Ahmad Naser Sarmast y otros maestros les enseñan los misterios de la armonía, el tempo y el compás, forman parte de una generación inédita en esa tierra. Una que toca, habla y vive las melodías de Nashenas ( famoso músico afgano), Wagner y Mozart.

La música que un día se fue

Desde 1979, las tonadas que eran usadas para rememorar aquellos tiempos lejanos de paz fueron censuradas durante la ocupación soviética que tuvo lugar en tierra afgana. Las canciones atentaban contra la unificación de este gobierno y hacía que viejos y jóvenes recordaran un pasado de Afganistán que no estaba en concordancia con el futuro que tenían los soldados comunistas para este país. Durante 14 años la música fue controlada estrictamente por el Ministerio de la Información y la Cultura.

Unas décadas después, bajo el más extremo régimen talibán (1996-2001) la música fue completamente prohibida, se consideró como un vicio que enfermaba la sociedad y fue decretada su eliminación. La única música permitida fueron los cantos religiosos talibanes.

El Ministerio de la Prevención del Vicio y la Promoción de la Virtud quemó instrumentos, obligó a todos los habitantes a despojarse de sus casetes, canceló las presentaciones públicas y castigó a los detractores incluso con la muerte. “Los talibanes llegaron a destruir un legendario centro de la música, como era Radio Kabul, en donde miles de años de registro y archivos de la  música tradicional de nuestro país desaparecieron”, comenta Sarmast.

La música podría ser interpretada sólo por hombres y en privado —que una mujer tocara un instrumento era considerada la mayor afrenta—, eso decretó en un principio la ley; sin embargo, fue común que por muchos años a la mitad de una boda llegaran oficiales a confiscar los instrumentos.

En locales, hoteles y automóviles los radios se pudrieron. Nadie se atrevía a prenderlos, no había qué oír. “Si era encontrado un casete, el dueño debía ir a prisión”.

Con estos temores, con la represión del baile y años de ausencia de la arena musical internacional vivieron los afganos que ahora ven renacer en sus entrañas esa música que habían olvidado.

“Por eso hay muchos tipos de música que deben ser desarrolladas y conocidas acá, debemos vivir esta fiesta de tener la oportunidad de expresarnos libremente a través de todos los tipos de música, y es significativamente importante poder llevar nuestra música local a otro nivel”, comenta Sarmast, quien se complace en ver que el Instituto de Música de Afganistán cuenta ya con un edificio para sus ensayos, con dos pianos y un buen número de jóvenes que quieren convertirse en maestros y guardianes de un legado que no están dispuestos a dejarse arrebatar otra vez.

Después de desenpolvar algunos de los instrumentos que sobrevivieron al maltrato y comprar algunos nuevos, este grupo de niños ensayan diferentes melodías. Mientras suenan las trompetas, los violines son tocados por finos deditos de niñas que llevan cubierta sus cabezas, y aunque suenan los martillos de las reparaciones que le están haciendo al recinto donde ensayan  y a pesar de que las paredes estén llenas de agujeros de balas que testimonian el pasado terrible, los niños sonríen, porque la música les da un verdadero chance de sonreir.

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