Con Vargas Llosa en el Paraíso

Una de las traductoras del escritor peruano en Europa lo retrata con motivo de su visita de esta semana a Cartagena.

Leer a Mario Vargas Llosa es como recibir un regalo. Poder verlo y escucharlo —como una sensación de transcendencia. Conocerlo, como lo conozco yo —un privilegio. Como si estuviera en el Paraíso.

Así lo creo yo y sé que nadie tiene la obligación de compartir conmigo estas afirmaciones. Pero algo de verdad tendrán: pues he podido conocer en varios países de Europa y aquí mismo, en Colombia, gente que parece feliz con sólo mencionar su nombre o cuando la conversación toca sus libros.

Y más: he podido asistir en Madrid, en varias ocasiones en la presentación de sus libros (en Casa de América) o en algunas de sus conferencias (en el Círculo de Bellas Artes). Y nunca hasta entonces me hubiera imaginado a la gente esperando en una cola tan larga que daba vuelta al Palacio de Linares (que alberga La Casa de América), para poder entrar en el anfiteatro con el único fin de escuchar a un escritor. Repito: a un escritor. Y nunca me hubiera imaginado hasta entonces que al colmarse el recinto, los organizadores tuvieran la idea de colgar pantallas en los muros exteriores, para que la gente no quedara defraudada y pudiera verlo y escucharlo, por lo menos, de esta manera.

Ahora que Mario Vargas Llosa estará en el Hay Festival de Cartagena, frente a sus lectores colombianos, no puedo dejar de recordar dos encuentros con él en Rumania: en 1995, cuando fue a presentar la traducción al rumano de su libro El pez en el agua y la segunda vez, en 2005, cuando la Unión de los Escritores de Rumania le otorgó el Premio Ovidio (en la playa del mar Negro, donde fue exiliado y donde murió el poeta latino Ovidius). Había que vivirlo uno para contarlo. Y había que grabarlo para los programas que yo dirigía en la Televisión Rumana para que la gente lo viera y lo creyera. Pues si no, hubiera sido difícil imaginar la cantidad de gente que casi se mataba para entrar en las aulas donde tenía que estar Vargas Llosa.

En las dos oportunidades fueron, cada vez, tres días de encuentros con los lectores, con los escritores, con la comunidad hispanohablante en el Instituto Cervantes de Bucarest, de lanzamiento de sus libros, de visitas al centro histórico de Bucarest o a las zonas arqueológicas de Histria, Callatis o Constantza (antiguo Tomis, fundado por los griegos cinco siglos antes e nuestra era).

El fenómeno que ya había presenciado en Madrid, se repetía en Bucarest: es decir no en un país hispanohablante (pero sí de un idioma de origen latino). Y qué otra explicación se puede dar sino la que contaba: los rumanos conocían muy bien quién era la persona que nos visitaba y, además, conocían sus novelas y sus libros de opinión. Y para un pueblo que había sufrido más de 40 años de dictadura comunista, Mario Vargas Llosa representaba un símbolo de la verdad y de la libertad que tanto nos habían faltado durante un régimen de mentiras y crueldades físicas y psíquicas que uno difícilmente se las puede imaginar si nos las ha vivido.

Descubriéndolo

Mario Vargas Llosa (1936) y sus libros nos acompañan en la vida desde hace cinco decenios. Su carrera empezó en 1959 con un libro de cuentos: Los jefes. Llegó a la notoriedad muy pronto: en 1963, con sólo 27 años, cuando publica La ciudad y los perros (novela traducida a más de 20 idiomas).

Después de un nuevo libro de cuentos —Los cachorros, en 1967— sigue la serie de sus novelas célebres hoy en todo el mundo. De ellas, la primera presentada a los lectores de Rumania fue Casa verde (1967, Premio Rómulo Gallegos).

Fue mi primer encuentro con la obra de ese escritor extraordinario. Era estudiante, tenía opciones claras y definitivas —creía yo entonces, a la edad de todos los entusiasmos, pero confieso que así han quedado hasta hoy— para las obras de dos escritores: el norteamericano Faulkner y el rumano Marin Preda. Pero ocurre que compro Casa verde de un desconocido llamado Mario Vargas Llosa (solamente por ser “traducción del español”).

Eran tiempos de escasa apertura cultural, los primeros años del régimen de Ceausescu, cuando dejaban entrar películas del Oeste, la censura ya no era tan absurda y cuando, gracias a un director increíble de la Editorial Universo, en las librerías podías comprar éxitos de todas las literaturas y uno podía vivir con el sentimiento de la sincronización con el mundo civilizado y sus valores.

Y recuerdo que al leer la novela, en cada página no paraba de maravillarme ante la sorpresiva construcción de las frases, ante la fabulosa atmósfera de un mundo que ni siquiera imaginaba, ante los personajes que nacían de diálogos entrecortados, entrelazados, susurrados o apenas adivinados. Y tengan en cuenta que ni Faulkner, ni Marin Preda eran escritores de estilo clásico, marca “siglo 19”.

Pero Casa verde era toda una fascinación y el autor empezó a ser para mí desde entonces un dios de las palabras que con ellas creaba y recreaba mundos enteros.

Hasta 1989 (año de la Caída del Muro de Berlín y, menos de dos meses después, de la caída en domino de todos los regímenes comunistas, él de Ceausescu incluido), Mario Vargas Llosa tuvo tiempo suficiente para llegar a ser muy conocido y muy querido en Rumania, gracias a hispanistas excepcionales, como Mihai Cantuniari, por ejemplo, que publica en 1982 la traducción de La guerra del fin del mundo, 531 páginas, a tan sólo un año de su publicación en la Editorial Plaza&Janés.

Fue entonces cuando escribí mi primer artículo sobre Mario Vargas Llosa en la mejor revista cultural de entonces y de hoy: Rumania literaria. Los ecos de la novela entre los lectores rumanos fueron impresionantes. Desde entonces ya supe que el club de los admiradores de Mario Vargas Llosa en Rumania era impresionante. Con la traducción de La tía Julia y el escribidor y Conversación en la Catedral (1988) sus personajes eran puntos de referencias entre personas que se reconocían y se apreciaban en función de haber leído o no los libros de Mario Vargas Llosa.


Entre nosotros

Después de 1989, sin censura ya, con la libertad de expresión y la privatización de las editoriales, se tradujeron al rumano todas las novelas de Mario Vargas Llosa al rumano, sus obras de teatro, sus libros de ensayos (Flaubert o la orgía perpetua, La verdad de las mentiras, La tentación de lo imposible) o de periodismo. Además, en 1995, El pez en el agua, que, en capítulos alternos, presentaba las memorias de dos etapas de la vida del autor: su formación como escritor, desde la infancia hasta los primeros años en París y la inmersión en la política que lo llevaría a ser candidato a la presidencia del Perú en 1990.

Para una joven democracia como la nuestra, El pez en el agua llegó a ser imprescindible. Incluso circulaba en aquellos años un dicho: “¿Qué hay que hacer para llegar a ser un buen político? Respuesta: leer El pez en el agua”.

De Mario Vargas Llosa aprendimos nosotros que “un escritor tiene que implicarse en el debate de los problemas cívicos de su mundo, expresando sus críticas, sus dudas, sus aspiraciones y apoyando de esta manera a sus contemporáneos para que opinen y accionen para el cambio. Lo menor que sea la influencia que la palabra de un escritor puede tener, ella tiene que ser utilizada para defender cosas fundamentales, como la justicia y la libertad”.

Por qué fracasan las jóvenes democracias en América Latina, se preguntaba Mario Vargas Llosa en uno de sus ensayos. Por qué fracasa la joven democracia en Rumania, intentábamos nosotros saber en los primeros años de la transición. Las respuestas de Vargas Llosa eran siempre fascinantes por la claridad de sus ideas y la sencillez con la cual las expresaba.

Lo he escuchado durante la conversación que tuvo con el filósofo y el editor Gabriel Liiceanu, durante una noche con tanta lluvia que yo pensaba que nadie saldría de casa para ir al Centro de Convenciones de Romexpo (equivalente de Corferias en Bucarest), que queda un poco alejado del centro de la capital. ¡Y hubo más de mil personas!

Lo he escuchado en conversaciones particulares, a partir de 1994, en varias ocasiones y lugares de Rumania y de España. Lo he escuchado en su casa de Madrid, junto con mis amigos con quienes grabamos un documental para la Televisión Rumana, emitido antes de su visita de septiembre de 2005 a Rumania. Y me sentí como si estuviera en el Paraíso.

* Embajadora de Rumania en Colombia y traductora a ese idioma de las novelas de Vargas Llosa ‘La fiesta del chivo’ y ‘El paraíso en la otra esquina’, así como de la obra ensayística ‘La tentación de lo imposible’.

“Pierdo mucho tiempo defendiendo mi privacidad”

Comparto con los lectores de El Espectador fragmentos de las respuestas de Vargas Llosa a mis preguntas, que considero siguen siendo de gran actualidad, a pesar de ser de 2005.

María Sipos: ¿Es difícil ser Mario Vargas Llosa?

Mario Vargas Llosa: Desde luego es muy grato para cualquier escritor que los libros de uno circulen y las obras lleguen a los lectores. Por otra parte, se pierde mucha libertad. Por ejemplo, yo pierdo mucho tiempo defendiendo mi privacidad, la intimidad, para poder trabajar concentrándome en lo que hago.

M.S.: El tema del dictador ha preocupado mucho a  todos los grandes escritores de lo que llamamos el “Boom” latinoamericano: García Márquez, Alejo Carpentier, Augusto Roa Bastos. Usted escribió ‘La fiesta del chivo’, sobre Leonidas Trujillo en República Dominicana. M.S.: Tuvo en cuenta también al más feroz dictador de los países comunistas, a Ceausescu.

M.V.LL.: Creo que Ceausescu es un equivalente de Trujillo, es un dictador emblemático, que al mismo tiempo que era una persona que estableció un sistema terriblemente autoritario, era ya en lo individual una personalidad de un tipo especial, con manías, con ciertas distorsiones,  perturbaciones de carácter que hacían de él un personaje. Eso ocurre siempre con los dictadores que acumulan un poder absoluto: se deshumanizan y se convierten en monstruos. Pero lo terrible es que contribuyen mucho a hacer de ellos monstruos no solamente sus partidarios sanos y sus sirvientes, quienes los adulan, sino incluso hasta sus víctimas. Creo que hay muchas veces una complicidad trágica de las propias víctimas que cuando pudieron hacerlo, no fueron capaces de resistir, de frenar esos apetitos desmedidos de controlar poder, de acumular poder, hasta que un momento ya es tarde, ya no es posible, porque ya el control autoritario de la sociedad es completo. 

M.S.: ¿Cómo ve el mundo de hoy?

M.V.LL.: Es imposible no verlo con cierta angustia. El siglo 21 ha comenzado bajo el estruendo de las bombas.  El terrorismo se ha convertido en el gran protagonista de la actualidad política, el terrorismo de los suicidas. Sin embargo, creo que ese terrorismo de grupúsculos, fanáticos, no tiene ninguna posibilidad de derrotar la cultura democrática, las grandes democracias. Pero lo más importante para mí es que la democracia, al combatir el terrorismo, no debe dejarse nunca ganar por la dinámica terrorista. Porque el terrorismo ganaría si la democracia, para tratar de ser más eficaz combatiéndolo, renunciara a ciertos derechos imprescriptibles, a los derechos humanos, a las libertades públicas.

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Maria Sipos* / Especial para El Espectador

Cultura

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