Las guerras de Pippo del Bono

El trabajo de este director italiano y de su compañía es reconocido en toda Europa por su veracidad y fuerza.

Lo anuncian como el “niño terrible” del teatro, aunque ya no es tan niño, Pippo del Bono (1959) lo que tiene de “terrible” es la profunda sensibilidad y humanidad a la hora de hacer teatro. Una mirada compleja sobre la belleza y la vida que lo llevó a montar Guerra , una obra en la que muestra lo cerca e inherente al hombre que son las bajas pasiones, las guerras interinas que libra cada ser humano antes de llegar a las tradicionales batallas. Con esta obra, con sus películas y con sus videos, Del Bono libra otras batallas también, contra el racismo, contra la discriminación, contra los lugares comunes y contra los prejuicios sociales. Por esto se siente tan insultado cuando dicen que en su grupo de teatro sólo hay cuatro actores profesionales porque los otros dos tienen una forma de discapacidad. “Es horrendo, todos son profesionales pues la profesionalidad tiene que ver con la capacidad para llevar la propia humanidad sobre el escenario y transmitir, comunicar y además poderlo repetir continuamente incluso durante 10 años”, afirma Del Bono.

Este actor, director y autor, nacido en Varazze (Italia) trabajó en sus primeros años con la maestra alemana de la danza-teatro Pina Bausch y también se acercó a las disciplinas orientales. Del Bono, invitado al Festival Iberoamericano, habló con El Espectador de su obra y de su visión del teatro.

¿Cómo influyó Pina Bausch en su trabajo?

Fue muy importante sobre todo por la libertad creativa. Ella me dio la posibilidad de crear espectáculos más allá de un gesto. Me dio el sentido del teatro como experiencia espiritual y de la danza como forma para contar.

¿El cuerpo, las formas físicas tienen un importante lugar en su trabajo?

Sí, desde hace algunos meses estoy trabajando en un montaje titulado Cuerpos sin mentiras, que trata un poco de cómo estamos atrapados en la belleza estereotipada, pero hay otras bellezas que se pueden mostrar. En mi trabajo busco reflejar ese amar cuerpos distintos y aceptar la poesía que las formas distintas dan en una danza, sí rigurosa, pero expresada en otra estética. No es importante que todos los cuerpos sean iguales, es más, en la diferencia hay más belleza.

¿El cuerpo sobre el escenario tiene otra dimensión que en una pantalla?

Es totalmente distinto, pues en el teatro hay una relación real entre el cuerpo que está sobre el escenario y el del espectador que está sentado teniendo una experiencia física y no sólo visual, la cercanía con los otros, la respiración de los otros mientras sucede la obra. Mirar y ser mirado, está relacionado con el olor, con el cansancio, con lograr ver una zona de inconsciencia y muestra una especie de desnudez que en el cine se muestra diferente. Por eso creo que hay que recuperar lo popular del teatro, no en el sentido actual de la palabra, sino en el sentido de que el teatro debe pertenecer a la gente tal y como es. Que sea un vehículo de comunicación y que se mantenga la diversidad.

Hablando de esta naturaleza popular del teatro, cuando la prensa habla de su trabajo siempre hace referencia a la participación de ‘extracomunitarios’ (es decir, inmigrantes no europeos) o ‘actores no profesionales’...

Yo no logro distinguir a los actores por orígenes o por tipos de discapacidad. Para mí un actor es, ante todo, una persona que sube sobre un escenario con una gran sabiduría. Más que la técnica actoral, si el actor no tiene una gran humanidad no me interesa. Hay otros que tienen gran humanidad que no están dispuestos a mostrarla sobre el escenario, la humanidad es fundamental. Los gitanos que formaron parte del montaje que presentamos en Venecia tenían una gran humanidad, una gran belleza y un maravilloso talento. He encontrado horribles programas de sala que dicen que sólo cuatro de mis actores eran profesionales y los otros eran personas discapacitadas. Estas personas son tan profesionales en su trabajo como los otros. Hacen referencia a Bobó, un hombre que pasó años en un manicomio por cuenta de la ignorancia de médicos y asistentes de salud, porque es sordo pero ha construido con su cuerpo un rigor que todos quisiéramos tener. Corremos el riesgo de hacer categorías de profesionalidad basadas en temas que no responden al arte sino al modelaje.


Pero en el cine sí cabe la idea de no profesionales.

El cine es distinto. Por ejemplo, en mi película El Miedo encontré unos niños que muestran una gran belleza y poesía en una escena espontánea, el cine atrapa el instante extraordinario mientras el teatro es repetición. No podría traer esos niños espontáneos a repetir por 10 años un montaje, pues no están en capacidad de hacerlo. Es ahí donde insisto en el profesionalismo de Bobó, quien es capaz de repetir lo mismo y reflejar la inocencia de la primera vez.

Háblenos de ‘Guerra’, el montaje.

Habla del conflicto en general, del conflicto del ser humano, de la parte oscura y de la luz. El conflicto con aquellas cosas que son distintas a cada uno, a nuestra parte más oscura. Es un espectáculo lleno de música y danza, pero es más grande que mis palabras. La guerra forma parte de nosotros, en la Biblia lo dice: “Hay un tiempo para todo, tiempo para vivir y tiempo para morir, tiempo para la guerra y tiempo para la paz”. Pero para llegar a los tiempos de paz tenemos que reconocer los aspectos oscuros dentro de nosotros.

Medea, el conflicto de hoy

“Nuestra Medea no es la de Sófocles, una víctima del destino, sino la de Séneca, más inspirada en mujeres de su tiempo, como Mesalina, que hacían venenos como servir café”, explica Jeanette Spassova, quien interpreta a Medea.

Este montaje del grupo alemán Volksbühne que dirige Frank Castorf es una mezcla de la obra escrita por Séneca y de Heidegger en Crimea, de Alexander Kluge, que lleva el conflicto de Medea traicionada por Jasón a los años de la Segunda Guerra Mundial. “El objetivo es reflejar cómo un drama clásico cobra validez y puede ser realmente comprendido cuando se trae a hechos actuales”, explica Spassova, quien reconoce que este ha sido el personaje más duro de interpretar.

Hasta el 22 de marzo en el Polideportivo El Salitre.

Para no perderse este fin de semana

‘Soledades’, de Antonio Canales

El bailaor español hace un homenaje a los piedracielistas colombianos con este espectáculo que se estrena en el país. “Es una serenata para Fanny”, afirmó el bailarín. Teatro Montessori, calle 128 N° 72-80. 8:00 p.m.

‘La vida es sueño’

Dirigido por el colombiano Alejandro González Pucci, esta obra es una versión del Teatro Kamal de Rusia del clásico del siglo de oro ‘La vida es sueño’.  La puesta en escena de duelos acrobáticos creados por un maestro de esgrima le dan un tinte particular a este montaje. Teatro Jorge Eliécer Gaitán.

‘Pharmakon’

Un homenaje al director de cine Carlos Mayolo y a toda una generación que nació y creció en Cali. Esta obra, que interpreta Alejandra Borrero y que dirige Sandro Romero, es uno de los montajes colombianos de no perderse.  Teatro Casa Ensamble 8:00 p.m. 

 

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