El bullerengue y sus cantaoras

Encuentros con las mujeres que mantienen viva la tradición del bullerengue.

“No llores, Yaya —le reclamaba Etelvina—, lo importante es que la gente te quiere y te recuerda”... “Yo lloro porque ya no puedo cantar —le replicaba Eulalia—, ahora no hago nada, la voz no me sale, cuando escucho un tambor eso me pone mal”… “Tu voz vibra en nuestros corazones, en nuestro sentir” —contesta Etelvina.

Etelvina Maldonado, “La Telvo”, y Eulalia, “La Yaya” —fallecida el pasado mes de marzo a los 90 años— son sólo dos del gran número de cantadoras que han hecho del bullerengue la música y el baile tradicional de las mujeres del Caribe colombiano. Este fue tal vez el último de sus encuentros, a principios de este año.

Según lo afirma Enrique Muñoz Vélez, historiador musical, “el bullerengue es un canto femenino que nació de las represiones contra los esclavos. A las mujeres sólo se les permitía hacer música sin la presencia de hombres, tal vez, esto permitió crear una forma musical netamente femenina”.

El bullerengue se baila y se canta a través de la sensualidad de la mujer. El lento repicar del tambor, interpretado siempre por un hombre, se convierte en cómplice propicio para que la cantaora que lleva la voz líder inicie un baile suave pero delirante, en el que sus manos realizan provocadores movimientos sobre su bajo vientre y sus senos. Ella lleva la batuta de la melodía. Sus movimientos eróticos dan paso al repicar de las tablitas y de las palmas del resto del grupo. Una coreografía digna de ver. Todos los grupos están conformados por 20 ó 30 mujeres (casi todas entre 50 y 70 años), vestidas con coloridos trajes que al son del tambor, el alegre, los coros y las palmas, van dejando en el escenario una tradición de más de 100 años.

“Mi nombre es Martina Balseiro, tengo 95 años. Yo comencé a cantar bullerengue a los 12 años con mi mamá, ella era cantaora. Allá en Necoclí todo el mundo cantaba, cuando ella se iba pa su baile al Playón”. La señora Martina, al igual que muchas de sus compañeras, aprendió a cantar bullerengue en su cotidiano trabajo de lavandera: la batea y la ropa fueron sus primeros espectadores . “Ay, mi hermana, a mí me encantaba almidonar la ropa, yo lavaba mucho, aguantaba tres días de batea, me levantaba y almidonaba el martes la ropa que lavaba el lunes. Cuando lavaba cantaba: ‘La mujer que se enamora/ alisé, alisé/ de la ropa y no del hombre /alisé, alise/ tiene varios pensamientos/ porque la ropa se rompe’ ”.

El encuentro con esta legendaria bullerenguera sucedió en Puerto Escondido, Córdoba, en donde se realiza anualmente el festival más importante de este género musical. En esta ocasión Etelvina era jurado para elegir la nueva reina del bullerengue.


Etelvina y Martina, las dos en el mismo escenario dispuestas a cantar. La primera vital y con una voz inigualable, la segunda llena de recuerdos y nostalgias pero con muy poca fuerza en su voz. Cuando el público pedía delirantemente que las dos divas cantaran, Martina sólo atinó a decir. “Yo ya no tengo mucha voz, cante usted. Etelvina”. Claro, los aplausos no se hicieron esperar.

Así son casi todos los momentos de reencuentro entre las octogenarias bullerengueras, quienes han convertido a Puerto Escondido el escenario ideal para seguir viviendo por su música. En otro de los festivales estaba Totó La Momposina, la diva descalza, una de las más reconocidas a nivel internacional; también estaba Eloa Garcés, líder del grupo Palmeras de Urabá de Necoclí, quien también dedicaba su vida a lavar ropa antes de ser bullerenguera. “Mi vida cambió mucho desde que me volví famosa, ahora todos me llevan a cantar, pero lo que más me gusta es que estoy enseñando a los niños la tradición del bullerengue”.

Con Etelvina, Eulalia, Martina, Eloa, Eustiquia y todas las que no alcanzamos a mencionar, se ha escrito un importante capítulo en la historia de la música folclórica colombiana. Para nadie son extraños los triunfos de Totó La Momposina, de Martina Camargo, de Petrona Martínez, de María Mulata. Con Petrona Narváez, La Niña Emilia y muchas otras que seguramente no quedaron registradas en la memoria, conforman ese gran universo de mujeres a las que se les debe que 500 años después aún podamos seguir disfrutando del legado afro en América.

Mamás con mucho talento

Doña Etelvina Maldonado. Nació en Santa Ana, Bolívar, es una mujer de baja estatura, de raza negra, de contextura frágil, con una dulzura y un amor sólo posible en ella. Una de sus grandes maestras, Eulalia González, otra mujer negra, calificada como una de las grandes exponentes del bullerengue, murió el pasado mes de marzo después de cumplir 90 años. La Yaya, como era nombrada en el mundo de la música, escribió buena parte de la historia del bullerengue. La conversación que se narra en esta nota  transcurrió en Barranquilla, en donde participaron, junto con otras bullerengueras, de la Noche de Río, evento organizado por el Parque Cultual del Caribe como antesala del Carnaval.

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Claudia Ríos / Especial para El Espectador

Cultura

El bullerengue y sus cantaoras

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