Recuerdos de la ruta del té

A través de sus fotografías, el inglés Michael Freeman reconstruye los 3.000 kilómetros en los que el Tíbet y China intercambiaron corceles y té durante 13 siglos.

En el siglo VII los tibetanos, que vivían a 3.650 metros de altitud, conocieron el té, una hierba que les alejaba el sueño y los ayudaba a sobrellevar la complicada atmósfera. Sin embargo, habían probado una bendición que quizá no volverían a recibir. En esas tierras extremas pocas plantas crecían naturalmente, y la única forma de acceder a la preciada hoja era llevándola del suroeste de China, de donde era oriunda. Necesitaban tener algo que pudiera interesar a los chinos para que la posibilidad de un comercio se abriera.

Los chinos no tardaron en mostrar su interés. Los tibetanos tenían corceles que por nacer y ser entrenados en condiciones ambientales y en una altitud tan difíciles resultaban ser verdaderas máquinas de guerra. Té por corceles, vigilia y tranquilidad a cambio de bestias de guerra. El trato se cerró y se abrió un camino. Más de 3.000 kilómetros expurgaron el corazón de Catay, pasaron por Yaan, por la provincia de Sichuán, hasta llegar a la capital del Tíbet, Lhasa.

El comercio duró 13 siglos. Para el siglo XI los bloques de té se habían convertido en la moneda del reino, pero, con el paso del tiempo, esa ruta por la que miles de hombres caminaron lentamente, cargando 90 kilos de té para recibir como pago un kilo de arroz, se fue quedando en el pasado. Aparecieron nuevos caminos, el comercio de corceles fue reemplazado por el de especias y arroz, hasta que en la década de los sesenta del siglo XX sucumbió completamente al progreso y dejó de ser transitada.

Desentrañar ese camino, la historia de las villas que fueron testigos de los ires y venires del comercio, los relatos que en su soledad la sobrevivían, las formas como se había tejido la política entre los dos pueblos a través de sus curvas, fue el empeño del fotógrafo inglés Michael Freeman, quien descubrió en la ruta una virginidad de imágenes nunca antes conocida por Occidente. “Fueron dos años de arduo trabajo fotográfico, lo que significó cinco viajes a China y un total de 24 semanas en la ruta. Nadie había medido o mapeado toda la red de caminos que se combinaban para hacer la ruta del té. Ésta se transformaba de un camino pedregoso a una gran diversidad de vías de trenes que se esparcían por las montañas”, asegura Freeman, unos días antes de arribar al Hay Festival en Cartagena, donde presentará el libro que recoge en 300 páginas este viaje.

En su periplo, Freeman no sólo se encontró con los vestigios de una historia que recordaba cómo el Tíbet había empezado una expansión militar que llegó a lo que hoy es la gran provincia china de Yunnan. Se encontró también con la evidencia de que la economía del té y los caballos había sido usada políticamente. “Un caballo podía ser comprado por 60 kilos de té. Esa tasa de cambio era marcada por la Agencia de Té y Caballos de Sichuán, fundada en 1074, y con esto se podían desestabilizar las economías de cualquiera de los pueblos”.

También, casi de manera inevitable, se cruzó con cosas insólitas que evidenciaban la superposición que vive China entre su pasado y su acelerado futuro. Un día llegó a un pueblito en donde se había construido una muralla de tres metros, que interrumpía abruptamente la vista, para que los visitantes tuvieran que pagar por pararse en una puerta y contemplar la hermosa montaña de Kawakarpo, que a cien metros podía contemplarse libremente.

“No estábamos en la búsqueda de la vieja China, yo quería ver lo que había permanecido y las cosas nuevas que le habían sucedido a esta ruta. La realidad de China es eso mismo: una mezcla de un explosivo desarrollo y su tradición”, explica el fotógrafo, al que no acecha el remordimiento que tanto asalta a quienes viven con una cámara en la mano: haber perdido el momento preciso, no haber llegado 2 o 40 años antes a ese lugar. “Hubiera sido maravilloso tener en esta historia los trenes reales llevando el té, poder retratar a esos que llevaban las hojas en su espalda, pero entonces la historia que se cuenta en las imágenes no tendría la nostalgia y la melancolía que tienen”. Al final, sus imágenes son testimonio de una de sus grandes convicciones: “Así te devuelvas en busca de los vestigios de los siglos, la fotografía es el arte del aquí y el ahora”.