El son se fue de Holanda

A simple vista la rubia  confunde,   hace dudar a  cualquiera. Después, sólo es necesario que  bese  la  trompeta y deje salir alguna de esas historias de  ritmo y sabor, para demostrar que aunque es  europea, la magia latina le recorre todo el  cuerpo.

La mona abre la puerta y sonríe. Maite Hontelé   siempre sonríe. Camina despacio por el  estudio en el que ensaya con su grupo en un barrio de Medellín. Ella baila sin moverse,  su baile es tranquilo, apenas sugerente.  Busca una silla y  deja caer el  cuerpo sin premura. Acaba de llegar de una gira con su grupo por Estados Unidos, Israel, Holanda  y  Corea del sur. Necesita  descansar un poco.

La camisa sin mangas descubre  unos brazos fuertes, y el jean desgastado insinúa  la firmeza de sus piernas largas. Y es que su deporte siempre ha sido cargar la trompeta  en faenas de baile y sabrosura. Vaya deporte...

Empieza a contarse en un español que la delata como extranjera, pero con cada frase teje una nueva historia en la que parece que nunca hubiese llegado de afuera. Maité Hontelé, la rubia de la trompeta, vive en     Medellín hace más de un año, cuando llegó para quedarse.

Sospechaba  que la música era el lenguaje con el que quería hablar por el resto de su vida. Y no era una música cualquiera, era la mezcla de timbales  y bongoes,  trompetas y  pianos acariciados por dedos enloquecidos,  la que le insinuaba los sabores de   la salsa, el son cubano, el jazz y  la charanga.

Esos  sonidos que conoció al lado de su padre,    escuchando   los solos de piano en un LP de la Sonora Ponceña, que giró muchas veces  en el tocadiscos de la sala de su casa en Holanda, le hablaron de nuevos ritmos, hasta convencerla de caminar por las rutas de  esta música de lugares lejanos y eternas primaveras.

 No fue  coincidencia, fue  como un baile en el que el cuerpo pierde el control y la música es la que domina  los movimientos. Todo  empezó por  el vecino. Un emigrante de  Aruba en Holanda que  no podía evitar escuchar merengues todas las tardes, y esas canciones calurosas  se escapaban hasta llegar a los oídos soprendidos de   los  vecinos europeos.

Michael Hontelé se alió  con  la fuerza de esa música que hablaba de   sudor y melodías atrevidas, del sabor de la rumba,  de alegría y festejo  en cada nota.

Este actor y viajero del mundo a través de sus sonidos, empezó a reunir son cubano, salsa, y música folclórica de diferentes parajes en una colección que iba creciendo tan rápido como su gusto por los nuevos ritmos.

Cuando la mona   nació, Willy Colón ya contaba historias de Nueva York por toda la casa, Rubén Blades,  de Pedros y navajas    y La Fania hablaba de fiestas en Puerto Rico y de amores y desamores, en habitaciones de hoteles en las que había fuego, mucho fuego.

Entonces su  casa en Holanda ya era una fogón ardiente en el que todos los días  se sazonaba  el gusto  por la música y la cultura  latina.

Por las calles de Medellín la gente  la reconoce, la saluda, le lanza piropos, le roba muchas de sus sonrisas.  No es común que una mujer  con  un metro 75 de estatura, blanca y rubia, al mejor estilo europeo, toque la  trompeta, haga   salsa dura y ponga a bailar a todos los que la escuchan. El mismo Rubén Blades la confundió con una modelo cuando la vio  con una trompeta en la mano en la portada de una revista de música. Para entender  a Maite Hontelé hay que escucharla tocar.

Vuelve y sonríe, dice que en esta ciudad ya se siente como en casa. En Medellín se quedó  porque se enamoró de un paisa que habla con el piano. Sabe que el amor y la música son una mezcla que enloquece. A ese  amor también  se refieren  sus canciones.

Cuando tenía nueve años, el divorcio se llevó a su padre a vivir a Barcelona. El mejor contacto con él fueron los casetes de salsa que le enviaba.  Pero el   pasaporte para el viaje alucinante de  la música latina lo consiguió  en la banda de su pueblo, en la  que sólo había espacio para trompetistas.

“Al principio no fue fácil, la trompeta es un instrumento que necesita fuerza y disciplina, por eso muchos desisten con facilidad”, dice, todavía en la silla,   y  agrega  que son pocas las mujeres que se arriesgan con este intrumento, ella ya está acostumbrada a compartir  el escenario, la mayoría de veces con hombres.

 La mona, que hoy tiene 30 años, insistió y tiempo después, cuando tenía 17, fue aceptada en  el   Conservatorio de Rotterdam y se convirtió en maestra de trompeta y música latinoamericana.

No es gratuito que con apenas 22 años acompañara como música invitada a Buena Vista Social Club en una gira por Holanda. Después vendría la Rumbata Big Band, y con ésta, las canciones de Lucho Bermúdez y de Pacho Galán. Colombia estaba cerca.

En el 2002 llegó al país por primera vez y recorrió las grandes ciudades con la agrupación. Después volvió un par de veces  y hoy  está muy lejos  su regreso a Holanda.

“Me encanta hablar con mi trompeta y en Colombia siento que encontré el público para mi música”,  dice la mona antes de pararse de la silla  y finaliza asegurando  que el  virtuosismo le interesa poco, lo que realmente le preocupa es contar de la mejor manera sus  historias.

Desde España,  el papá salsero, el coleccionista de la rumba, el compañero del ritmo, celebra cada una de esas historias que él mismo le enseñó a contar. Cuando Maite Hontelé se para en el escenario, demuestra por qué  el vecino de Aruba, su padre, la memoria, las clases de español que le dieron los grandes cantautores de la salsa  y la trompeta que le regalaron a los 18 años  le han dejado la mejor herencia, la herencia de la magia de la música latina.

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