El creador de los implantes

Thomas Biggs, uno de los tres médicos que inventó las prótesis de senos.

En su primer año como estudiante de medicina supo que quería ser cirujano plástico. Prefería las sonrisas de complacencia de los pacientes al ver cómo sus caras y cuerpos con alguna deformidad habían sido esculpidos a tener que vivir de cerca la muerte, como le tocó cuando rotó por medicina interna y neurología. Los años le dieron la razón. Su carrera profesional había tomado el rumbo correcto.

Thomas Biggs es uno de los tres médicos que inventó los implantes de senos, aquellas prótesis de silicona que han obsesionado a las mujeres durante las últimas décadas. Los otros dos colegas estadounidenses que participaron en el proceso de creación de este genial invento ya fallecieron, y Biggs, quien ha realizado más de nueve mil cirugías mamarias, se ha dedicado a dictar conferencias alrededor del mundo para compartir su técnica. El próximo mes vendrá por primera vez a Colombia como invitado al XVI Curso Internacional de Cirugía Plástica Estética, que se llevará a cabo en la ciudad de Cali.

El Espectador habló con este veterano de la cirugía plástica, quien asegura que el exceso de operaciones en muchas mujeres y su empeño por lucir prótesis cada vez más grandes no sucedería si los cirujanos asumieran bien su rol y “se comportaran como si fueran los padres de sus pacientes, a quienes deben tratar como adolescentes que quieren hacer muchas cosas, pero no poseen la madurez ni los conocimientos para saber qué es lo que les conviene”.

Biggs cuenta con desparpajo que él y sus dos colegas se inventaron los implantes por casualidad. A finales de la década del 50 el suero era almacenado en botellas de vidrio y un día cualquiera una empresa empezó a fabricar bolsas de silicona para guardarlo. “Fuimos a recoger suero por orden de nuestro profesor y cuando nos entregaron esas bolsas de textura suave y natural, en vez de las botellas, se nos encendió el bombillo”.

Las primeras prótesis de seno las probaron en perros. Debían estar seguros de que el cuerpo no rechazaría el material antes de experimentar con seres humanos. En 1963 operaron a la primera mujer y aunque aún temían que se pudieran presentar complicaciones, la cirugía fue un éxito. Desde entonces, Biggs ha intervenido a miles de pacientes. A la que más recuerda es a una joven que perdió uno de sus senos por culpa del cáncer.

Meses después de haberle hecho una reconstrucción y colocado una prótesis recibió un sobre con una fotografía de ella en vestido de baño disfrutando de una tarde en un crucero y una nota que decía: “Usted me devolvió la vida”. Desde hace varios años Biggs vive en Houston (EE.UU.), dicta algunas clases, disfruta de la compañía de su familia y viaja constantemente a dictar conferencias. Aunque asegura que siempre supo que había tomado la decisión correcta al inclinarse por la cirugía plástica, confiesa que jamás pensó que aquella idea que surgió un día por cuenta de un mandado que tuvo que hacerle a su profesor iba a generar tanto revuelo.