El escudero de los pacientes

Después de vivir por más de 30 años en Europa, Germán Velásquez regresó al país para recibir este jueves el título doctor honoris causa de la U. de Caldas.

Desde que estaba en la universidad su obsesión son los medicamentos. Entender las lógicas de quienes los producen y por qué es tan difícil lograr que lleguen a todos aquellos que tanto los necesitan. Ha sido una batalla incansable la que ha librado Germán Velásquez durante los últimos 30 años, diez de los cuales los pasó en África tratando de crear una industria farmacéutica en países como Mozambique, en donde no se producía ni una sola droga.

Sus esfuerzos también llegaron hasta China, una nación que lo sorprendió porque hasta hace solo siete años el gobierno tomó la determinación de distribuir los medicamentos para las personas infectadas con el VIH y porque a pesar de tener la capacidad para producir todo tipo de fármacos, esta industria todavía es incipiente.

“He viajado por lo menos 15 veces y me siento satisfecho de haber influido en el diseño de su política farmacéutica y contento de saber que se está produciendo un cambio”. Germán Velásquez nació en Manizales, estudió filosofía en la U. Javeriana y luego se mudó a París para formarse como economista. Regresó a Colombia durante el gobierno de Virgilio Barco para evaluar, en tres meses, si realmente la población estaba teniendo acceso a las medicinas.

Este trabajo le permitió vincularse con la Organización Mundial de la Salud y en tan sólo unos años se convirtió en el director del Programa de Medicamentos y Medicina Tradicional. “Pero llegó un momento en el que sentí que sería más útil afuera y me retiré”. Las ofertas no se hicieron esperar, Velásquez se había convertido en uno de los economistas expertos en medicamentos más prestigiosos del mundo.

Entre risas cuenta que su vida es como la de un gitano, pues considera que la formación de nuevos profesionales conscientes de la problemática del acceso a los medicamentos es fundamental para resolver esta situación, y por eso dicta clases en la U. de Buenos Aires, en la de Barcelona y en la Sorbona de París. Aunque viva en Suiza y trabaje en Ginebra en el Centro del Sur asesorando a los países no alineados (el grupo de los 77 al que pertenece Colombia) en los temas de salud.

En los últimos meses, además del tema que siempre lo ha obsesionado, su mente ha estado concentrada en reflexionar acerca de lo sucedido con el virus del H1N1. Con total franqueza durante su corta visita al país, para recibir el título doctor honoris causa que le otorga este jueves la U. de Caldas, le confirmó a El Espectador que el tema de la pandemia había sido tratado con irresponsabilidad, que el manejo fue exagerado y que hay un manto de duda sobre la Organización Mundial de la Salud porque terminó beneficiando a los fabricantes de las vacunas, de los tapabocas y los desinfectantes.

“En Francia, por ejemplo, se compraron 94 millones de dosis de la vacuna, cada una costó cerca de diez euros, pero sólo se usaron seis millones y el resto irán a la basura”. A Velásquez también le inquieta lo que está sucediendo con el cambio climático. La preocupación por la supervivencia del planeta es cada vez mayor y desafortunadamente, se lamenta, esto ha hecho que los fondos internacionales de ayuda humanitaria para atender las necesidades en materia de salud se hayan desviado hacia las causas ambientales.

“Pueda que el planeta esté en riesgo de colapsar en unos cientos de millones de años, pero es ahora cuando la gente se está muriendo por falta de medicamentos”. Aunque su lucha por el acceso de éstos a toda la población ha sido significativa y marcado una huella en naciones como China y Mozambique, él mismo reconoce que el camino todavía es largo y complicado.

“Los países en vía de desarrollo no tienen cómo suministrar las medicinas a toda la población y a los más ricos no les alcanzará el dinero para continuar garantizando el acceso universal. No existe una solución mágica, pero todavía es posible generar un cambio”.

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