El tira y afloje por los genes

Nagoya, Japón, podría pasar a la historia como el lugar donde se resolvió uno de los temas más candentes de la ciencia: ¿A quién le pertenecen los recursos genéticos?

Países desarrollados y en vía de desarrollo llevan unos nueve años discutiendo las reglas internacionales del juego para aprovechar y darle valor agregado a la biodiversidad, siendo justos con las regiones del mundo donde se encuentra, pero también con quienes por siglos han generado conocimiento derivado de la manera como se han relacionado con ella.

Estos debates se plasman en el Protocolo de Nagoya, como se le conoce, que se enmarca dentro del Convenio de Diversidad Biológica (CDB), de Naciones Unidas. Es un instrumento para prevenir la biopiratería, o sea la apropiación indebida y el uso no autorizado de los recursos genéticos de la biodiversidad.

“Aquí estamos hablando de la base de la nueva economía”, dice el colombiano Fernando Casas, copresidente del grupo de trabajo sobre acceso y participación de los beneficios (ABS, por sus siglas en inglés). “Cada vez más los recursos genéticos y moleculares son la base de sectores económicos e industriales, áreas con impacto económico, social y ambiental. La nueva economía está basada en estos ‘building blocks’: la física, la química y la biología, o sea átomos, genes y moléculas”, continúa.

Los recursos genéticos y sus derivados son la materia prima de la biotecnología, por decir lo menos. Pero también son parte de la cultura de los diferentes pueblos del mundo, de las comunidades locales, indígenas, campesinas y afrocolombianas.

A una reunión en Cali, en marzo de este año, le siguió otra en Montreal en julio. Son 11 temas cruciales que siguen en discusión antes de la cita en Nagoya. Casas confía en que se llegue a consenso en casi todos ellos antes de sentarse frente a frente a sus colegas en Japón.

Un tema clave es si se incluyen, además de los recursos genéticos, los denominados ‘derivados’, que hacen referencia a moléculas, proteínas, aceites, resinas, entre otros productos. Allí hay un punto de discordia, donde los países desarrollados quieren excluirlos y los países en desarrollo, generalmente los propietarios de la gran diversidad biológica mundial, quieren incluirlos. “Donde solucionemos eso levantamos un montón de corchetes”, explica Casas.

Son muchas las preguntas en busca de respuesta: ¿se incluyen los recursos genéticos de la Antártica o de las zonas marinas fuera de cualquier jurisdicción nacional? ¿Se incluyen los recursos genéticos humanos o los patógenos humanos?

En el caso de Colombia, no siempre los recursos genéticos están en territorios de comunidades indígenas o afrocolombianas. Pero cuando lo están, el debate cobra otras dimensiones. De acuerdo con la legislación nacional, quienes quieran trabajar con recursos genéticos ubicados en esos territorios deberán obtener el consentimiento informado por parte de sus propietarios. El trabajo con las poblaciones minoritarias no es lo que molesta a los científicos; es el engorroso procedimiento.

Desde la otra orilla, Carlos Rodríguez, director del programa Tropenbos Internacional - Colombia, dice que si bien es importante la legislación, es necesario además promover “el fortalecimiento cultural de los pueblos indígenas, asociado al conocimiento de la visión del mundo. Hay una erosión detectada, definida, diagnosticada y preocupante del conocimiento tradicional desde las mismas comunidades y desde los viejos”.

No hay mucho tiempo. Desde las diferentes orillas los negociadores internacionales, representantes de los países, las comunidades científica y local, así como la empresa privada, presionan para que sus posiciones se vean reflejadas en el texto del Protocolo. La verdad se sabrá entre el 27 y el 29 de octubre.

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