¡… A la vuelta a Colombia!

Con motivo de la Vuelta a Colombia, El Espectador reproduce desde el pasado domingo las 14 entregas de la historia del ciclista Ramón Hoyos Vallejo, escrita por Gabriel García Márquez en este diario.

EN BOGOTÁ, VESTIDO DE DRIL Y RESFRIADO. “POR QUÉ ME TIRABAN RAYO MIS COMPAÑEROS”. MI PRIMERA FOTOGRAFÍA EN LOS PERIÓDICOS. UN NOVATO ENTRE LOS CAMPEONES. LA PEOR ETAPA QUE HE CORRIDO EN MI VIDA. “¿QUIÉN ES ESE CHAMBÓN?”.

A las siete de la mañana salté de la cama, dispuesto a averiguar los intrigantes propósitos de Óscar Salazar Montoya. Naturalmente, no pude localizarlo hasta las horas del mediodía: los periodistas trabajan de noche y yo ignoraba la dirección de su casa. No hice nada esa mañana. Di vueltas por la ciudad, sin poder imaginarme por qué me había preguntado Óscar Salazar Montoya:
— Ramón, ¿en qué condiciones te sientes?
Y la verdad es que después de una noche de mal dormir y de una mañana entera tratando de localizar al periodista, había empezado a no sentirme bien. No siento mucha curiosidad por averiguar las cosas. Pero aquello era distinto. Y dispuesto a no permitir que pasara aquel día —2 de enero de 1952— sin descifrar el misterio de la más inquietante pregunta que me han hecho en mi vida, me instalé en la puerta de El Colombiano hasta cuando llegó Óscar Salazar Montoya, al atardecer. Desesperado, me lancé sobre él y le dije:
— ¿Por qué me preguntó en qué condiciones me sentía?
Y él, fresco, acabado de levantar, me respondió calmadamente:
— Es que don Ramiro Mejía quiere patrocinar otro corredor para la Vuelta a Colombia.

A la fuerza

Desde ese instante las cosas empezaron a ocurrir con increíble rapidez. Fui donde don Ramiro Mejía, quien patrocinaba a Galo Chiriboga y Amador Andrade. En efecto —me contó don Ramiro— estaba influyendo para que me aceptaran como patrocinado suyo, a pesar de que yo era de tercera categoría y había corredores de primera que no podían asistir a la Vuelta a Colombia por falta de patrocinio. Había, además, otros inconvenientes; en los círculos deportivos se insistía en que yo era un novato, y que no representaría dignamente al ciclismo antioqueño. Las protestas empezaron a aparecer en los periódicos, mientras don Ramiro Mejía, sordo a todas las voces contrarias, seguía influyendo para que se me admitiera. Fue una batalla de veinticuatro horas, a lo largo de las cuales me parece que no perdió un minuto. Por fin, al día siguiente, cuando los otros participantes estaban listos para viajar a Bogotá, se decidió que yo —un novato de 19 años— tomara parte en la II Vuelta a Colombia.

“Por qué me tiraban rayo”

El cuatro, en las horas de la tarde llegué a Bogotá. Fui el inscrito número 50, en una prueba en la que participaban exactamente 50 corredores. Llegué con un vestido de dril entero, y un delgado suéter de lana. No recuerdo qué impresión me causó Bogotá, porque sólo estaba pendiente de la Vuelta a Colombia. Como me ocurría siempre que iba a participar en alguna competencia importante, me enfermé esa vez: un resfriado que en cualquier otra circunstancia me habría reducido a la cama, pero que yo disimulé como pude. Ya era bastante que la prensa antioqueña estuviera protestando por mi participación en la Vuelta, para que a última hora resultara que debía retirarme por un simple resfriado.

Estaba dispuesto a llegar hasta el final, principalmente por la actitud de mis compañeros de equipo, Amador Andrade y Galo Chiriboga. Lo primero que ellos hicieron, al saber que yo iba a competir, fue marcar los repuestos. Don Ramiro me había conseguido dos bicicletas en buen estado, pero teóricamente no había repuestos para mí, porque estaban marcados. Además, la camioneta acompañante tenía una orden terminante: viajar al lado del que fuera en la punta. Amador Andrade y Galo Chiriboga, como se dice, no hacían “sino tirarme rayo”. Estaban dispuestos a ponerme una zancadilla al menor descuido.

Mi primer retrato de prensa

En los días anteriores habían ocurrido ya muchas cosas estimulantes. En Medellín, antes de viajar a Bogotá, me habían tomado la primera fotografía para la prensa: la tomó Carlos Rodríguez, reportero gráfico de El Correo, y en ella aparecí con zapatos de fútbol, una camiseta improvisada y la pantaloneta que me regaló la esposa de Víctor Betancourt. Había conocido, dos días después, el velódromo de Bogotá, y sentí una terrible emoción, al pedalear en la pista lisa y dura, como un ciclista verdadero. En ese lugar, Jorge Obando tomó mi segunda fotografía para la prensa. Tenía que luchar contra la hostilidad general, contra mi inexperiencia y contra toda una maraña de inconvenientes. Pero me hice un propósito: “Si me descalifican por tiempo y llego de noche, muy bien. Pero, pase lo que pase, no me retiro”.

La largada

El día ocho de enero, muy temprano, se inició la carrera. Resfriado, temblando a causa de los nervios y la emoción, empecé a pedalear como un loco. La primera etapa: Bogotá-Honda. Yo habría preferido trepar, porque trepando me sentía más seguro. Pero al mismo tiempo deseaba bajar cuanto antes, llegar a tierra caliente, porque la altura y el resfriado me estaban asfixiando. Me invadía el terror, de sólo pensar en un pinchazo, en aquella carretera torcida y pedregosa. Desde los primeros minutos me di cuenta de que me había metido en camisa de once varas, de que no tenía experiencia para esa clase de pruebas, y de que tal vez —por apresurarme a intervenir en una competencia como aquélla— iba a perder todas las oportunidades futuras.

Con todo, ya estaba allí, y nada podía hacer sino seguir adelante. Mi mayor preocupación era alcanzar la camioneta de los repuestos. No me importaba mucho mi posición, sino saber que, en caso de un pinchazo, tenía los auxilios a la mano.

¿Qué pasó?

Desde cuando el pelotón empezó a desintegrarse me di cuenta de que no tenía nada que hacer. Uno a uno, todos los ciclistas me iban dejando atrás. Me sentía enfermo, ofuscado, y con unas irreprimibles ganas de llorar. Pero una cosa me impulsaba a seguir adelante: no defraudar a don Ramiro Mejía, que se había opuesto a todos los inconvenientes, para que yo pudiera participar en la II Vuelta a Colombia.

Recuerdo que, por espacio de una hora, por lo menos, estuve completamente solo en la carretera. La gente que había salido a saludar a los ciclistas, había desaparecido. Yo era el último. Me estaban sacando tiempo incluso los últimos ciclistas que se desprendieron del pelotón, y sin embargo seguía pedaleando atolondradamente, con rumbo a Villeta.
No me di cuenta en qué momento ocurrió: sentí que perdía el control de la bicicleta y que me iba de cabeza contra una piedra. Fue una fracción de segundo. Pero no puedo decir más: sólo recuerdo el golpe terrible en la frente. Luego, perdí el conocimiento.

“No me subo”

Cuando volví en mí, oí voces alrededor. Y concretamente una voz que decía:
— Súbanlo en la camioneta. Está muy herido y no puede correr más.
En mi estado de semiinconsciencia, me acordé de mi propósito. “Que me descalifiquen por tiempo”. Me sentía sin fuerzas y la cabeza me dolía, con un dolor penetrante. Pero a pesar de todo, traté de incorporarme: no me subiría a la camioneta, pensé. “Que llegue de último, no importa”, seguí pensando, todavía atolondrado por el golpe: “Que llegue de último, pero que no me suban a la camioneta”.

Cuando pude abrir los ojos, vi dos hombres tratando de levantarme. Lo primero que hice fue ver si la bicicleta estaba allí. Y allí estaba, en buen estado, junto a una camioneta que no era la nuestra. Eso era lo único que me importaba. Me dolía la cabeza, me palpitaba por dentro, pero eso no importaba. Lo importante era que la bicicleta estaba intacta. Mientras fuera así, podía seguir corriendo.

“Ahí voy, como sea”

Estaba tan atolondrado, que no me di cuenta de que tenía la boca llena de tierra, mientras mis auxiliares ocasionales no empezaron a sacármela con los dedos. El contacto del agua fresca me reanimó. Me lavaron la herida: era una brecha como de dos pulgadas, arriba del ojo izquierdo.

En mi inconsciencia calculé que estaba perdiendo tiempo, allí, tirado a la orilla del camino. Traté de incorporarme, pero no pude. Sin embargo, cuando los hombres de la camioneta (más tarde supe que se llamaban Rafael Piñeros Corpas y Gregorio Maldonado) me ayudaron a levantarme, sentí que tenía fuerzas suficientes para subir a la bicicleta.
— Ven. A la camioneta— oí decir.
Yo me acabé de incorporar por mi cuenta. Sacudí la cabeza que me dolía horrorosamente, y respiré el aire, que ya empezaba a ser tibio. Sin decir una palabra, subí a la bicicleta y empecé a bajar. Los hombres volvieron a la camioneta y me siguieron lentamente.

“No seas terco”

Poco a poco fui recobrando el conocimiento. Sin proponérmelo, estaba bajando con cuidado. Pensé que la camioneta con mis repuestos debía de estar ya mucho más allá de Villeta. Entonces empecé a bajar con la bicicleta frenada, eludiendo las piedras del camino, y sintiendo como si tuviera dentro de la cabeza un animal que me palpitaba dolorosamente.
Era casi mediodía. Mi primera intervención en una competencia realmente importante había sido una catástrofe, pero seguía bajando, con mucho cuidado, con la bicicleta frenada. Hubo un instante en que volví a mirar hacia atrás. Allí venía, siguiéndome, la camioneta que me había prestado auxilio. Uno de los hombres sacó la mano y me dijo:
— ¿Te montas?
Yo no contesté nada. Seguí bajando, mientras uno de los hombres me decía.
— No seas terco. Ya los otros están llegando a Honda.

NOTA DEL REDACTOR

CIEN CARTAS DIARIAS PARA ESCOGER

Ramón Hoyos sólo tiene una preocupación familiar: su hermana Marina, de 7 años, que ha sido internada en un colegio de Envigado. Mientras se desarrollaba la última Vuelta a Colombia, en ese enorme caserón antiguo y construido entre árboles altos y silenciosos, la niña era una especie de ídolo para sus compañeras. Y allí, como en casi todos los hogares obreros de Antioquia, se perdió la cuenta, durante los 23 días que duró la competencia, de la cantidad de velas que se consumieron y del número de oraciones que se rezó para que ganara Ramón Hoyos. Cada vez que el actual triple campeón ganaba una etapa, una gigantesca ovación resonaba por todos los rincones del departamento. Sólo una voz no se oía: la de Marina, la menor de las hermanas del campeón, que a los siete años apenas está aprendiendo a hablar.

La grande esperanza

No hay un santo determinado al cual rogar para que ganen los ciclistas. Cada uno se dirige al santo de su devoción. Y muchos van más allá. Muchos no expusieron y alumbraron a ningún santo, sino al retrato mismo de Ramón Hoyos: al lado de una imagen bendita, en los humildes hogares de Antioquia, se ha colgado una fotografía del triple campeón, recortada de los periódicos. No ahora, sino desde la tercera vuelta, a pesar de que aún su gloria no había adquirido las proporciones que ahora tiene. Pues el caso es que Ramón Hoyos es ahora un campeón, una especie de estatua ambulante, pero hace dos años era algo todavía más importante para el pueblo antioqueño: era la grande esperanza departamental, contra un simpático y disciplinado francés que rápidamente había echado raíces en el corazón de los fanáticos colombianos. Y especialmente contra un ciclista del interior. Hoyos era —para algunos antioqueños— el triunfo de Colombia. Pero para la mayoría era algo que significaba mucho en los departamentos y especialmente en Antioquia: era el descentralismo del campeonato.

“Es la arepa”

Por eso, antes de ser triple campeón; antes de ser campeón por primera vez, el retrato de Ramón Hoyos estaba colgado en las paredes de Antioquia, a pesar de que muy poca gente lo conocía personalmente. Ahora se le conoce y se le admira como una realidad. Posiblemente, si Hoyos perdiera el campeonato, esa avasallante admiración se desplazaría hacia otro lado, si lo destronara un antioqueño. Pero también muy probablemente, el retrato de Hoyos seguiría estando colgado al lado del de su sucesor. Y tal vez se dé el caso de que su retrato sea velado en el futuro, para que gane otro antioqueño. Porque hablando con la gente humilde del departamento, con los niños aprendices de ciclistas y con los fanáticos callejeros de Hoyos, se tiene la impresión de que el triple campeón es, más que cualquier otra cosa, un símbolo. “Es la arepa”, se dice.

“Madre”

Ese símbolo, desarraigado de la vida familiar por una catástrofe en la que murieron su madre y la hermana mayor, y por el segundo matrimonio de su padre, ha encontrado un nuevo refugio sentimental: la visitadora social de Coltejer, doña Gabriela Arboleda, que conoce personalmente a toda la familia de todos los obreros de la fábrica, y conoce sus necesidades y problemas. “Madre”, la llaman todos. Y por lo menos para Ramón Hoyos ella es una verdadera madre, que lo ayuda a resolver los problemas, que es su confidente, y que conoce la vida íntima del triple campeón mejor que él mismo. En el curso de estas entrevistas, doña Gabriela Arboleda —en una oficina en la que se oye el largo e ininterrumpido rumor de las máquinas tejedoras— hizo observaciones a Ramón Hoyos, lo ayudó a recordar muchos puntos de su biografía y contribuyó de manera invaluable a facilitar este trabajo.

Cien cartas al día

“No se me olvida nunca —dice doña Gabriela Arboleda— el día en que este muchacho llegó a mi oficina con una bicicleta rara.” Y recuerda que le preguntó “qué clase de bicicleta era esa”, y Hoyos le dijo:
—Una bicicleta de carreras. Tómele el peso.
“Era liviana”, dice doña Gabriela Arboleda, recordando aquel día, en que tomó bajo su protección al ciclista. Desde entonces, muy pocas cosas ha hecho Hoyos que no las haya consultado previamente con la extraordinariamente amable visitadora social. Ella le guarda y le selecciona las cien cartas que, aproximadamente, recibe el campeón todos los días.
 
No era nada

Mientras Hoyos estaba en la Vuelta a Colombia, doña Gabriela Arboleda visitó, todos los fines de semana, a Marina, la hermana del campeón. Pero durante los días de la semana, no hizo otra cosa que seguir minuto a minuto los incidentes de la carrera, en un receptor de radio que instaló en su oficina. En la actualidad, la visitadora social —que hace tres años no había visto una bicicleta de carrera— puede hablar de ciclismo durante muchas horas, en términos técnicos, como un técnico.
 
Tal vez no tenga Ramón Hoyos un fanático más irreductible que ella. Cuando en la V Vuelta a Colombia el triple campeón perdió una etapa por primera vez en la competencia, la visitadora social no asistió a su oficina al día siguiente. Se excusó mandando a decir que estaba enferma.

Al día siguiente, el alegre y ladino Javier Jiménez, que conoce muy bien a doña Gabriela Arboleda, le envió un recado a su casa:
—Dígale a doña Gabriela que ya puede venir. Que ya volvió a ganar Ramón Hoyos.
La encantadora visitadora social insiste en que estaba enferma. Pero la verdad es que volvió a su oficina, saludable y alegre, cuando recibió el recado de Javier Jiménez.