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hace 2 horas

Un guerrero sin taxímetro

El delantero vallecaucano debutó en 1994 con el Cortuluá y ha jugado en ocho clubes de la primera división.

Carlos Rodas es uno de esos delanteros a los que nadie quiere enfrentar. Pequeño, rápido y habilidoso, se las ha ingeniado para hacerse notar desde que se estrenó en el profesionalismo, en 1994.

El domingo pasado, con los dos goles que marcó en la victoria del Quindío 3-2 sobre Millonarios entró en el exclusivo club de los artilleros que han conquistado más de 100 anotaciones, a pesar de haber estado fuera de las canchas durante casi tres temporadas (entre 2002 y 2004).

Dejó el fútbol porque se sentía desmotivado y estaba cansado de deambular con su familia por todo el país. Decidió regresar a su natal Tuluá y dedicarse a manejar su propio taxi, hasta que en 2005 volvió con nuevos bríos.

Salió campeón con el Deportivo Pasto, en 2006, y ya entró en la página dorada de la historia del fútbol colombiano.

¿Qué significó superar la barrera de los 100 goles?

Es un triunfo personal, era un objetivo que me había fijado desde hace mucho y venía peleando por conseguirlo. Es uno más en mi carrera y ojalá que lleguen otros. Lo más importante es que sirvió para ganarle a Millonarios y para que el equipo siguiera sumando y luchando por alejarse del descenso.

¿Qué otras metas tiene?

Ahora sólo pienso en seguir jugando, en disfrutar lo que hago. Estoy en una edad (35 años) en la que uno comienza a pensar  en el momento del retiro, pero aspiro a jugar uno o dos años más. Ojalá que las lesiones no me afecten, porque el fútbol te da sorpresas y nunca sabes cuándo pueda ser el último partido.

¿Se quedará en el Quindío o ha pensado en irse a otro club?

Es algo para analizar más adelante. Por ahora pienso en rendir fecha tras fecha, darle más alegrías a esta hinchada que me ha dado un cariño muy grande. Ojalá pueda seguir jugando acá, aunque depende de los directivos porque mi contrato va hasta diciembre, pero lo que quiero es quedarme, concentrarme en este torneo y seguir anotando.

Son ocho clubes en su carrera...

Cortuluá es el equipo de mi tierra, el que me dio la oportunidad de debutar. En Pereira fue en donde me di a conocer, ahí empecé a formar mi carrera. A Once Caldas llegué con mucha ilusión, pero desafortunadamente no me fue bien, no tuve continuidad y no pude cumplir mis aspiraciones. El paso por Medellín fue maravilloso. En Pasto la consagración con el título y en Quindío el equipo de mi carrera, en el que he marcado más goles, en el que he jugado más partidos.

¿Por qué dejó de jugar durante casi tres años?

Realmente fue una experiencia difícil, que se dio por una mezcla de muchas cosas. La parte económica no estaba bien, no me cumplían lo que me prometían en los equipos. Lo deportivo no estaba bien, porque estaba seis meses en un lado y seis en otro. Eso incomoda y no es bueno para la familia, así que decidí radicarme en Tuluá y dedicarme a manejar un taxi que tenía.

¿Y cómo se dio su regreso?

Pues la gente que se subía al taxi me preguntaba que por qué me había retirado, que todavía tenía mucho fútbol para dar. Los antiguos compañeros me aconsejaban que volviera. Mi mamá fue la que más influyó. Ella fue la que más sufrió con mi retiro, pero nunca me lo reprochó. Me decía que buscara mi felicidad, que estaba en el fútbol. Ella fue uno de las pilares de mi vida, al igual que mi esposa, María Paula, y mis hijas, Manuela y Sara, ellas son la razón de mi vida.

¿Y le hizo caso a su mamá?

Sí, siempre pensé que mi adiós era definitivo, pero la ilusión de pisar otra vez una cancha volvió y por fortuna nunca me faltaron las ofertas. Cortuluá me dio la mano y luego salí campeón con el Pasto. Ahora disfruto mucho más dentro de la cancha.

¿Qué tanto cambió su forma de jugar tras el regreso?

En lo futbolístico esa experiencia me sirvió mucho. Ahora corro más que cuando era joven. Pensaba que el fútbol era  para toda la vida, para siempre, pero me di cuenta de que si no tienes un buen nivel, no sigues.

¿Qué consejo les da a los jóvenes goleadores?

Que no se conformen. Hay muchos jugadores con grandes condiciones que se pierden o desaparecen porque no tienen convicción y sacrificio. Se conforman con recibir un sueldo y creen que eso les va a durar toda la vida, pero esta es una profesión corta en la que hay que aprovechar el cuarto de hora.

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