Un ciclista, un rebelde

Un cáncer intestinal terminó con la vida del dos veces ganador del Tour de Francia. En su reciente biografía acusó a 'Lucho' Herrera de comprar el título de la Vuelta a España de 1987.

En el último Tour su voz, la voz de un hombre que agoniza, se empeñaba aún en llevar la contraria a su espíritu, indómito, rebelde, vivo, vivísimo, como siempre. Trabajaba de comentarista para France 2 y aunque el final de sus frases se perdía en un ahogo no cesaba de exigir, de recordar, de iluminar la carrera, de pedirle a Contador, un campeón al que amaba como amaba a todos los campeones, pero más aún, porque le amaba porque era un atacante como él, que estuviera a la altura de su amor, por lo menos.

“Maldigo mi enfermedad. Es mi cuerpo contra mí y no puedo aceptarlo”, decía en una de sus últimas entrevistas, en noviembre de 2009, pocos meses después de que supiera que padecía un cáncer de páncreas voraz e incurable. Este martes, en París, donde había nacido hace 50 años, se vio obligado a aceptar que el cuerpo, finalmente, tenía razón. Fue la primera vez que Laurent Fignon se doblegaba ante algo con lo que no estaba de acuerdo.

Fignon usaba unas gafitas redondas de profesor, una coleta rubia, una personalidad rompedora, única, un ciclista que irrumpió, surgido de la nada, en 1983, en los tiempos en los que nunca se era demasiado joven para ganar. Tenía 22 años y, debutante, como Anquetil 26 años antes, como Hinault, seis años antes, ganó el Tour de Francia. Corría en el equipo de Hinault, a quien el orgullo y la soberbia llevaron a ganar la Vuelta a España aun a costa de una lesión que le privó del Tour. El año siguiente Fignon volvió a ganar el Tour un mes después de que en Italia le robaran el Giro en beneficio de Moser. “No sólo escamotearon las montañas, también hicieron trampas para que yo no ganara, y eso no lo acepto, nunca lo aceptaré”, dijo.

 Era un corredor atacante, muy fuerte, capaz de andar rápido en todos los terrenos ni escalador nato ni contrarrelojista puro, como lo pedía la época en la que el dopaje de base, que él admitió haber usado, eran las anfetaminas y los corticoides, que encendían la agresividad, no la EPO, que aumenta la resistencia. Era inteligente, un ciclista de carácter.

Diez años después de su irrupción Fignon se despidió del ciclismo profesional, acosado por sus múltiples lesiones.

“El ciclismo podría seguir sin mí. La vida continuaría conmigo”, fueron sus palabras de entonces.

En 2009, cuando anunció que tenía cáncer, cuando dijo que no pensaba que el dopaje tuviera nada que ver con el tumor, Fignon escribió un libro, Cuando éramos jóvenes y despreocupados, una autobiografía cuyas últimas líneas podrían ser, perfectamente, su epitafio. “He sido sólo un hombre que ha hecho todo lo posible por abrirse un camino hacia la dignidad y la emancipación. Ser un hombre”.

En ese libro, sin embargo, confesó su animadversión por los pedalistas colombianos y fue más allá al acusar directamente a Lucho Herrera de doparse y de comprar el título de la Vuelta a España de 1987, argumentando que el equipo Café de Colombia le pagó un soborno de 30.000 francos para que no lo atacaran en las tres últimas etapas de la prueba, a lo que irónicamente El Jardinerito le contestó “que mejor hubiéramos guardado la plata para el Tour de Francia”.

Temas relacionados