El sexto sentido del fútbol

El trasfondo del amistoso Argentina-España (4-1) y la trascendencia del factor mental en el deporte.

El partido que se jugó Messi, en primer lugar, y después sus compañeros, fue la confirmación de que el cerebro es un músculo vital del futbolista. Lo vimos desde que Argentina salió a calentar. ‘Lio’ ya lo había advertido en la rueda de prensa previa al partido: “El Monumental es una de las canchas en las que más me emociona jugar, por lo que significa para mí y para nosotros los argentinos”. Desde el primer minuto era el jugador más concentrado de la aplicada selección Argentina. Querían devorarse a su rival y sacarse la espinita...

En cambio la corte española no salió al campo con la actitud de la “furia roja” que acaba de imponerse en el Mundial, esa que contagia desde atrás el esta vez ausente Puyol y concretan los “cerebros” Iniesta y Xavi, reducidos aquí a simples actores de reparto del show. Parecían inofensivos gatitos aburridos de juguetear con el balón. Messi los despertó a los 5 minutos cuando hizo el primer amague al imponente Xavi Alonso y dibujó un pase a espaldas de la defensa para dejar solo frente al arquero Reina a Tévez, tan sorprendido con la jugada que no supo definir.

Messi por la izquierda, Messi por la derecha, Messi yendo por al balón a su propia área, Messi lanzándose al piso para defender. Un diez distinto al del Mundial. ¿Por qué no jugó con esa actitud en Sudáfrica?, era la pregunta entre los periodistas argentinos y españoles. Carlos Carbajosa, enviado especial del diario español El Mundo, fue quien primero me hizo énfasis en la mentalidad que marca la actitud del futbolista en la cancha. Messi jugando alegre, libre de responsabilidades, incluida la de capitán asumida por Mascherano. Messi al estilo Barcelona. Cuatro minutos después creó el espacio en el centro de la cancha; recibió, armó la pared, desbordó por la izquierda y cuando el arquero se apresuró a taparle el ángulo lo bañó con una “goterita”. ¡Golazo!

Hay que interpretar la mente de un jugador así para explotar su máximo potencial. Carbajosa pregunta y responde: “¿Por qué para el Mundial se generó una presión extraordinaria sobre él al compararlo y obligarlo a que asumiera el mismo rol que cumplió Maradona en México 86? Maradona hubo sólo uno, así como hoy comprobamos que Cambiasso no es Xavi ni Banega es Iniesta”. De acuerdo. Son distintas personalidades futbolísticas a tener en cuenta, aparte de la capacidad técnica o del planteamiento táctico.

Iniesta, el otro gran talento sobre la grama de un Monumental repleto, estuvo desconectado y apenas intentó despertar al final del primer tiempo, cuando Messi había creado el segundo para Higuaín y el tercero, en el que una duda mental hizo que el arquero Reina se resbalase en un pasto que mojaron en exceso antes del juego, campo abonado para la viveza de Tévez y el 3 a 0. Nada de azar, un solo equipo se tomó en serio el amistoso mundialista. Ahí terminó el partido. Los dos goles del segundo tiempo parecieron accidentes ante la actitud definitoria de los primeros 45.

En cambio la orquesta de Iniesta funcionó con todos los acordes en Sudáfrica. Una victoria suiza despertó la verdadera “furia roja” y la tradujo en obsesión mental. Dice Iniesta que el ejercicio fue: “Sólo pensábamos en levantar la Copa”. A quien le hubiera gustado estudiar este nuevo punto de referencia español es a don Miguel Delibes, escritor fallecido este año y quien analizó en tres libros “las deficiencias sicológicas” de la selección de su país.

Un Messi ovacionado después de las críticas del Mundial habló de la inspiración ante España como un estado indefinible: “No pienso. Bueno, sólo pienso en que me den la pelota. Sí, es en lo único que pienso, en tenerla para poder jugar. Y cuando la tengo, juego. Yo no invento regates ni nada. Sale como sale”. Ahí parece estar la clave de cómo se sirve de Messi el Barca. Puede ser lo que Zanetti definió como “la tranquilidad que nos contagia Batista”. No la “excesiva efusividad” que le criticó Verón a Maradona, que elevaba el nivel de estrés de los jugadores y generaba distracciones. El punto de equilibrio lo puede dar un “sicólogo deportivo” como Carlos Bilardo, el supraasesor de la selección Argentina, capaz de transformar un equipo con un discurso de camerino.

No le sirvió de nada a la albiceleste en Sudáfrica tener el más talentoso equipo hombre por hombre, si el estado mental cuando saltaron a la cancha fue de inseguridad y confusión. Carbajosa me recuerda a la selección Colombia de los 90, que jugó en un estado mental ideal hasta el día del 5 a 0 contra Argentina y no llegó a más porque le faltó un sicólogo deportivo que la enseñara a afrontar tanta euforia, la presión del favoritismo, la inestabilidad que produjeron las amenazas. “Ese toque-toque de Colombia, un equipo notable, se asimila al tiqui-taca que España intenta mantener para la Eurocopa 2011, una actitud y un estilo sencillo, de naturalidad, que recuperamos con un experto en contagiarlo como Luis Aragonés”.

Las charlas de Aragonés son tan famosas como las de Bilardo o ahora las de Pep Guardiola en Barcelona, para quien fue clave recurrir a la película Gladiador antes de la final de la Copa de Campeones contra el Manchester el año pasado en Roma. Según los sicólogos, en la previa de un partido es trascendental la “fase de activación de objetivos”. Y como la dispara una película lo puede lograr una canción, un coro, un secreto pacto de complicidad.

“La alta competición demanda un óptimo nivel mental, capacidad de estar atento y concentrado, motivado, activado y con un gran control emocional”, dijo antes del Mundial Miguel Morilla, doctor en Psicología y asesor de entrenadores y futbolistas de élite al explicarle al diario ibérico La Razón el reto que enfrentaba España.

¿Cómo hacerlo? Julio de la Morena, psicólogo del Real Madrid-Sanitas, indicó que en ese club se emplean estrategias como automotivación, autocontrol, superación de adversidades, manejo del foco atencional. Y el esquema mental se aplica en la cancha. Morilla lo respaldó: “Debemos huir de cualquier planteamiento de trabajo en sala o en diván. Todo debe ser entrenado en el mismo campo de juego y a ser posible con balón”.

Otro problema es cómo sostener el nivel de concentración, cómo evitar que las revoluciones se desborden y lleven a errores o lesiones, cómo mantenerlas al punto en el que haya plena confianza para buscar un resultado. La respuesta es: ganando. Argentina y España ya probaron que pueden ser los mejores del mundo. Es cuestión de repetirlo. Una estrella mundialista en el pecho resulta la señal de haber alcanzado el sexto sentido del fútbol. Uruguay se acercó de nuevo a ella al rescatar su “garra” para ser cuarto en el Mundial.

A la vista centrada en el balón y en el esquema táctico, al oído atento a las órdenes del técnico y del capitán, al gusto por el juego en equipo, al olfato creativo, al contacto del pie con el balón en el instante de pasarla o definir, debe sumársele un sexto sentido: lo que el escritor Juan Villoro llamaría la materia gris del futbolista. Para él, el cerebro del jugador profesional debe estar lejos de ser elemental: “Debe combinar el narcisismo del que desea mostrarse a toda costa con la vocación de encierro de una monja de clausura y la capacidad de tolerar tatuajes y humores demasiado próximos de un presidiario”.

A este nivel queda descartado el jugador al que el novelista Fernando Vallejo definió como “un tarado que le da patadas a un balón y gana fortunas mientras los estadios se llenan de gente analfabeta, ignorante, con unos sueldos de hambre”. Es entonces cuando el fútbol alcanza su máxima expresión y deja de ser, en términos de Vallejo, “un espectáculo grotesco, degradante”; la “patraña” que criticaba Borges. Fútbol cerebral, así Messi insista en que no piensa con el balón en la zurda.

 

últimas noticias