Wílder Andrés Medina cambió las drogas por el fútbol

El artillero del Tolima dice que va por un cupo a semifinales de la Sudamericana ante Independiente.

Convertirse en un futbolista profesional era un sueño lejano para Wílder Andrés Medina Tamayo porque lo único que lo cercaba en su natal Puerto Nare, en Antioquia, era el miedo a ser alcanzado por una bala, parar en una cárcel por hurto o podrirse en la drogadicción.

Desde que pateó sus primeros “limones, naranjas y todo lo que fuera redondo” y mandó a guardar la pelota en su debut de “picaditos” callejeros, ya muchos le auguraban un futuro promisorio como futbolista. Sin embargo, el deporte no era su prioridad. No cuando en su infancia veía que “en la casa faltaba el pan, el arrocito, la leche”, no cuando andaba descalzo por las calles de su pueblo por falta de zapatos, por lo que la única opción, como la de millones de colombianos, radicaba en el “rebusque”,  en la que sólo encontró “malas compañías que se hacían llamar amigos”.

La necesidad económica y la “responsabilidad que tenía” en su casa provocaron que a sus 16 años ya perteneciera a una pandilla integrada por sus “parceros”, personas que se aprovecharon de su situación y del deseo de, según cuenta con tristeza, “ganar plata fácil” con el fin de “llevar de comer al hogar”.

“Ellos eran malos, robaban, jodían con drogas, entre otras cosas” y debido al hambre y a la pobreza por las que pasaba “les copiaba y hacía todo eso pero mantenía embalado”.

Mientras su vida se convertía en una ruleta rusa, sagradamente su padre se ganaba la vida pitando partidos de fútbol en el Magdalena Medio y su madre vendía mazamorra para subsistir. “Cuando yo les llegaba con plata —del producido— para que compraran lo que hiciera falta, ellos se preocupaban mucho”.

Y aunque no creyó en el sexto sentido de sus padres, a las malas, su vida dio un giro radical. En una ocasión, cuando salía de un establecimiento después de consumir drogas con “los entre comillas mis amigos”, escuchó un ensordecedor sonido. Aunque desconoce quiénes fueron los responsables, “a los que estaban compartiendo conmigo les lanzaron una granada que los mató”, asegura Wílder, quien cuando recuerda ese momento disminuye el volumen de su voz  de acento paisa y golpeado. “¿A quién matan por ser bueno?, imaginá cómo éramos de malos”, dice.

Esa difícil situación sumada a la muerte de su padre, Manuel Esteban, quien “más que un papá era mi amigo” y a quien ahora lleva tatuado en su cuerpo, causaron que emigrara a Rionegro, lugar en donde vivían sus tías y en el que vio en la opción de jugar fútbol, su rehabilitación y supervivencia.

El fútbol lo rescató

Con el talento de su lado no le fue difícil ser aceptado en el plantel de Rionegro de la Primera B colombiana. Y aunque al principio no le pagaban, sabía que era necesario el sacrificio para “poder pensar en sacar a mi familia adelante, darles un mejor futuro y asegurarles una buena vejez”.

Por eso tras su salida del cuadro paisa en 2003, por motivos económicos, llegó a Huila y Envigado, equipos en los que no tuvo fortuna porque “los técnicos tenían a los suyos y no contaban conmigo”, hecho que lo hizo fichar por Patriotas de Tunja, conjunto en el que fue segundo goleador de la B nacional en 2006 con 19 tantos, superado por Giovanni Moreno, entonces del Envigado.

Su éxito en la B fue un hecho notorio y prueba de eso es que el técnico del Deportes Tolima, Hernán Torres, quiso que en 2007 Wílder se visitiera de vinotinto y oro.

Hoy es figura del Deportes Tolima, líder del torneo local, tras acumular nueve tantos y cumplir una destacada actuación en la Copa Sudamericana, en la que este jueves visitará a Independiente argentino —con el que empataron a dos en Ibagué—, al que “sí o sí vamos a ganarle” para acceder a las semifinales del certamen continental.

Hace 14 años sólo pensaba en que su vida ya estaba sentenciada a ser un pandillero, función a la que a punta de goles le expidió el acta de defunción.

 

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