La angustia de un edema cerebral

Recibimos un pronóstico de tiempo favorable y decidimos entonces continuar con nuestra escalada. El propósito era montar el campamento dos y equipar el máximo recorrido posible hasta el tercero. A las siete de la mañana partimos hacia el campamento uno con nuestros equipos personales. Las constantes nevadas que caen en las tardes, taparon nuestra huella, lo que nos generó el esfuerzo adicional de volverla a abrir.

A las dos de la tarde subieron las nubes y llegó el viento con un frío intenso que fue absorbiendo nuestra energía, mientras paso a paso abríamos el camino con muy poca visibilidad. La memoria recurrió a las formas de la montaña y nos dijo que estábamos cerca, que aunque no veíamos mucho, sabíamos que faltaba poco, y al divisar las sombras de las carpas, la alegría se apoderó de nosotros. Nos preparamos para pasar la noche a 5.858 metros y pudimos dormir mucho mejor que la última vez, percibiendo claramente el avance de nuestra aclimatación.

Al amanecer nos cargamos los equipos, los alimentos y abrimos huella hasta donde estableceríamos el campamento, a 6.800 metros. No nos convenía ir demasiado pesados y, por tanto, no incluimos nuestros elementos personales para dormir, lo que nos obligaría a regresar a campo uno a pasar la noche después de la jornada de trabajo. Nos tomó cinco horas llegar a campo dos, a 6.800 metros. Encontramos un serak lo suficientemente grande para acomodar nuestras carpas, lo cual nos dio mucho alivio, pues en esta zona han fallecido muchas personas por avalanchas que arrasan con los campamentos.

Trabajamos bastante el montaje del campo dos, ya que fue necesario adaptar plataformas, usando como escudo el serak para crear una cueva y ubicar así las carpas de la manera más segura. Cuando terminamos, el viento hizo su entrada triunfal, mostrando su inclemencia, lo que nos obligó a descender rápidamente al campamento uno.

Al día siguiente, a las siete de la mañana ya estábamos subiendo nuevamente con nuestros equipos personales. El trabajo de abrir huella fue más fácil y en cuatro horas ya estábamos ahí. Escaladores de otros equipos fueron llegando a adecuar sus propias terrazas y poco a poco se formó un pequeño barrio en el campamento dos.

A medianoche empezó un revuelo en la carpa de los polacos. No sabíamos qué decían, pero todos hablaban al tiempo y se percibía mucha tensión. Averiguamos que un escalador tenía edema cerebral y era necesario bajarlo. Las condiciones climáticas no estaban mal, pero la fuerza del viento no iba a hacer las cosas fáciles. Se prepararon e iniciaron el descenso. El edema cerebral es muy peligroso, pues puede ser fatal si no se desciende al enfermo en poco tiempo. Sucede por una mala aclimatación, es decir, por subir demasiado rápido a grandes alturas sin hacer las escalas necesarias que permitan al cuerpo adaptarse.

A la mañana siguiente, Iván y yo equipamos parte del camino hacia el campamento tres. Escalamos durante dos horas, llevando 300 metros de cuerda, de los cuales fijamos 150 en las zonas más verticales y otros 150 los dejamos en un depósito, junto con unas estacas para nuestra siguiente incursión. Cuando llegó mediodía, el viento volvió de tal manera que iniciamos nuestro descenso al campo base desde donde hoy les escribo.

Llegamos a las tres de la tarde y nos esperaba un buen almuerzo y una ducha para descansar. Ahora viene un tiempo de recuperación y esperaremos un pronóstico climático favorable que nos permita realizar nuestra estrategia para llegar a la cima.

Agradezco nuevamente a mis patrocinadores, Cafam, El Espectador y DHL Express por hacer realidad esta expedición, al igual que a todos mis auspiciantes, amigos, familia y a las personas que siguen esta historia.

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