Con el ‘toque’ de María José

A sus escasos 17 años, la golfista colombiana dejó de ser una promesa deportiva hace bastante tiempo... ella es una realidad.

María José Uribe. Golfista. 17 años. Bumanguesa. Hiperactiva. Madrugadora. No por gusto, claro. "Porque toca", dice. Disciplinada en demasía. Apasionada y vehemente y sonreída y salsera. Estudiante de sicología en la Universidad de California de Estados Unidos. Becada. 1,68 de estatura. ¿Peso? "Eso no se le pregunta a una mujer, ni siquiera a una deportista, deje así", agrega con el genio santandereano ya conocido -o padecido, diría alguien por ahí-. Y explica antes de interpretación alguna: "Cuál mal genio, carácter, que es distinto". A esos bríos juveniles le debe María José esa larguísima lista de pergaminos deportivos obtenidos en su corta carrera como golfista. Lo ha ganado casi todo.

Pero fue pésima en sus inicios. Tan mala era que "no metía un ciego a un lago", según ella porque lo suyo era el tenis. Claro, hasta que empezó a desarrollar esa habilidad para embocar la bola en los hoyos y se percató de que sí, de que de tal vez por ahí era la cosa, y comenzó a practicar hasta que el sudor la mandaba a la ducha y luego a la cama, rendida, muerta del sueño. A sus 14 años despegó. En 2003 fue campeona nacional de golf, categoría infantil. Luego sería el Suramericano Prejuvenil, después el de mayores, otra vez el nacional juvenil y, en 2007, el Campeonato Nacional de Estados Unidos. Venció a 1.200 participantes. Su talento crecía con cada golpe. Con cada birdie. Aprendió rápido el oficio y hoy es casi una versada en el asunto.

"Las grandes almas tienen voluntades; las débiles, tan sólo deseos", reza un proverbio chino. La suya es un alma grande, qué duda queda. Esa voluntad arrolladora le ha traído éxitos insospechados pero merecidos. Una victoria tras otra, un torneo tras otro, sorprendiendo siempre, cada vez mejor, más precisa, más reposada, más estratégica. María José, por fortuna, no es una "promesa deportiva" -ese incómodo rótulo con el que suelen bautizar a cualquier jugador novato que asombra en sus inicios-. Ella es todo lo contrario. Una certeza. Una realidad. Un próximo título. El último, quizás el más significativo, fue el US Open Amateur, el más importante de los torneos de golf aficionado del mundo.

Ella, con ese desparpajo que la caracteriza, dice que "en Colombia el golf no es grande, pero Colombia para el golf sí lo es", y explica, por ejemplo, que a nivel suramericano Colombia es la nación de más alto rendimiento en este deporte. ¿Pero por qué el golf no es tan conocido? "Sencillo -responde velozmente-, es que todo el mundo piensa que el golf es un deporte para los viejitos o para los ricos, y eso no es así. Los jóvenes también lo podemos hacer bien. Y una cosa más: En Estados Unidos hay muchos campos de golf públicos, a muy bajos costos, y eso hace que este deporte en ese país sea mucho más popular". Y lo es, a diferencia de Colombia, donde no pareciera tener muchos fanáticos.

Su estilo, su temple y, sobre todo, su carácter en el campo de juego se empezaron a pulir desde hace tres años, cuando se ganó una beca en la International Junior Golf Academy, en el estado de Carolina del Sur. Allí afinó movimientos, corrigió posturas y entendió que la mejor técnica para rendir en esta disciplina- y en cualquier otro- es gozarse el juego. "Es un deporte muy complejo y me gustan los retos. Yo practico hasta ocho horas y después hago dos horas más de gimnasio. Uno utiliza todos los músculos del cuerpo. Aquí se necesitan lo técnico, lo sicológico y lo físico. Juego golf porque me gusta y me divierto".

Esa alegría que transmite en su juego divierte al público. Y quizá esa capacidad para no racionalizar cada tiro sea precisamente el secreto de su éxito. "Mi vida no va a cambiar mucho si fallo un putt", asegura con cierto aire de egolatría y confianza en su juego. Hay en sus respuestas un atrevimiento lúcido, unos arrestos insospechados, una osadía juvenil que encanta. Es la carta del golf colombiano que vive desde agosto pasado en los Estados Unidos. Comparte habitación con una coreana que, también como ella, está becada en la UCLA. Pero extraña todo de Colombia: la pepitoria, las empanadas, la arepita y ¡las novelas! "Qué pasó con Hasta que la plata nos separe", pregunta María José.

Ella quisiera hacer más cosas, disfrutar un poco más los bríos de la juventud, pero concentra su energía únicamente en el deporte. "Hay muchas cosas por hacer en Los Ángeles, pero la verdad, no se hace mucho porque casi siempre estoy cansada". Ojalá de ganar no te canses nunca, María José.

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