Los Juegos Olímpicos les cambiaron la vida

Una medalla de oro, dos de plata y seis de bronce son la cosecha de las delegaciones nacionales en la Olimpiada.

Aunque los Juegos Olímpicos de la era moderna se realizan desde 1896, cuando el barón Pierre de Coubertin hizo realidad su sueño de revivir las justas en Atenas, el nombre de Colombia apareció apenas en la edición de Los Ángeles 1932, cuando el atleta boyacense Jorge Perry Villate corrió la maratón.

Como en nuestro país no existía aún Comité Olímpico, él decidió contactar directamente a los dirigentes del máximo organismo del deporte (COI) y solicitarles que le permitieran participar en las justas. La respuesta no solamente fue afirmativa, sino que además le ofrecieron apoyo económico para viajar a Estados Unidos dos meses antes y prepararse para los 41 kilómetros de competencia.

Y aunque se retiró antes de llegar a la mitad de la carrera, gracias a su perseverancia Perry Villate se convirtió en héroe nacional y, de hecho, en el primer deportista galardonado, pues el COI le entregó la medalla al mérito.

Sin embargo, Colombia tuvo que esperar 40 años más para ver a un hijo suyo subirse al podio. En Múnich 1972, el tirador barranquillero de origen alemán Helmut Bellingrodt Wolf quedó segundo en la prueba de tiro al jabalí y se colgó la medalla de plata.

Su resultado, sin embargo, no sorprendió a quienes seguían de cerca sus brillante carrera. Dos años antes había sido octavo en el campeonato mundial de la especialidad y además había conseguido dos records orbitales que no fueron homologados porque no los realizó durante una competencia oficial.

Con 565 puntos de 600 posibles, Bellingrodt logró que en la capital bávara la bandera tricolor ondeara por primera vez en unos olímpicos, el 1 de septiembre de ese año.


Pero la cosecha no terminó ahí. Un par de días después, en medio del luto que reinaba en el ambiente tras el asesinato de 11 deportistas israelíes en las instalaciones de la Villa Olímpica a manos del comando terrorista palestino Septiembre Negro, dos boxeadores volvieron a prender la fiesta, al menos en Colombia.

Fueron los cartageneros Alfonso Pérez, en la categoría ligeros, y Clemente Rojas, en el peso pluma, quienes con sus medallas de bronce consiguieron que nuevamente el nombre de Colombia sonara en un escenario olímpico.

Luego de una buena participación en los Juegos Panamericanos de Cali y en los Centroamericanos en Puerto Rico, en 1971, en los que Alfonso Pérez obtuvo la medalla de plata y la delegación colombiana fue coronada subcampeona del certamen, se podían pronosticar éxitos en Múnich. Sin embargo, la preparación y el apoyo económico, como era tradicional en esa época, no fueron los ideales.

No obstante, el hambre de títulos hizo que los pegadores bolivarenses vencieran todas las dificultades. Alfonso Pérez debutó contra Peter Odhiambo, de Uganda, a quien le ganó por decisión unánime. Luego superó al checo Karel Kaspar y al turco Erasian Doruk. Finalmente fue cayó ante el húngaro Laszlo Orban, en decisión considerada por los analistas como injusta, pero que le significó el tercer lugar.

El caso de Clemente Rojas fue diferente, aunque con un final similar. En su debut venció a Dale Anderson, de Canadá, y avanzó a la segunda ronda luego de que su siguiente contendor fuera eliminado por no cumplir con el peso requerido. Después, ante una falta antideportiva que descalificó al español Antonio Rubio, Rojas aseguró la medalla de bronce, pero por resultado de 4-1 en favor del keniano Philip Waruige en la semifinal, el cartagenero tuvo que conformarse con el tercer escalón del podio.

Por las Olimpiadas de Montreal 1974 y Moscú 1980 la delegación criolla pasó con más pena que gloria. Hasta que en Los Ángeles volvió la alegría.

Bellingrodt, ya con una reconocida trayectoria, llena de títulos suramericanos, panamericanos y mundiales, consiguió por segunda vez la medalla de plata el tiro al jabalí, luego de ser superado por el chino Li Yuwi.

Eso le sirvió para ser el único deportista nacional que hasta ahora ha subido dos veces al podio en unos Juegos Olímpicos.


Cuatro años más tarde, en las justas de Seúl 1988, otro boxeador logró una presea de bronce, esta vez en el peso gallo. Fue el magdalenense Jorge Eliécer Julio Rocha, quien después se convirtió en boxeador profesional y alcanzó el título mundial de su categoría en 1992.

Hasta que les llegó el turno a las damas. En Barcelona 1992, la antioqueña Ximena Restrepo se metió en la final de la prueba de los 400 metros, luego de superar a la entonces campeona mundial y olímpica, la rusa Olga Bryzgina, batir su marca personal y establecer un nuevo registro suramericano. Todo parecía estar en favor de ella, pero en la partida perdió centímetros valiosos y sólo alcanzó a llegar después de la francesa Marie José Perec y de Bryzgina. Su tiempo fue de 49 segundos y 64 centésimas, suficiente para subir al podio.

En Atlanta 1996, Colombia se fue en blanco, como parecía que se iba a ir en Sídney 2000, hasta que apareció la pesista María Isabel Urrutia, en los 75 kilogramos,  para hacer sonar por primera y única vez el himno colombiano en unos olímpicos.

La vallecaucana, dirigida por el búlgaro Gantcho Karoushkov, se colgó el oro luego de levantar un total de 245 kilogramos, lo mismo que sus rivales de China y Nigeria. Sin embargo, ella se llevó el primer lugar gracias a que tenía menor peso corporal.

Y en Atenas 2004 Colombia volvió a celebrar por partida doble. Primero lo hizo porque la pesista Mábel Mosquera se colgó el bronce en la categoría de los 53 kilogramos. Y después porque la ciclista María Luisa Calle ocupó el tercer lugar en la prueba por puntos. Aunque fue acusada de dopaje, la antioqueña pudo demostrar su inocencia y finalmente recibió la presea 14 meses después de las justas.

Cero y van nueve medallas. El 8 de agosto comenzarán los Juegos de Beijing y 68 deportistas criollos iniciarán su lucha para conseguir la décima para Colombia, esa, que como a los ocho que ya subieron al podio olímpico, les cambiará la vida.

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