“Tengo un ‘chorro’ de sueños”

En un recorrido por el centro histórico de Bogotá, Hernán Darío Gómez encontró más razones para sentirse a gusto en la capital.

Es tan poco el tiempo que lleva Hernán Darío Gómez en Bogotá que, antes de pensar cómo amoblará el apartamento, ha pasado noches enteras diseñando el plantel de Independiente Santa Fe y, en lugar de elegir el modelo del carro para movilizarse en la capital, busca más bien con insistencia el módulo táctico a implementar con los albirrojos.

Con el inicio de la Copa Mustang II encima, resultaba apenas normal que estableciera prioridades, pero lo que no logra explicarse ni él mismo es que, en sólo tres semanas, la rutina se haya apoderado tan rápido por completo de su nueva etapa personal y profesional, la cual no sale según sus propias palabras, de dos destinos: “del entreno a la casa y de la casa al entreno”.

Entonces, por ahora, la palabra turismo está prohibida, casi vetada, y el propio Bolillo, en su estilo fresco y alejado de cualquier protocolo, lo acepta con una broma de por medio: “A Monserrate claro que ya lo conocí, pero por fotos”. Y lo que empezó como un apunte casual, terminó siendo la razón de esta nota.

¿Por qué no invitarlo al cerro para acercarlo más a su nueva realidad? La idea le llamó la atención, pero la montaña de ocupaciones terminaron impidiéndolo. Igual su deseo de conocer algo distinto de la ciudad permitió concertar otro lugar, no menos histórico. Apretó como pudo la agenda entre un entrenamiento y otro para estar puntual en la plazoleta del Rosario, justamente donde nació Santa Fe. El Café Pasaje era el sitio perfecto para la entrevista, pero esta vez el obstáculo no fue el tiempo sino la incomodidad de atravesarla con tantos comerciantes de esmeraldas.

“Hermano, mire que no es falta de voluntad, pero entiéndame que con esta mano de gente va a ser difícil hablar tranquilos”. Excusa justificada y aceptada que motivó el tercer y —por fortuna— último cambio de locación. “Vamos donde sea, siempre y cuando sea más tranquilito”, fue la única condición de por medio.

Y el espacio que se lo podía proporcionar era la Plazuela del Chorro de Quevedo, incrustada en La Candelaria, que no le resultó tan ajena al técnico porque una vez se fue adentrando en el corazón histórico y cultural de la capital, el suyo latió más fuerte, no tanto por la altura que acosa a los recién llegados, sino porque de inmediato su memoria retrocedió poco más de tres décadas para recordar que “por allá en el año 74 vine con la selección de Antioquia. Como era rica en ese momento, fuimos los únicos que nos concentramos en hotel y quedaba por acá, se llamaba Santa Fe de Bogotá y todo”.

Desde entonces, no se reencontraba con la historia de la capital colombiana y al pisar el lugar donde, según algunos historiadores, se fundó Bogotá, tres palabras resumieron su asombro impregnado de admiración: “¡Qué bonita, home!”

Ésa fue señal suficiente para que dejara de ser Bolillo y se convirtiera en un Hernán Gómez común y corriente que se refundía entre los habituales universitarios que transitan todos los días la plazoleta, uno que otro hippie vendedor de artesanías y hasta los auxiliares de la Policía que se secreteaban entre sí para comprobar si su indicios eran reales sobre la identidad del personaje que estaba a su lado.

Contrario a su intención, ya empezaba a ser la atracción, pero al estar rodeado de calles estrechas y empinadas, sintió tan propio el lugar que terminó por aceptar que con Santa Fe tiene “un chorro de sueños e ilusiones”, y añadió: “visualizo cosas muy importantes, deseo lo mejor, soy positivo y voy a trabajar muy duro”.

Dirigir por primera vez en Bogotá es un honor que le resulta incomparable, sobre todo porque se define como “un colombiano a mucho honor y colombiano que no se amañe en la capital está jodido”. Pero la afirmación no la dejó cual pelota suelta, sino que la sustentó: “Esta ciudad es espectacular, está muy linda, ha progresado mucho y por eso es uno de los destinos turísticos más importantes del país”.


Le gusta el frío, pero...

La admiración aumenta una vez se asoma por el callejón empedrado que le permitió divisar Monserrate y de paso las casonas multicolores de tejados coloniales que contrastan con el verde de los cerros orientales. Toda una postal que por fortuna no incluye lo único que le ha costado en estas primeras semanas bogotanas… “A mí me gusta el frío pero es que en estos últimos días me han tocado unos muy bravos”.

Lo peor es que lo han cogido mal parado: “justo he ido a entrenar en pantaloneta, pero ya tocó sacar el pantalón y abrigarnos más porque uno no puede dar papaya con este clima que cambia tanto”. De todas formas, el armario ya fue reforzado con varias chaquetas, la mayoría que Santa Fe le ha dado y “están bastante buenas, sobre todo abrigadorcitas que es lo importante”.

Está preparado sin duda y, aunque pudo haber sentido más la presión de asumir la dirección técnica de un equipo urgido de título que de la misma altura, en su caso, no es ni lo uno ni lo otro: “Le digo la verdad, no me he sentido presionado porque la gente en la calle se ha portado de manera excelente, lo que pasa es que es muy distinto el comportamiento de la gente en masa que el contacto con cada persona. En masa lo matan a uno, pero uno a uno es mano a mano (risas)”.

No obstante, deja todo en manos del tiempo para “ver quién se impone al final”. Y esa confianza se la brinda “un recorrido que me ha enseñado que no debo preocuparme en algo distinto a mi equipo y a mejorarlo por medio de un trabajo”.

También lo tranquiliza saber que ha encontrado “un grupo con gran calidad humana, dispuesto y aunque por ahí ya empiezan a cambiar las caras en la medida que uno va delineando una formación, pues es entendible ese inconformismo, el cual me demuestra que todos quieren jugar y eso es fundamental para pensar en grande”.

Igual no es el único que lo hará porque “varios equipos se han armado y así como Santa Fe tiene que ser campeón, esa obligación también debe ser compartida con otros como Nacional, Millonarios, Júnior o América”. Para superarlos, necesitará también de El Campín, al que quiere “hacer invulnerable”. “Ya he pasado algunas veces por ahí cerquita y de reojo miro la ‘oficinita’ que está bonita y moderna”.

Recién ayer pudo conocerla en calidad de anfitrión, como ya lo hizo con la plazuela del Chorro, muy pronto con Monserrate y seguramente otros lugares tradicionales más, pero si algo sabe y de sobra Hernán Darío Gómez, es que él también puede ser parte de la rica historia bogotana, si llega a dar la vuelta olímpica con Santa Fe.

Cualquier parecido con Quito...

Al estar rodeado de historia y una arquitectura tan original como conservada, Hernán Darío no necesitó de mucho tiempo para acudir a una comparación más que válida: “Esta parte de Bogotá es igualita a la Quito colonial”.

En la capital ecuatoriana, donde vivió momentos inolvidables, alcanzó a recorrer “el centro histórico que es una maravilla arquitectónica y como puedo ver acá, también tiene sus iglesias, plazas y palacios”.

Tanta coincidencia entre una ciudad y otra, le ilusiona en obtener los mismos resultados deportivos porque “no deja de ser un buen indicio en definitiva que varias cosas se parezcan demasiado”.

Y al transitar desprevenidamente por las calles de La Candelaria, Bolillo recordó también que “allá en Quito no se llama Plaza de Bolívar sino la Plaza de Independencia, que también tiene al lado la Catedral y el Palacio de Carondelet que es la sede del gobierno”.

Muchas similitudes, a las cuales no escapó ni el clima, porque “en general, los días allá también son claros por la mañana y nublados por la tarde, entonces si allá me amañé, cómo no lo voy a hacer en la capital de mi país”.