Un viejo zorro

Humilde, sencillo y disciplinado, Jorge Luis Bernal rompió con todos los conceptos que había sobre los entrenadores.

Siempre fue un tipo de andar cansino, las manos en el bolsillo, la mirada tímida; un tipo extraño para el entorno del fútbol, pues ni siquiera alcanzó a jugar en una primera división. "Tuve una lesión muy seria en un codo, de joven, y hasta ahí llegué". Diminuto, sencillo, paciente, cuando se les presentaba a personajes como Oswaldo Zubeldía, Gabriel Ochoa o Carlos Timoteo Grigoul para pedirles que lo dejaran ver sus entrenamientos pues él quería ser técnico, lo miraban como a un duende verde salido de un cuento de Dickens. "Zubeldía me dijo, sin más, que pusiera en orden mis ideas y volviera al día siguiente.

Jorge Luis Bernal volvió. Se le pegó día y noche al hombre que tal vez, sin proponérselo, había creado con el Estudiantes de La Plata de los 60, parte del fútbol moderno por sus entrenamientos a doble turno, sus jugadas preparadas con pelota quieta, sus tácticas defensivas, sus estudios del equipo rival. "Un maestro, Zubeldía se encargó de que en el fútbol colombiano hubiera un antes y un después de él". Cuando Zubeldía llegó a Medellín a dirigir al Nacional, Bernal tenía veintitantos años. Había sabido de Estudiantes por alguna que otra revista, por momentos fascinado, por momentos hastiado de lo que algunos llamaban "antifútbol".

Él, en realidad, quería conocer a Pelé. "Y si hubiera podido tener en mi equipo al jugador que quisiera, ese habría sido Pelé". Sin embargo, sus gustos como estratega iban más por el camino de los tácticos, porque después de haber aprendido tantas cosas con Zubeldía, decidió pagarse un curso de entrenador en la Argentina con unos pocos ahorros que tenía y la venta de un carro, y le imploró a Carlos Timoteo Grigoul que le permitiera seguirlo a donde fuera. Grigoul, entonces DT de un sorprendente Ferrocarril Oeste que acababa de pelear el campeonato argentino con el Boca de Maradona y Brindisi. En el 82 fue campeón.

Al lado de "Timoteo", como llamaban a Grigoul, aprendió que los triunfos en el fútbol llegaban de la mano de la motivación. Grigoul hablaba con sus jugadores, los convencía de que eran capaces, les insuflaba alma para dejarla en el campo, hasta llegar a extremos de darles un bofetón en el túnel de salida. Mucho tiempo después, ya como técnico del Cúcuta o del Tolima, Bernal llevaría a sus futbolistas a las cárceles y hospicios para que sintieran y se empaparan del dolor y el sufrimiento humanos y se dieran cuenta, por sí mismos, del lado de la vida del que querían estar.

Luego llegaron sus tiempos con Gabriel Ochoa Uribe y aquel América de los 80 que perdió tres finales de Copa Libertadores consecutivas. Con Ochoa Uribe, Bernal terminó de entender que los grandes equipos se armaban de atrás hacia adelante, y que para aprender de fútbol, había que pensar y leer de fútbol 20 de las 24 horas del día. Como pudo, se fue al Mundial de México en 1986. "Bajé varios kilos, pasé hambre, pero vi el mejor fútbol del mundo y la mejor versión de Maradona". El "10" era el mejor jugador del mundo. Necesitaba comprobarlo en un Mundial y nada más. Lo hizo. Bernal estaba de acuerdo con todo eso. Sin embargo, se dejaba llevar por las voces que criticaban la manera de ser de Maradona, sus idas y vueltas, sus mil caídas, su arrogancia y su poca pasta como ejemplo. Maradona, como persona, jamás lo terminó de convencer. Pelé, en cambio...

Cuando retornó a Colombia, empezó a dirigir en las inferiores de su Tolima. Pasión, voluntad, disciplina. De reojo, casi que obnubilado, se perdía entre los entrenamientos de la "profesional". Mágicamente, quería ver de nuevo a un Sapuca o a un Iguarán, a un Víctor Hugo del Río o a un Centurión. Mil veces se prometió que en algún momento él estaría sentado en el banquillo, dando órdenes, motivando, sacando lo mejor de cada cual, como se lo habían enseñado sus "maestros". Y llegó, porque siempre supo cumplirle a sus sueños. Armó un equipo de ensueño, aunque no hubiera podido celebrar un campeonato. "Es que yo nací a tres cuadras del Murillo Toro, figúrese usted las ganas que he tenido siempre de ser campeón".

Creyó que con el Cúcuta lo lograría, cuando Blas Pérez y Macnelly Torres y Róbinson Zapata y Rubén Darío Bustos comenzaron a triturar rivales en el General Santander, y contra todos los pronósticos, fueron colándose entre los mejores de la Copa Libertadores, hasta que llegó aquella oscura noche de jueves en Buenos Aires, la del 7 de junio. La neblina, la postergación, la barra brava de Boca, La Bombonera y los goles de Riquelme que fueron matando la ilusión. De pronto, un hombre de andar cansino salió del camerino visitante y se metió a la cancha con sus manos en los bolsillos. Vociferaba, maldecía. Era el diablo vestido de Jorge Luis Bernal.

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