“Voy a volver a caminar”

Diego Fernando Cortés, el jugador del Deportivo Pasto que quedó parapléjico tras un accidente, se convirtió en ejemplo de vida. Hace dos meses fue elegido diputado de la Asamblea de Nariño.

Su meta es volver a caminar. Lograr que esas piernas que una vez corrieron detrás de un balón en canchas de fútbol de Colombia, Argentina y Uruguay, recuperen sus fuerzas. Tiene una fe inclaudicable en Dios y cree que el accidente que lo dejó en silla de ruedas, más que una tragedia, fue una circunstancia del destino que se debe asumir con entereza porque hay que seguir adelante.

A Diego Fernando Cortés la vida le cambió en un segundo. Fue en la tarde del 19 de septiembre de 2006, cuando en compañía de su esposa Diana Acevedo y de unos compañeros del Pasto, descansaba en el estadero La Macarena, cerca a la capital nariñense. Ya iban de salida, pero Diego Fernando se devolvió para ‘tirarse' por sexta vez en la tarabita, un cable aéreo en el que la gente se desliza sujetada a una polea y un arnés. Algo pasó, el arnés no lo sostuvo y cayó de espaldas desde unos 15 metros.

Fue trasladado de urgencia a una clínica y, entre exámenes médicos, comenzó a repasar su vida. Recordó las primeras patadas al balón, siendo apenas un niño, en la cancha ‘La Bombonera' del barrio El Parque Uribe, de Armenia, donde nació y creció. Sus pilatunas en la escuela Gabriela Mistral, los esfuerzos de su madre -María Bernal Izquierdo- para sacarlo adelante sola, trabajando en casas de familia o como auxiliar de odontología, y su intento de estudiar Electrónica en la Universidad del Quindío.

Pero pudo más el fútbol. Su primera transacción costó un juego de uniformes y unos balones. Fue de la Escuela Pony Malta -dueña de su ‘pase', si es que así se puede llamar-, a la escuela Tigreros. Le decían El Chino, por sus ojos rasgados. Era un chiquillo alegre, de buen manejo del balón, agresivo y sobre todo ambicioso. Jugaba como delantero y su mamá le permitía entrenar a cambio de buenas notas en el estudio. El sueño de ser futbolista comenzó a hacerse realidad cuando pasó al Cooperamos Tolima y, de la mano del profesor Jorge Luis Bernal, salió campeón en el torneo de la Primera C de 1996.

Óscar Héctor Quintabani, por ese entonces director técnico del Deportes Quindío, lo llevó a sus filas y lo hizo debutar en el 98. Ya no fue más delantero. Jugó como volante de marca y lateral. Pero la posición era lo de menos, lo que importaba para Diego Fernando era jugar, sentir cosquillitas en el estómago cuando se pisa una cancha, cuando la gente grita y ovaciona y hasta la ‘piedra' cuando se pierde, cuando te hacen un gol, o cuando te ‘madrean' desde la tribuna. "El fútbol es mi vida y por eso ahora quiero hacer curso para técnico", dice con emoción.

El diagnóstico de los médicos fue funesto: "Trauma directo sobre la columna con fractura a nivel de la vértebra lumbar primera, que le ocasiona paraplejía". Vino una primera cirugía y días de dolorosa recuperación en los que siguió mirando el pasado. Los primeros $10 millones que se ganó, cuando el Quindío compró sus derechos deportivos en 2000, y que sirvieron para amoblar la casa, pensando en el hijo que venía en camino. "Juan Diego tiene hoy siete años y le fascina el fútbol. A mí me gustaría que fuera jugador profesional. El fútbol es responsabilidad y respeto".

Su fugaz paso por el Boca de Argentina, en 2001, fue inolvidable. Lo llevó Jorge Bermúdez. Alcanzó a jugar un Torneo de Verano bajo la dirección de Carlos Bianchi, en el que salieron campeones. Conoció la idolatría de los gauchos por la pelota, supo que el fútbol es para ellos una religión y que Maradona es su Dios. Tuvo que meter ‘huevos' en cada balón disputado con el rival, "y si era de River, peor".

Al final no hubo negociación y tuvo que marcharse al Liverpool de Uruguay, para luego regresar, en 2002, al Quindío. Pasó también por Millonarios, Deportivo Pasto, Deportivo Pereira, Pumas del Casanare y en 2006 regresó al Pasto para colgarse la primera estrella de campeón en el fútbol colombiano, "una alegría infinita".

Después del accidente, los primeros días fueron de depresión. Pero Diego Fernando se llenó de motivos para vivir gracias al aliento de su esposa y su mamá; la sonrisa de su hijo y las palabras de amigos como Bermúdez y Gustavo Moreno; y, sobre todo, la voz de Dios que se escucha en lo profundo del alma. Entendió que había recibido una segunda oportunidad y que aún tenía muchas cosas por hacer. Por eso aceptó la propuesta de los dirigentes del partido Colombia Viva en Nariño para lanzarse como candidato a la Asamblea. El reconocimiento que se ganó en la cancha se tradujo en votos y ganó la curul.

Ahora quiere trabajar por los discapacitados. Quiere que las ciudades se acuerden de ellos, que entiendan que no son enfermos, que pueden ser gente útil. Mientras tanto, sigue en su lucha personal de superación. Espera que el Pasto cumpla con lo de la pensión y sigue obsesionado con ser técnico. Lleva cinco cirugías pero no le importa cuántas más tenga que soportar. Quiere volver a caminar y está seguro de que lo va a lograr.

"A veces mi hijo ve jugar mal al Pasto y dice que ojalá yo pueda volver a jugar para que el equipo mejore. No me doy por vencido, tengo fe en Dios, le pido que me dé fortaleza. Sé que todo se puede lograr", dice. Hace parte de la selección Nariño de baloncesto en silla de ruedas, acompaña a su esposa al mercado y a los centros comerciales, juega con su hijo, ríe. Diego Fernando Cortés, el Premio al Juego Limpio "Guillermo Cano" 2007, irradia vida.

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