Papá pitufo

A sus 45 años, Antony de Ávila vuelve a vestirse de cortos para reforzar la línea ofensiva del América.

“Estoy intacto”, dijo con su acento costeño que en el vestuario del Metropolitano se acentuó todavía más. Pero no se quedó en la advertencia y más se tardó en pisar el gramado del Roberto Meléndez que pedir la pelota para despertar aplausos. De ahí en adelante, cada regate fue sinónimo de ovación y hasta encontró en el holandés Edgar Davids al socio para edificar paredes a un solo toque.

Aquel 11 de julio pasado, Antony William de Ávila ayudó a hacer más inolvidable la despedida de Iván René Valenciano, pero lejos estaba el samario de imaginar que ese sería el primer paso hacia su regreso al fútbol profesional, porque los buenos comentarios sobre el estado físico del samario, a los 45 años de edad, llegaron a oídos de Diego Umaña, quien fuese casualmente su último técnico en el América.

El DT, quien viene compartiendo con El Pitufo desde hace dos años, cuando éste volvió a Cascajal para trabajar en la definición de los delanteros americanos, simplemente le extendió la invitación de sumarse a la plantilla para rendirle el homenaje que después de 10 años de su retiro nunca se le había hecho.

De Ávila ni lo pensó para aceptar, porque “como nunca me han gustado las despedidas, les dije a los directivos que si querían hacerme algún homenaje, que fuera jugando, y como me siento bien en lo físico y futbolístico, quiero aprovechar este momento”.

Con Umaña pasó el trago amargo de perder su tercera final de Libertadores en el Monumental de Buenos Aires en 1996 (NdR: En la del 87 jugó sólo la primera fase porque luego fue transferido al Unión de Santa Fe), donde River Plate les privó del sueño continental, a pesar de que El Pipa resultara goleador de aquella versión con 11 gritos. Luego marcharía al Barcelona de Guayaquil , con el que perdería la cuarta dos años después, para colgar los guayos en 1999.

El ex que ahora será de nuevo delantero, regresa al América sin el afán de saber si la séptima será la vencida, sino simplemente porque “esta ha sido mi casa y la verdad siento que nunca me fui, ya que el afecto de la afición siempre la he sentido y espero poder tener el gusto de verla en el Pascual”.

Precisamente el retorno del legendario goleador es visto por algunos como una estrategia para que el hincha americano haga presencia masiva en el estadio sanfernandino, tal cual lo hizo el domingo anterior frente a Nacional, cuando se registró una taquilla de $511’377.800, que permitió pagarle al plantel dos de las siete quincenas atrasadas.

Pero como el rival en sí convocaba y además Umaña con su cartel publicitario en el primer partido del Clausura contra Cúcuta, logró movilizar la masa escarlata, se requiere ahora una motivación extra al rendimiento deportivo y la vuelta de un referente puede ser la alternativa comercial.

Se podrá discutir entonces la forma, el momento o las verdaderas razones del retorno de El Pipa, pero nadie podrá siquiera cuestionar que el nombre de Antony de Ávila está cosido a la historia del América por sus más de 200 festejos o los siete títulos locales —del 82 al 86, además de las vueltas olímpicas en las temporadas 90 y 92—.

Estrategia de mercadeo o no, la hinchada roja espera ver otra vez a su ídolo frente a Pasto en el Pascual y que Umaña no se extrañe si desde las gradas le devuelven su popular invitación de cartulina: ‘Va la madre si no lo ponés a jugar’.

 

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