Un ‘profe’ con físico de sobra

La historia de Eduardo Díaz, un árbitro que promueve la práctica del deporte desde Bogotá.

Cada vez que uno de sus alumnos le dice que su sueño es convertirse en futbolista, inmediatamente Eduardo Díaz se remite a sus años de adolescencia, cuando la ilusión era la misma, hasta que un día se dio cuenta de que podía seguir detrás de la pelota, pero sin tocarla tanto.

“A los 16 años probé suerte en las divisiones menores de un equipo profesional y no quedé”, recuerda todavía con cierto pesar el bogotano, a quien una invitación aparte de consuelo terminó por darle sentido a su pasión: “Mi padre tenía un equipo de fútbol familiar y casi siempre les pitaba el árbitro Luis Jorge Moreno, quien supo de la afición y un buen día me dijo que en el Colegio de Árbitros de Fútbol de Cundinamarca estaban haciendo una escuela infantil de arbitraje, y aunque sonó loca la idea, me le medí”.

Era el año 1988 y así al principio tuviese que “hacer el esfuerzo de meterme en algo que desconocía, me empecé a encarretar con el tema”, tanto que hoy ya acumula 21 temporadas de carrera arbitral, la cual quiso “compaginar con algo muy afín como la educación física y por eso me gradué como docente en 1999”.

La felicidad cuando recibió su cartón profesional de la Universidad Pedagógica sólo es comparable con la que sintió al tener en sus manos la escarapela Fifa. “En ambos casos fue en cierta forma el colofón a tanto esfuerzo y dedicación”, admite con emoción marcada el asistente de la Asociación de Cundinamarca, que si bien empezó como central, cambió el pito por la banderola debido a que “los instructores me dijeron que por el biotipo (1,64 metros), no iba a surgir como árbitro principal”.

Igual disfruta por los costados de la cancha, al entender que “el arbitraje es gratificante para los que estamos en él, sobre todo por el conocer, ya que te permite crecer a través de partidos, capacitaciones, viajes y demás; no tanto desde el punto de vista económico, porque de orientar partidos no podríamos estar viviendo y por eso es que cada quien tiene su profesión”.

Y la suya le recompensa en todo aspecto, en especial desde 2006, cuando quedó encargado de la educación física en los grados primeros, segundos y terceros de primaria en el colegio Ciudad Bolívar Argentina, ubicado en el barrio Sierra Morena de la capital colombiana.

El darles a los niños la opción del deporte lo hace sentirse realizado y a la hora de establecer quiénes son más indisciplinados, si sus alumnos en clase o los jugadores en el campo, sonríe antes de responder y advierte que “el estudiante está en proceso educativo y es normal que un menor de seis o siete años presente situaciones de indisciplina, mientras el jugador lo hace ya con cierta intención”.

De todas formas no escapa a los cuestionamientos en las aulas, donde “profesores o algunos estudiantes de bachillerato a veces me paran para decirme ‘profe’, eso no era fuera de lugar o por qué echaron a tal jugador, pero siempre en tono amistoso y espero que siga siendo así”.

Pero el orgullo de Díaz Barrero a sus 36 años antes que el arbitraje o formar al futuro de Colombia, “son mis hijas, María Fernanda, de 6, e Isabela, de 2”, sus juezas permanentes, a las que siempre llama “antes de los partidos para avisarles que voy a salir por televisión. La mayor ya me llama y con el simple saludo de ‘papi, lo hiciste bien y saliste de tal color’, quedo tranquilo”, así le confiese con absoluta inocencia que “después se pone a ver Discovery Kids”.

Eso lo emociona sin duda, pero todavía más saber que la niña a “sus compañeros de colegio les dice que su padre es árbitro, a manera de satisfacción y no como una carga”.

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