Vale como por 101

Millonarios, que desde el centenar de triunfos sobre Santa Fe no celebraba ante su eterno rival, lo hizo el domingo con autoridad.

Antes de ingresar al túnel sur, Agustín Julio le reclamaba a Ricardo Villarraga por uno de los tantos errores que había tenido la zaga de Santa Fe. Al otro costado ninguno de los jugadores de Millonarios quería entrar al vestuario, porque los efusivos cánticos de la tribuna, esos que no se escuchaban desde aquel estreno triunfal frente a Nacional, cobraban forma de abrazos en la cancha.

Ese marcado contraste entre rojos y azules al final del clásico bogotano 259 también se notó 90 minutos atrás, porque los embajadores, que oficiaban el domingo de locales en El Campín, lo hicieron respetar con ímpetu, ganas, muchas ganas y hasta buen fútbol por momentos.

Por eso el 2-1 que sentenció el derby evidenció la superioridad del ganador y castigó de paso el exceso de confianza del vencido, por llamar de alguna manera la apatía cardenal, aunque también se podría denominar arrogancia o simplemente, una lección de que los partidos nunca se ganan antes de jugarlos.

Por presente y nómina, Santa Fe era, tal y como en el clásico de la semana pasada, favorito. Incluso más, porque Millonarios llegaba con otra derrota a cuestas y sin técnico. Pero más tardó Óscar Julián Ruiz en dar la orden de jugar, que el azul en demostrar que en los clásicos siempre una nueva historia estará por escribirse. Y el prólogo fue de Yovanny Arrechea, quien alcanzó a asustar antes de irse lesionado, pero luego también lo harían Luis Mosquera y Ómar Vásquez —ingresó por el delantero convaleciente—.

Y no festejaron porque se encontraron con un Agustín Julio que parecía ser el único de los 11 albirrojos en el partido. El Uno respondía, mientras sus compañeros veían pasar la pelota. Sólo cuando ésta se detuvo, Ómar Pérez pudo probar los reflejos de Juan Obelar, cuestionados contra Chicó, pero que ayer parecieron restablecerse con un remate de media distancia de Juan Carlos Quintero.

Esas serían las únicas dos opciones de Santa Fe en la inicial, cuando Millonarios duplicó tal cantidad. Tal vez por eso en la primera del complemento el azul no perdonó. Un centro sin aparente riesgo al corazón del área cardenal, terminó siendo una estocada mortal con el anticipo de Mosquera. El uno a cero hacía justicia, pero debía defenderse durante 43 minutos.

Tiempo tenían los derrotados, pero no fútbol, porque los encargados de generarlo estuvieron divorciados del balón: Pérez ni lo podía parar, Luis Yanes pasado de revoluciones y el chileno Julio Gutiérrez en un literal duelo personal con Oswaldo Henríquez.

Entonces los ahora dirigidos por la dupla BB (Barragán-Bernal) se dieron cuenta de que podían ir por más. El rival, en cambio, se dejaba llevar por la impotencia y se quedaba con 10 por la expulsión irresponsable de Quintero, que perdió la cabeza —¿alguna vez la tuvo en el juego?— y quiso igualar con un codazo.

Con espacio, iniciativa y claridad, no tardó en aparecer el segundo con John Ulloque, que volvió a gritar ante el eterno rival, aunque esta vez sí alcanzó para el festejo. Partido definido y con cinco minutos para el final, apareció hasta el ole. Una fiesta que buscaban y necesitaban los azules, tanto que los jugadores en la cancha se dejaron contagiar del entusiasmo y en la única desconcentración, Gutiérrez aprovechó para el descuento que supo a poco, a nada.

Ni el honor se salvó en Santa Fe, porque el domingo sólo hubo un equipo en El Campín: Millonarios, que llegó a 101 victorias frente a los rojos porque quiso, mientras el rival ni siquiera lo intentó.

 

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