Tomás y sus bandidos

Dos escrituras fallidas preceden a ‘Abraham entre bandidos’, la obra más reciente de Tomás González. También mucho silencio y una indagación profunda en la época de la Violencia.

La obra del escritor antioqueño Tomás González se ha empeñado, novela tras novela, en dejar dos lecciones: la primera, que la obra siempre debe ser más importante que el autor; la otra, que hay plumas, hay literaturas, que revelan cuán pasmoso puede ser el conocimiento sobre el ser humano que tiene un buen escritor.

Si muchos aún no conocen a este autor, quien cuenta con numerosos  feligreses que buscan leer en sus historias la vida con sus carnes y sus huesos, es por un cierto distanciamiento, un aislamiento autoimpuesto, necesario, dice él, para poder escribir sus novelas.

Desde muy joven se orientó de forma “tal vez extrema” a la escritura y, para bien y para mal, eso marcó su vida toda. Aprendió del escritor y filósofo Fernando González Ochoa, quien vivía en la finca vecina, en las afueras de Envigado, que uno debe mirar la realidad “con sus propios ojos, no con los de nadie más” y ese legado lo tradujo en novelas como Primero estaba el mar (1983), Para antes del olvido (1987) y La historia de Horacio (2000).

Salió de Colombia cuando el silencio necesario para poner historias sobre el papel parecía inconseguible; viajó a Nueva York, ciudad que le permitió tomar distancia de Colombia sin sentirme demasiado lejos de ella. Hace tan sólo ocho años volvió al país para refugiarse en una casita en Cachipay, en donde se dedica al jardín, por supuesto también a oír música y a leer, pero sobre todo al jardín.

De vez en cuando regresa a Nueva York. Unos días atrás, el escritor, que fue bautizado por Juan Diego Mejía como el mejor secreto de la literatura colombiana, se internaba en un monasterio Zen. Su carácter tímido y su figura ligera casi no pueden sobrevivir al revuelo de regresar, después de la calma bendita, a presentar su nueva novela, Abraham entre bandidos, en la Feria del Libro de Bogotá. Además, para completar el barullo, por estos días salió en alemán su quinto libro, Die versandete Zeit (Para antes del olvido) y en octubre se estrenará en Francia Primero estaba el mar.

En esta obra reciente, Tomás González cuenta la historia de Abraham y Saúl, dos amigos que son llevados al monte por un ejército de bandoleros comandados por Pavor, un viejo amigo de infancia de Abraham y ahora un acérrimo defensor de las doctrinas liberales. Con esta historia González no crea una ruptura, aunque el conflicto y la violencia nacional se posen más que nunca sobre sus letras, más bien crea una continuidad: una insistencia en ese tratamiento distinto del antiguo tema del bien y el mal, la vida y la muerte, la alegría y el horror.

Sus títulos son casi pequeños versos, ¿qué son para usted, un contador de historias, los títulos de sus novelas?

Busco que el título sea la semilla en la que esté contenido el árbol. A veces el título aparece aun antes de empezar a escribir la novela, a veces aparece durante la escritura, pero siempre trata de apuntar al germen de la narración. A veces pongo títulos provisionales que terminan quedándose. Fue el caso de Abraham entre bandidos. Y la novela que acabo de empezar (y que vaya uno a saber si alguna vez seré capaz de terminar), se llama La luz difícil, y desde ahora se orienta así al proceso de recuperación de un dolor muy profundo que viven sus protagonistas (tan profundo como lo pueda sentir algún ser humano sin morirse) y al lento camino hacia la alegría total, que es el tema de la narración.

¿Cuál es la importancia del paisaje como narrador? ¿Por qué hacer casi protagonista al mar, por ejemplo, en ‘Primero estaba el mar’, o a esos montes tupidos que Abraham recorre junto a Saúl?

Creo que es imposible y, además, sería absurdo, escribir sobre Colombia sin tener en cuenta el paisaje. Este es un país muy bello. Pero su belleza (para tocar otra vez ese tema) es difícil. El mar de Primero estaba el mar es protagonista en la lenta erosión de los personajes: se les mete adentro y de alguna manera los destruye. Los montes de Abraham son hermosos, pero también opresivos y mortales. Pienso que no hay belleza separada del horror o el caos. Para mí las cosas del mundo, entre ellas el paisaje, aparecen con la máxima intensidad de su belleza cuando están muy cerca de la muerte o la destrucción, cuando bordean las sombras más profundas.

La mayoría de sus novelas se han centrado en Colombia, pero ‘Abraham entre bandidos’ es, parece, la más colombiana de todas, ¿cómo se cruza el tema del conflicto en su obra?

En varias de mis novelas el conflicto quedaba como telón de fondo, como ruido de fondo. Con Abraham entre bandidos traté de hacer lo mismo, pero no pude. Hice dos intentos y no lo logré, y eso por una razón que ahora resulta más que evidente: si a un grupo humano, una familia en este caso, le ocurre algo como lo que se narra en la novela, es imposible que ese hecho quede en el trasfondo. Cuando me di cuenta de eso y decidí narrar esos hechos en primer plano, la novela tomó la dinámica que le correspondía y logré escribirla como se debía escribir.

¿Cuál es el germen de la novela ‘Abraham entre bandidos’?

Por allá por los años cincuenta mi suegro, don Gilberto López, se encontró en un camino veredal, cuando iba para su finca, con la pandilla del bandolero Chispas. Mi suegro era muy simpático y buen bebedor y conversador, de modo que Chispas decidió retenerlo un rato para tomarse algunos tragos con él. El asunto duró cuatro o cinco horas, es decir, lo que se demoraron en emborracharse, y entonces el bandolero, después de mucho abrazo y palmoteo, y demás cosas que hacen los borrachos, lo dejó ir. Esa imagen dio el nacimiento a la novela.

¿Cómo fue la construcción del bandido Pavor (Enrique Medina) y a qué tentaciones tiene que hacerle quite un escritor cuando escribe de un bandolero?

Hay que evitar ante todo convertirlo en el diablo. Ningún ser humano, por más malo que sea, deja nunca de ser un ser humano. Lo mismo Enrique Medina, Pavor, quien era un individuo extremadamente inteligente y lleno de humor, y hasta de alegría, que podía ser afectuoso de manera genuina. Si no se hubiera vuelto tan malo habría sido un gran tipo, aunque seguiría siendo algo pesado, eso sí.

¿Cómo lograr una mirada tan íntima de la tragedia colombiana y cómo rescatar la poesía, la compleja humanidad?

Cuando aparece el ser humano, lo hace con toda su poesía, con toda su luz, así se trate de bandidos. Eso era algo que ya había intentado desde mi primera novela, Primero estaba el mar. Octavio, el asesino de J., después de matarlo lo carga como a un niño y lo lleva a la cama. Lo arroja en la cama, para ser precisos, pero así y todo fue un gesto de profundo respeto y humanidad en un ser como aquel, que tenía un alma en extremo oscura.

 Llevábamos tiempo sin leerlo, ¿fue una pausa necesaria?

Como te decía antes, Abraham entre bandidos tuvo dos escrituras fallidas que tomaron, entre las dos, sus buenos cinco años.