Asaltan a Drácula en el centro

Así ocurre en una de las historias de ‘Cuentos cruzados’, un libro del bogotano Miguel Mendoza que le valió ser escogido como ganador del Premio Nacional de Cuento 2009 de la Secretaría de Cultura y la Fundación Gilberto Alzate Avendaño.

El viejo conde pensaba que en Bogotá era fácil matar mientras se obsesionaba con las jóvenes capitalinas. Qué mejor lugar para cometer crímenes que una de las cunas del hampa, el lugar donde la sangre campea. Su destino trágico lo sumergió en la silenciosa estridencia de las calles del centro, hospedado en un hostal de mala muerte cuyo nombre parecía importado de una vieja época medieval: La corona de oro. Finalmente el caos le ganó el pulso a la maldad y Drácula pereció maldiciendo en medio de atracos, insultos y desavenencias.

El vampiro vino a la ciudad porque Miguel Mendoza quiso traerlo desde su apartamento, escribiendo, sentado al frente del computador y dejando a sus espaldas la hamaca en la que suele descansar. Lo extrajo de la obra de Bram Stoker, cambiando un poco sus matices y manteniendo sus pasiones y sus fobias, para hacerlo caminar sobre el frío asfalto  2.600 metros más lejos del infierno.

Como si fuera el doctor Frankenstein, Mendoza recortó de algunos autores célebres sus personajes y los suturó a sus propios relatos. Lo hizo con el Philip Marlowe de Raymond Chandler, quien con su transgresiva galantería deambuló por los bares del Parque de la 93; también trajo al Joseph K de Franz Kafka para ser sindicado de narcotráfico y lavado de activos luego de que fallas en la cosmética financiera de la compañía de seguros en la que trabajaba lo dejaran en evidencia. Con el Gustav Aschenbach de Thomas Mann hizo lo propio: en Bogotá se llamaba Gustavo Andrade. Aschenbach murió en Venecia presa de la peste, Andrade murió en Venecia, frente al Cementerio del Sur, apuñalado por un niño. Así fue tejiendo sus Cuentos cruzados., los que finalmente lo destacaron como el creador de la mejor propuesta en su categoría y le garantizarán su lanzamiento en la Feria del Libro de 2010.

Un año tardó en pulirlo y afilarlo, un año en el que, como sus 12 últimos, caminaba a diario hacia la Universidad Javeriana para impartir clases. Era entonces cuando dejaba la hamaca, se despedía de su esposa, se acicalaba la cabellera y bajaba por el ascensor desde el octavo piso en el que aún vive. Luego caminaba, siempre en jeans y calzando tenis, subía de la carrera octava a la séptima y la cruzaba en medio de pitos y malabares, con el Parque Nacional en frente.

Entraba a la universidad, generalmente con un libro de Truman Capote debajo del brazo. “Capote nunca se perdonó haber asistido a la ejecución de Dick Hickock y Perry Smith, pero la esperó sin descanso, de ella dependía el final de su obra maestra”, solía decir a sus alumnos.

Y apagaba las luces de los salones de clase. Proyectaba imágenes de los asesinos seriales más originales y crueles de la historia, hablaba de vampiros, de lo siniestro, de Rubem Fonseca, del relato policial, del género negro. Aclaraba que la historia nunca es igual al relato y que la obra de James Ellroy, el escritor norteamericano, estuvo irremediablemente marcada por el asesinato brutal de su madre.

Luego salía a fumar un cigarrillo, a hablar con algunos de sus estudiantes, a recomendar películas o a profundizar en las historias que contaba en las aulas. Al regresar a casa, volvía al mundo de la literatura, aunque nunca hubiera salido de él, a escribir o a leer de nuevo; eso no era trascendente, Drácula venía de visita y él era el encargado de presentarle la ciudad.

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