El club del Lobo Estepario

La idea de fundar un club del Lobo Estepario le surgió a aquel transeúnte una tarde-noche de sábado, mientras caminaba por ciertas zonas aristócratas de la ciudad y se tropezaba con aquellos personajes de olores, sabores y vestimentas europeos.

Todo le pareció impostado. Las vitrinas, los zapatos de la gente, los sacos, los acentos, los temas de conversación, los platos de las cartas y las cartas, pero ante todo, él se sentía impostado allí, como si lo hubieran botado desde una nube a un lugar enfermo de sociedad y socializaciones.

Recorrió las calles que en otro tiempo fueron calles de barrio normal y casas y árboles. Buscó la vieja panadería en la que solía pedir una Coca-Cola después de sus maratónicos partidos de fútbol en el colegio. Ya no estaba. Buscó el teatro donde vio su primera película, Cantinflas: a volar joven, y las pistas de bolos en las que se refugiaba los viernes. Sólo se encontró con una encadenada reja de pintura descascarada que escondía una desteñida máscara de plástico. La máscara lo llevó al personaje de un libro, mitad ficción mitad realidad de Jorge Edwards, y el personaje al aislamiento, y el aislamiento al club.

Se imaginó en la piel de aquel hombre que había decidido apartarse del alto mundo. Se vio en un barrio bajo de casas humildes como Los Alcázares, por ejemplo. Se sintió (me sentí) en la sala, peleando contra cualquier libro con un perro de la calle al lado queriéndolo morder él también. Alguien timbró. “Soy Pedro”, dijo. Pedro B. recordó el transeúnte,  aquel periodista tan encumbrado que se sentía por encima de todos los demás y hablaba mal de todos los demás. Vio la máscara. Se acordó de Edwards. La agarró, disputándosela con su perro, y se la puso encima.

Entonces abrió la puerta y le dijo (le dije) al visitante, “lo siento, pero el señor de la casa se ha ido de viaje por 15 días, anda en un crucero por las islas griegas, si usted lo desea, déjele un recado en el buzón, con permiso”. Cerró el portón, se sacó la máscara de Bugs Bunny y la colgó del perchero, feliz de su atrevimiento. Fue después de aquella recreación que aquel huidizo transeúnte decidió fundar su club.

Haría carnés para los socios que los disculparían de cualquier acontecimiento social: “Este documento le permitirá al portador negarse a asistir, sin excusa, a cualquier tipo de  acontecimiento social al que sea invitado”, diría en el reverso. He oído por ahí que su idea se quedó sólo en imaginación. Lo invitan a tantas cenas y fiestas, y asiste a tantas reuniones contra su voluntad, que ya nadie le cree el cuento del Lobo Estepario. “He perdido el prestigio de ermitaño que nunca tuve”, me han dicho que suele comentar.

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