Obama se aprovecha de los indignados

El sociólogo y profesor de la Universidad de Cornell asegura que aún están por verse los verdaderos efectos de los movimientos sociales de 2011 y explica las razones por las que en América Latina no aparecen los indignados.

Este fue un año clave para los movimientos sociales. La Primavera Árabe, los Indignados en España, Occupy Wall Street en Estados Unidos y luego en el resto de Europa. Las movilizaciones plebiscitarias en Chile, las marchas indígenas en Bolivia, los estudiantes en Colombia. La gente del común rompió el silencio. Las calles, las plazas, los parques se volvieron espacio de expresión y reflexión política. El mundo está en movimiento.

Sidney Tarrow, doctor en ciencia política de la Universidad de Berkeley, actual profesor del Departamento de Gobierno y Sociología de la Universidad de Cornell y profesor invitado a las más prestigiosas universidades del mundo, se ha dedicado durante más de cuatro décadas a estudiar los movimientos sociales y lo que llama la “política contenciosa”. La sorprendente cantidad de libros y artículos que ha publicado sobre el tema constituyen hoy una lectura obligada para cualquier interesado en los movimientos sociales y la acción colectiva. Su obra lo hace uno de los académicos más influyentes y reconocidos del globo.

En su oficina de profesor visitante en la Universidad Central Europea, Tarrow le abrió la puerta a El Espectador. Hizo un balance de este año agitado para la movilización social: la Primavera Árabe, el Verano Europeo y, en particular, el Otoño Estadounidense. También, en este cuadro, se refiere a América Latina, en la que, advierte, no es experto.

Un año de indignados en Madrid, revueltas árabes en África, disturbios en Londres, Occupy Wall Street. ¿Hay algo que una todos estos episodios?

No soy un fiel creyente de las tesis de la globalización. No creo que todo lo que pasa en el mundo esté conectado. Pero sí me impresionan los impactos que ha tenido en el mundo la crisis económica global. Piense en Egipto, por ejemplo. Un grupo de economistas hicieron un estudio de las protestas de Oriente Medio y encontraron una correlación directa entre el incremento en el precio de la comida y los incidentes de protesta. La crisis alimentaria es global, así que podríamos decir que las revoluciones de Oriente Medio son, en parte, su resultado. Por supuesto, eso es sólo el comienzo de su cadena causal. Hay que sumar la corrupción del régimen, las redes de activistas y el impacto de internet.

¿Y en el caso estadounidense?

Veo una tendencia muy similar a los movimientos del sur de Europa. Son países con crisis económicas similares y unas instituciones políticas muy débiles. Lo que presenciamos en estos casos es un creciente resentimiento en contra de la inequidad económica y simultáneamente una pérdida de confianza en los partidos políticos de la izquierda para representar este malestar.

¿Habría algo de eso en el movimiento estudiantil surgido en América Latina?

No soy experto, pero mi impresión es que los movimientos en Latinoamérica son mucho más parecidos en su enfoque y se han limitado al sistema educativo.

¿Por qué no se conectó América Latina con la misma indignación del norte?

En general, América Latina no está pasando por el mismo ciclo económico que Estados Unidos. Acabo de volver de Brasil y su economía está en plena expansión. Si Colombia está en similares circunstancias, tenemos buenas razones para entender por qué en el caso de ustedes la movilización ha sido tan focalizada. A eso hay que sumar que en la región ha habido una amplia reacción crítica al neoliberalismo, en gobiernos como los de Bolivia, Ecuador y Venezuela.

¿Lograron algo los indignados europeos y estadounidenses?

Si se quiere lograr un cambio en el sistema se necesita una política agresiva, porque a los gobernantes no les gusta el cambio. Pero lo que hace esto aún más complicado es que el cambio que se está dando es diferente de aquél que los protestantes están demandando. Para mí, los manifestantes son un grupo de personas pioneras que aprovechan una ventana de oportunidad, pero que vienen seguidos por no protestantes que se aprovechan de la confusión generalizada. Creo que el cambio que se está generando no es precisamente el que los protestantes querrían producir.

¿Cómo se refleja esto en EE.UU.?

Hay que considerar que en Estados Unidos los seguidores del movimiento Occupy Wall Street son antiguos seguidores de Barack Obama. Y que la mayoría de ellos están desilusionados con el comportamiento de su administración. Y, sin embargo, hace algunos días, en el estado de Kansas, Obama lanzó su campaña presidencial refiriéndose a las consignas de este movimiento. Está tratando de aprovechar esta oportunidad para darle forma a su campaña política.

Paradójico, pues los indignados se alzaban también contra él...

Pero dadas las alternativas políticas actuales, con opositores fuertemente conservadores, lo más probable es que recupere el apoyo de muchos de esos protestantes desilusionados, que no están dispuestos a apoyar a los republicanos. Así que, al final, Obama habrá sido capaz de ganar algo de este movimiento pese a que no tuvo nada que ver con él.

Es una visión muy pesimista para los movimientos. ¿No ganaron nada?

Ganaron mucho de una manera muy difusa. Algunos de los críticos del movimiento se han quejado de que éste no tiene objetivos políticos claros. Pero es que este movimiento no era de ese tipo, no era programático, ni se basaba en la identidad. Era un movimiento que decía: “estamos aquí y ustedes tienen que escucharnos”. Así que la dimensión profunda de su éxito es que el discurso en contra de la inequidad económica se volvió mucho más generalizado.

¿Qué está pasando en Europa con los nuevos gobiernos que emergen tras las protestas?

Son menos sensibles a las consignas de los indignados porque, a diferencia de Estados Unidos, ya no necesitan ganar elecciones. En Estados Unidos, el movimiento Occupy le ha ayudado a Obama a enmarcar su campaña de una manera populista de izquierda. Estos gobiernos que apenas acaban de llegar al poder en Europa tienen muchos menos incentivos para escuchar a quienes se alzaron.

¿Qué podemos esperar de estos movimientos el año entrante?

Soy un creyente en los ciclos de protesta. Las personas no disfrutan estar permanentemente en las calles. Los momentos populares comienzan con gran entusiasmo y rápidamente se fraccionan y se genera una diferenciación entre aquellos que están en el corazón del movimiento y los que se van cansando y desilusionando. Los movimientos populares rápidamente se encaminan a la institucionalización y, a veces, hacia la violencia. En Egipto ya hay choques entre la sociedad civil; en Estados Unidos veremos una fragmentación entre aquellos que apoyarán a Obama, quienes volverán a sus casas desilusionados y los que seguirán marchando.

¿Ya vimos el pico de esta historia?

Sí. Pero eso no quiere decir que hemos visto el efecto final del movimiento. Eso sólo lo podremos ver después de que la gente abandone las calles. En las protestas de mayo del 68, en París, el verdadero impacto político y social se vio después, cuando el gobierno aprobó reformas educativas, en gran parte como respuesta a las peticiones de los manifestantes. Así que ahora que están declinando las fases entusiastas del movimiento vamos a poder observar sus efectos.

*Politólogo y sociólogo, estudiante doctoral de la Central European University, Budapest.

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Juan Camilo Maldonado T. / Juan Masullo*

El Mundo

Obama se aprovecha de los indignados

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