Meditación del 11 de marzo

Llevo un año y 11 meses en Tokio, una ciudad masiva, dinámica, intensa y costosa.

Llevo un año y 11 meses en Tokio, una ciudad masiva, dinámica, intensa y costosa. Un lugar que impone retos: el idioma, la cultura, el contacto humano, el estudio, los temblores… Durante las vacaciones de primavera de 2011 fui a un curso de meditación que consistía en diez días de silencio y renuncia a los medios de comunicación. Era a dos horas de Kioto, lejos de la región nororiental de Japón, epicentro de la triple tragedia del 11 de marzo del año pasado.

Mi primer día completo de meditación fue ese 11 de marzo y no sentí el temblor. Mi abuela había fallecido días antes y sentí su protección. Quién imaginaría que viviendo en Japón no vería los titulares: terremoto de magnitud 9,0 en Miyagi-ken, tsunami en la costa de Tohoku y crisis en la central nuclear de Fukushima.

Nos notificaron de lo sucedido, sin romper el silencio, pegando avisos en las paredes del comedor. Recuerdo leerlos e ignorarlos. Colombia y el mundo estaban alarmados, pero mi meditación no se perturbó.

Cuatro días después la directora del centro detuvo el programa. La noticia me dejó muda. En la búsqueda de estabilidad encontré una tragedia. En la búsqueda de paz encontré muerte, dolor y duelo. Volver a Tokio no era recomendable, la ciudad se sacudía por fuertes réplicas y mis conocidos huían a un lugar más seguro. Irónicamente, terminé viajando al mejor refugio para mí, Bogotá.

A pesar de que Japón está acostumbrado a lidiar con sismos, el 11 de marzo dejó trauma, hay nervios ante los temblores frecuentes y se especula sobre un terremoto igual o más fuerte que afecte la capital. Hay miedo generalizado, incertidumbre, pero no paralización.

Ha pasado un año y aún queda mucho trabajo por hacer. Actualmente soy voluntaria y viajo a ciudades como Sendai e Ishinomaki, altamente afectadas por el terremoto y el tsunami. Cada vez que voy al mirador de la bahía veo los rastros de pueblos que hasta hace un año estaban llenos de vida y hoy sólo quedan fantasmas.

La primera vez que fui a la zona del desastre ayudé a limpiar un templo que seguía de pie entre los escombros. El interior estaba lleno de lodo, barro, mugre, juguetes y hasta carros. Mi rol era recibir bolsas llenas de “tierra”, atarlas con un nudo y pasarlas, una y otra vez. Ese día entendí el sentido de poner mi granito de arena. De ahí en adelante me uní a un proyecto de empoderamiento juvenil que hace actividades con niños para fortalecer los lazos de amistad en la comunidad local.

Lo que en un primer momento me pareció una tragedia distante, hoy está cerca de mí. En mi meditación interrumpida recibí una lección de vida y me satisface ser partícipe del enorme desafío de reconstrucción.

* Estudia una maestría en Cultura comparada en la International Christian University de Tokio.