Los nómadas que quieren quedarse

El presidente francés, Nicolás Sarkozy, anunció que la mitad de los campamentos ilegales de gitanos serán desmantelados en tres meses.

La mayoría de los diarios lo registraron de esta manera: “En la noche de ayer, 17 de julio, un hombre murió luego de un enfrentamiento con la policía en la localidad de Saint-Aignan. La persona que lo acompañaba continúa fugitiva”. Los detalles, que el muerto se llamaba Luigi Duquenet, que tenía 22 años, que el incidente que dio origen al tiroteo había sido el paso de un retén de la gendarmería y que su acompañante había llevado el cuerpo sin vida hasta la caravana donde vivía un tío del difunto antes de fugarse, sólo se conocerían dos días después. Para entonces, un grupo de al menos cincuenta personas pertenecientes a la comunidad nómada a la que pertenecía Duquenet había atacado con palos y piedras la sede de la gendarmería de Saint-Agnan y quemado una patrulla en la puerta del recinto.

Diez días después, a la salida de una cumbre de seguridad largamente anunciada por el presidente Nicolás Sarkozy para “examinar el problema que plantea el comportamiento de ciertos gitanos y nómadas”, el ministro del Interior, Brice Hortefeux, conocido por ser el impulsor de la política de cuotas mínimas de expulsiones de extranjeros, anunció que en los próximos meses se desmantelará la mitad de los campamentos ilegales de gitanos y nómadas y que “aquellos que hayan cometido un delito serán expulsados inmediatamente”.

Los comunicados de las diferentes asociaciones de Derechos Humanos coincidían en varios puntos. El primero de ellos, que la manera de presentar las medidas podría incitar a actos de violencia al mezclar los grupos de nómadas y gitanos con los delincuentes. Dos, la Constitución francesa prohíbe cualquier clasificación de acuerdo con tipos raciales; y tres, de todas maneras no hay nada nuevo, durante los últimos ocho meses las expulsiones de gitanos rumanos y búlgaros y la destrucción de campamentos han estado a la orden del día.

Desde el canal de l’Ourcq, que nace en París, puede verse uno de los veinte campamentos aún en pie. El de La Folie, que se estableció junto a las líneas de tren, cuyas rejas le sirven de protección. “Es mejor que no sean tan abiertos, muchos los han incendiado en la noche”, dice un hombre que no quiere dar su nombre. A las 9 de la mañana, es el último de los habitantes en salir “al trabajo”. La única que se queda es Olia, que mientras cocina un té, barre el suelo de su casa, una de las más sólidas del campamento. En rumano, dice que tiene 50 años y es muy mala para el francés, que la mayoría de los habitantes del campamento son gitanos de Bulgaria, pero hay también turcos. Algunos han llegado luego de ser expulsados de otros campamentos.

Son cerca de 50 casas distribuidas más o menos por igual a lado y lado del canal y comunicadas por un puente ferroviario, que parece desbaratarse y derrumbar las casas cada vez que pasa un tren. Los cambuches de los recién llegados apenas tienen dos paredes, un techo y un colchón como piso. Los que llevan más tiempo han reforzado los muros con colchones para protegerse del viento y algunos tienen televisión.

A esa hora las casas están cerradas, casi todas con candados de bicicleta. “Pero aquí nadie se roba nada”, dice Olia.

— ¿Y en qué trabaja la gente?

— Las mujeres en casas de familia. Los hombres todos en el almacén Baktok.

Se refiere a un depósito de construcción en donde los gitanos esperan en la puerta para conseguir trabajo. Los clientes saben que en sus carros cargados con los materiales para su obra, pueden llevar también los obreros. En verano hay que esperar menos y un trabajador gitano puede ganar cien euros al día. En invierno pueden pasar días en blanco.

La policía viene a veces al campamento, les dice que empaquen sus cosas porque al día siguiente comenzará la demolición, pero la gente no empacará hasta que no vean un bulldozer.

“Nosotros de buena gana nos estableceríamos, nada más que nos digan a dónde”, dice Olia.

Una afirmación contradictoria que refleja la amalgama entre gitanos y población nómada, presente en el anuncio de las medidas adoptadas por Sarkozy. “Población nómada” gens du voyage, término administrativo que sólo existe en Francia y se creó en 1972 para agrupar a las personas que por su profesión o tradición viven en casas móviles de todo tipo. En ella entran no sólo los manuches y gitanos, sino los vendedores de feria y los trabajadores de circo. El número de “nómadas” administrativo en Francia está alrededor de los 400.000 y aproximadamente el 90% tiene la nacionalidad francesa. La ley exige incluso que cada ciudad de más de 5.000 habitantes disponga de un espacio para recibirlos.

“Gitanos”, o “roms”, es una categoría étnica que, según el profesor Jean-Pierre Liégeois, quien desde 1979 ha estado al frente del Centro de Investigación Gitano, se usa en Francia para designar casi exclusivamente a los gitanos extranjeros que provienen de Hungría y la República Checa y en mayor medida de Rumania y Hungría. Como ciudadanos de estos dos últimos países, la ley europea vigente los autoriza a entrar a Francia sin necesidad de una visa especial y les da un plazo de tres meses para obtener un contrato formal.

En la práctica, según lo señala un informe de la Alta Comisión de Lucha Contra la Discriminación, los prejuicios históricos contra los gitanos, que pasan por los estereotipos medievales de “ladrones de niños” y que llevó a que durante la Segunda Guerra Mundial sufrieran un genocidio comparable al padecido por los judíos, hace que para la mayoría de los gitanos sea imposible obtener un contrato legal durante ese período. La alternativa es aceptar una “ayuda al retorno” de 300 euros y regresar a sus países de origen o vivir en la clandestinidad con el riesgo de ser deportados.

— El gobierno anunció que desmantelará los campamentos. ¿No piensa regresar a Bulgaria?

— Es lo mismo, a los gitanos no nos quieren en ninguna parte —dice Ion, un gitano que espera trabajo en Bartok.

Las declaraciones de Sarkozy aumentan los prejuicios que hay contra los dos grupos, lamenta la asociación SOS Racisme. Varios analistas han visto en esta última movida gubernamental la continuidad de una tendencia a coquetear con la extrema derecha del Front National, y una maniobra para cambiar de tema, cuando las posibles contribuciones ilícitas a la campaña presidencial a cambio de favores fiscales han llevado a que varios de los implicados hayan sido llamados a declarar en estrados judiciales.

“De todas maneras no sirven para nada”, dice una vecina del campamento del canal del Ourcq. “Si destruyen el campo hoy, en tres semanas se van a instalar más allá. Y si los expulsan a Rumania, en un mes se regresan”, afirma.

En principio nada se los impide, como ciudadanos de la Comunidad Europea, los gitanos tienen libertad de circulación. Las prohibiciones de entrada a Francia expedidas nominalmente son inaplicables en la práctica, pues el país carece de puestos de  frontera con Europa del Este.

Otra alternativa ha sido planteada por Jacques Salvator, el alcalde socialista del municipio de Aubervilliers en París, quien desde 2006 ha venido desarrollando un programa de integración que cubre a decenas de familias, quienes con el compromiso de aprender el idioma, escolarizar a sus hijos e inscribirse en cursos de capacitación reciben una vivienda fija por un arriendo simbólico de 50 euros al mes, hasta que uno de sus miembros consiga un trabajo estable.

“Si la ciudad ofrece un terreno acondicionado no tienen la necesidad de acampar ilegalmente”, dice, recordando, sin embargo, que otras ciudades que han iniciado programas de este tipo han debido cancelarlos o limitarlos debido a que el gobierno nacional no ha colaborado con los fondos necesarios.

Jean-Michel Dillon, el alcalde de Saint-Aignan, la ciudad donde ocurrieron los hechos, fue una más de las personalidades políticas que más lamentó los señalamientos raciales que han acompañado las medidas, recordando que a pesar de su origen gitano, los Duquenet han abandonado la vida en la carretera desde hace dos generaciones: “Fue un incidente de policía, que por más grave que fuera nunca debió haber sido más que eso”.

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