Los pecados del cardenal

Las recientes opiniones del cardenal Jorge Urosa en contra del gobierno de Hugo Chávez lo pusieron en el centro de las críticas oficiales. El presidente venezolano no descarta la idea de romper relaciones con la Santa Sede.

El presidente Chávez tiene una certeza de la que ya ha informado a las multitudes. Si se va al infierno, dice, muy seguramente se encontrará con el cardenal Ignacio Velasco, quien fuera arzobispo de Caracas hasta el 6 de julio de 2003, el día en que la muerte lo visitó, a los 74 años. “Que Dios lo tenga en su gloria pues”, terminaba el presidente  su discurso, no sin antes reflexionar sobre si las acciones non sanctas del sacerdote le permitirían, en efecto, disfrutar de una posición privilegiada en el más allá.

Era “el cardenal que se metió a golpista”, en palabras de Chávez, uno de los firmantes del decreto que el 12 de abril de 2002 instalaba a Pedro Carmona en la cabeza del gobierno de facto, un día después del golpe de Estado. Era el mismo sacerdote que cuando el presidente estaba preso en el Fuerte Tiuna de Caracas fue a buscarlo para que en nombre de Dios hiciera el último gesto por el pueblo y firmara su renuncia al poder. “Fíjense ustedes hasta dónde llega la oligarquía”, relataba Chávez en medio de una ovación.

Las relaciones entre el gobierno y la Iglesia católica quedaron mancilladas desde entonces. La confianza con la Santa Sede se debilitó de manera progresiva y la muerte de Velasco dejó al arzobispado de Caracas vacío por más de dos años. Aunque el concordato que existe entre Venezuela y el Vaticano opera con una lógica en la que el Papa dispone y el Estado concede, los nombramientos pontificios deben tener la delicadeza de no investir a sacerdotes que por sus posiciones políticas resulten incómodos al gobierno.

Benedicto XIV tenía un candidato para suceder a Velasco, pero Chávez guardaba sus reservas. Jorge Urosa Savino era un sacerdote prudente, que tenía sobre sus hombros la experiencia de ser arzobispo de Valencia, en el estado de Carabobo, justo lo que necesitaba la capital.

Un emisario de la Iglesia visitó Caracas, llevando consigo un mensaje papal: Urosa Savino era el indicado. El presidente, en una reunión privada, explicó las razones que como jefe de Estado tenía para negarse. Decía que antes del golpe varios sacerdotes, entre ellos el candidato a encabezar el principal arzobispado del país, se reunían en la casa del cardenal Velasco a fraguarlo. La palabra “conspiración” volvió a salir de su boca, pero a manera de advertencia, porque en esta ocasión el gobierno cedió a las peticiones. Desde el 19 de septiembre de 2005 Urosa es la máxima autoridad eclesiástica en Caracas.

De la calma a la tormenta

Fueron dos veces, en dos momentos diferentes, en los que Jorge Urosa Savino aterrizó en el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar de Maiquetía rodeado de toda la atención de los medios.

Marzo 30 de 2006. Hugo Chávez esperaba sobre un largo tapete rojo a que el arzobispo de Caracas bajara de un avión procedente de Ciudad del Vaticano. La Orquesta Sinfónica Juvenil tocaba sus notas y una larga fila de guardias vestidos de rojo formaban una calle de honor. Urosa había sido nombrado cardenal por Benedicto XVI y el primer mandatario preparó “sencillos pero muy sentidos honores a su llegada”. Los dos se estrecharon la mano, luego se abrazaron y caminaron juntos por entre los soldados. Luego el cardenal declaró: “Estoy seguro que el Santo Padre, al conocer de esta extraordinaria recepción, sentirá una gran complacencia y gratitud, señor presidente, porque es una muestra verdaderamente de la valoración que nosotros estamos haciendo en Venezuela”.

Julio 11 de 2010. El cardenal Jorge Urosa Savino regresó a Venezuela luego de una visita a la Santa Sede. Una nube de periodistas, rodeada de feligreses y pancartas de apoyo lo abordó al bajar del avión. Le preguntaron sobre las palabras de Hugo Chávez, quien cinco días atrás había iniciado una ofensiva mediática en la que lo llamó “enviado de los pitiyanquis”. En esta oportunidad Urosa optó por decir: “No somos miembros de ninguna coalición de oposición, y estamos trabajando por los pobres en diversos sectores”.

El cambio se produjo después de una entrevista con el diario El Universal. El cardenal opinó que el gobierno estaba llevando al país por el camino de la dictadura y “lo peor es que la línea marxista-comunista conduce a la ruina, a la destrucción de la economía, a una pobreza mucho mayor”. La respuesta apareció recia como suelen ser las del presidente, primero desde un discurso en la Asamblea Nacional, luego desde los frentes radial, escrito y televisivo que pertenecen al gobierno. Todas apuntaban a la misma idea: tarde o temprano a monseñor Urosa se la caería la máscara.

“Yo no me equivocaba cuando le mandaba a decir al Papa que buscaran otra opción. Ahora sale este cardenal porque lo mandan aquí los escuálidos y los pitiyanquis a tratar de meterle miedo al pueblo. Es un troglodita, él no se da cuenta de que este pueblo ya no es manipulable ni por sotanas, ni por nada, ni por nadie. ¡Este pueblo es libre!”.

Entonces Venezuela comenzó a recordar que Urosa criticó a Chávez durante su campaña presidencial, que no estuvo de acuerdo con la enmienda constitucional que le entregaba al presidente el derecho de aspirar a una reelección indefinida, que en su momento defendió a los policías condenados que durante el golpe de Estado de 2002 contuvieron las protestas chavistas y dejaron 19 muertos. En fin, para el gobernante, Urosa debía dejar la sotana para matricularse en la oposición.

“No merecemos un cardenal como ése. Este pueblo merece respeto de los jerarcas de la Iglesia católica, apostólica y romana. Para mí el cardenal es Mario Moronta, no este indigno obispo”. Moronta, obispo de San Cristóbal y con quien Chávez afirmó no tener ninguna filiación política, fue durante la década de los 90 una de las voces más críticas contra el gobierno de Carlos Andrés Pérez, a quien paradójicamente, el actual mandatario trató de derrocar en 1992.

La calma que reinó entre el gobierno y la Iglesia durante los dos primeros años de arzobispado de Urosa parece hoy de otra historia, hasta el punto que Hugo Chávez pidió a su canciller, Nicolás Maduro, revisar el convenio con el Vaticano por aparentes privilegios a la religión católica que violarían la Constitución, y no descartó la idea de romper relaciones diplomáticas con la Santa Sede.

De ser así, de acuerdo con el profesor Guillermo Aveledo, de la Universidad Metropolitana de Caracas —experto en las relaciones entre el Vaticano y el Estado venezolano— , “el gobierno podría eventualmente designar hasta el último de los sacerdotes en su territorio a costa de perder el apoyo pontificio, nacionalizar los bienes de la Iglesia y suprimir las subvenciones que entrega para su manutención. La Iglesia romana prevalecería, pero a su propia suerte y sustento”, explica, no sin antes aclarar que es una medida extrema a la que no cree que se llegue.

La última puntada al tema la puso el presidente en su columna semanal Las líneas de Chávez , en donde pidió a Dios el perdón de los cardenales: “Soy con mucho orgullo, bolivariano, cristiano y también marxista. Si usted ve allí contradicción, poco puedo hacer para que lo entienda, en mí esas concepciones de vida conviven en una estrecha hermandad”.


“Habrá que hacerles un exorcismo”

Los obispos Baltazar Porras , ex presidente de la Conferencia Episcopal de Venezuela (CEV) y hoy arzobispo de Mérida, y Roberto Luckert, actual vicepresidente de la CEV, han recibido también las respuestas de Hugo Chávez a las críticas. Porras lo cuestionó por utilizar el célebre versículo de San Mateo “el que tenga ojos que vea. El que tenga oídos que oiga”, para referirse al socialismo venezolano. De otro lado, Luckert lo acusó de ser un “guapetón de barrio, siempre buscando con quién pelear”. Así fue la venganza del Presidente: ''Habrá que hacerles un exorcismo para que el diablo que se les metió se les salga de debajo de la sotana”.

 

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