Una descendiente de 'La Pola' en Irak

Policarpa Salavarrieta es la tatarabuela de Ivonne Zirrith, una policía de origen colombiano que durante 2004 prestó sus servicios en Irak.

Cuando comenzaron a salir las tropas gringas de Irak, una colombiana sonrió desde su casa en New Jersey: Ivonne Zirrith, descendiente directa de la heroína de la independencia Policarpa Salavarrieta, y miembro de las fuerzas armadas de Estados Unidos. Hablando con ella —bajita, de ojos pícaros y sonrisa constante— suena casi imposible imaginarla armada en medio de la crueldad de una guerra. Pero es cierto, allá estuvo.

Desde agosto de 2004 y durante casi un año, trabajó en el puerto Khawr az Zubayr, en Irak. “Nuestra misión era mantener la seguridad. Allí llegaban los barcos con camiones para el transporte de carga, alimentos, cobijas, ropa, todo, absolutamente todo”, recuerda en diálogo con El Espectador.

Aunque habla como si la guerra no le hubiera dejado una sola esquirla en el alma, la recuerda intacta. “Siempre había polvo, demasiado ruido. Vivíamos en una base a 30 millas del trabajo, teníamos que manejar todos los días por una carretera llena de accidentes, carros incendiados y heridos. Tengo una impresión muy fea de lo que es la guerra”, dice con un español perfecto que aprendió desde niña.

Ivonne es la segunda de cinco hermanos. Hija de una vallecaucana, Carmen Quinchía, y de Manuel Salvarrieta, un bogotano que siempre se encargó de recordarle que por sus venas corre la sangre de la heroína de la Independencia, Policarpa Salavarrieta. “Toda la vida mis abuelitos nos contaron la historia, nos llevaron a ver la estatua. Mi papá insistió en que tuviéramos el apellido Salavarrieta en el diploma del colegio. Es el orgullo de la familia”, dice. “Sé que era una persona muy dedicada a lo que le dictaba su mente y su corazón. Yo también soy así”, dice.

Su historia en el ejército se remonta a cuando tenía 17 años y estaba a punto de graduarse del colegio. “Quería aprender y ver el mundo. Me pareció una buena idea entrar a las Fuerzas Armadas. Mi papá no me apoyaba, yo era su niña chiquita y no quería eso para mí, pero llevé al reclutador a la casa, como era menor de edad mis padres debían autorizarme. Los convencí y entré a la fuerza naval”.

Poco a poco fue ascendiendo hasta que un día, en 2004, le dijeron que debía ir a Irak. “Sentí miedo y tristeza porque mis niños estaban muy jóvenes. Tenían 2 y 5 años. Mi hijo tenía problemas de leucemia en ese tiempo y le estaban haciendo los exámenes de sangre. Me dieron la opción de quedarme, pero yo decidí ir. Era mi trabajo y me sentía orgullosa. Me fui con el compromiso de que si algo pasaba en mi casa me tendrían en 24 horas de vuelta en Estados Unidos”.

Así comenzó una experiencia dolorosa pero enriquecedora. “Fue horrible ver cómo vivía la gente, cómo no importaba la vida”, recuerda. Su hijo se recuperó y ella regresó de la guerra con más experiencia y más ambiciones. “Me di cuenta de que quería ser más, poder tomar decisiones. Entonces tomé cursos, hice exámenes y me convertí en oficial de policía”. Ahora es aguacil del condado de Middlesex, New Jersey, tiene una vida mucho más tranquila y una familia hermosa.

“En mi casa se habla español. Me fascina el sancocho, el ajiaco, todo lo típico. Mi mamá todavía hace empanadas. Vivimos como colombianos en New Jersey”, dice y vuelve a sonreír, añorando el pronto reencuentro con esas amigas queridas que dejó en Irak y que espera ver muy pronto nuevamente.