La armada imposible (I)

Durante 3 siglos España fue la dueña implacable del mar, y la sola presencia de su nombre, en las noches despejadas de las rutas que corrían desde China o desde México hasta Sevilla hacía crujir a todas las naves del mundo conocido, incluidas las de los venecianos, los ingleses y los turcos.

También crujía la piel de los marineros —quizás el único premio que era justo—, y su corazón que pocas veces supo de la bondad de la fe y de la gratitud de las naciones por las cuales latía entre cañonazos y astillas. Pero claro: ahora esas cosas parecen sólo ocurrencias literarias, y  la gente cree, acaso con razón, que ese mundo maravilloso, el del honor, ciertamente el del horror, no tiene nada que ver con el de hoy, ni siquiera en algo tan universal y antiguo como la guerra o el poder.

Suponemos que nacimos ayer y la historia con nosotros, y dejamos que afanes contemporáneos (y muchas veces subalternos, como la globalización o el terrorismo) vengan a explicarnos problemas cuyo origen se remonta, por sobre las culturas y los pueblos, varios siglos con sus tardes.

Pero España fue la dueña del mundo, para bien y para mal, y buena parte de lo que nos pasa hoy, no se rían, tiene que ver con ese delicado juego que comienza con la caída de Constantinopla y que se extiende en la formación del imperio hispánico y en las luchas de las naciones europeas, sobre todo Inglaterra y Francia, por disputarles el dominio a los herederos de Fernando el Católico, modelo de Maquiavelo. Episodios de esta historia hay muchos, aunque hablaremos sobre el de la Armada Invencible a petición de un amable lector. Amable y desocupado lector como en un libro que alguien leyó un día.

Lo cierto es que en el siglo XVI (y siempre) los españoles estaban en una situación muy difícil, y aunque les llovían el oro y la plata de América, todo se consumía en apagar los más variados incendios: en Flandes, en el Mediterráneo, en Alemania… Herejes por todas las esquinas, hasta en Roma. Fue así como Felipe II, con el triunfo de Lepanto aún corriéndole por las venas, decidió desempolvar el viejo plan de la invasión a Inglaterra para matar dos pájaros de un solo golpe: a los ingleses, por un lado, cuya piratería en el Atlántico no les daba tregua a las naves de Dios, es decir las de España; pero también a los rebeldes flamencos, aliados de los británicos, que le habían puesto una espina ardiente al zapato del gobernador de la Corona en esas duras provincias que heredó Carlos V…      

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