Cuestión de horas

Según una anécdota que le añade algo de belleza a la verdad, el Papa Gregorio XIII quería inaugurar en su biblioteca un descomunal fresco con el círculo zodiacal.

Era un capricho suyo, demostrarles a todos que aun el Universo y el Tiempo necesitaban de Dios, y del Vaticano, para funcionar. Pero justo ese día (el del equinoccio de primavera, y había invitado a los sabios mayores de la Iglesia, y aun a un astrónomo griego y a otro árabe y a otro alemán) algo falló y cuando se abrieron las cortinas la luz fue a dar a un leopardo disecado, y no al signo de Aries como mandaba la ciencia.

Fue este bochorno papal, precisamente, el que vino a comprobar lo que ya habían advertido Sacrobosco y el grandísimo Censorino, y Beda, y hasta los doctores del Concilio de Trento, a saber: que el calendario Juliano, establecido por Julio César para que Roma rigiese su destino con el sol y no con los meses lunares, presentaba un desfase entre el ámbito civil y el astronómico, entre las cuentas de los hombres y las de las estrellas. Unos minutos cada tanto que con el pasar de los siglos iban abriendo más y más el abismo.

Claro, no es de extrañarse que algo así ocurriera, pues los romanos nunca fueron muy exactos con su tiempo, y periódicamente tenían que llamar a algún brujo (griego) para que hiciera bien las cuentas por ellos. Sosígenes de Alejandría fue el de César,  y no en vano llamó al primer año de la nueva era el de “la confusión”: casi 455 noches, y meses sin orden dispuestos a trancazos.

Lo cierto es que para la época de Gregorio el tiempo era un problema insufrible (también religioso: había que establecer una forma clara para que la Pascua coincidiera con los mandatos conciliares; y desde Nicea era el primer domingo luego del plenilunio luego del equinoccio primaveral), pues en la reforma de César se había establecido que cada año, como corresponde, sería de 365.25 días, y cada cuatro habría uno bisiesto de 366. Sin embargo el cálculo estaba equivocado, y no era punto 25 sino 24, lo que con los siglos daba un desfase de varios días que hacían que el tiempo de la tierra fuera más lento que el del universo.

Así, el Papa escribió una Bula en un estilo impecable, e impuso que se le quitaran de golpe diez días al calendario, y quienes se acostaron el 4 de octubre de 1582 se despertaron el 15.  A América, como siempre, la reforma llegó tarde, y los ingleses la recibieron con huelga dos siglos después: “Devuélvanos nuestros 11 días” decían sus carteles.

¿Tiene alguna duda o anécodota histórica  que  quiere   averiguar o corroborar?   Escriba a [email protected]