Diez veces Hitler

El domingo, Robert Mugabe se posesionó de nuevo como presidente de Zimbabue, un país dudosamente democrático. ¿Cómo logró perpetuarse en el poder durante 28 años?

La maniobra es típica del gobierno de Robert Mugabe en Zimbabue: los resultados de las elecciones presidenciales realizadas en marzo 27 no se hicieron saber sino hasta principios de mayo. Entretanto la comunidad internacional, varias organizaciones no gubernamentales y los partidos de oposición denunciaron el fraude que concluyó con un 47,3% de los votos a favor de Morgan Tsvangirai, el candidato de la oposición, y un 43,2% para Robert Mugabe, quien ha estado en el poder desde 1980. Dado que ningún candidato obtuvo más del 50%, se fijó una segunda vuelta para el 27 de junio. Desde entonces, Zimbabue ha estado envuelto en un espiral de violencia que ha desestabilizado a buena parte del sur de África.

“Intentarán intimidar a la población, intentarán diseñar el contexto adecuado para desencadenar su violencia. Sin duda harán gala de los instintos vampíricos de este régimen”, anunció en Zimbabue el vocero del Movimiento para el Cambio Democrático (MDC), Nelson Chamisa, cuando se fijó la fecha para la segunda vuelta. Para quienes conocen el régimen de Robert Mugabe esta premonición no resulta sorprendente. En los dos meses transcurridos desde esta protesta hasta el 22 de junio, cuando Morgan Tsvangirai retiró su candidatura, el partido enterró a más de 100 de sus activistas y alrededor de 200 se encuentran desaparecidos. El resultado ha sido una segunda vuelta que se celebró el pasado viernes con un único candidato: Mugabe.

Como el celebre vampiro de Transilvania, Robert Mugabe es un déspota ilustrado que en el pasado libró una dura lucha por la libertad de su pueblo. Y al igual que el personaje de leyenda, una vez en el poder el héroe se convirtió en el arquetipo del monstruo político. Hoy Mugabe es un líder aislado de la población por un ejército de guardaespaldas, automóviles blindados, fortalezas presidenciales y, en especial, armas de fuego.

Su guerra inició en 1963, cuando fundó el partido nacionalista africano ZANU (Unión Africana Nacional de Zimbabue, por sus siglas en inglés). Fue uno de los muchos movimientos creados durante la década de los 60 en África por lograr la igualdad de derechos políticos y socioeconómicos para la población negra. Zimbabue, que en aquel momento llevaba el nombre de


Rhodesia, se encontraba bajo el férreo control de una minoría blanca que tenía propiedad sobre las tierras más fértiles del país, las empresas comerciales más lucrativas y la totalidad de los bancos.

El Primer Ministro, Ian Smith, declaró ilegal el partido en 1965 y sus líderes fueron enviados a prisión. Entretanto Smith, obsesionado por lograr que la población blanca jamás perdiera el control de Rhodesia, declaró unilateralmente la independencia de este protectorado británico y aplicó una legislación draconiana que impedía cualquier tipo de participación por parte de los negros en el ámbito político. La presión sobre estas mayorías se hizo tan fuerte que la comunidad internacional se abstuvo de reconocer a Rhodesia e impuso varias sanciones económicas.

Una coalición de gobiernos vecinos, como Mozambique, Sudáfrica y Tanzania, así como potencias como Gran Bretaña y Estados Unidos, lograron, bajo los auspicios mediadores de Henry Kissinger, que Ian Smith liberara en 1974 a los líderes nacionalistas africanos que se encontraban en cautiverio.

Durante sus diez años en prisión, Robert Mugabe dedicó el tiempo a acumular títulos universitarios. Sus estudios le procuraron seis diplomas, “pero tengo un séptimo”, dijo el mismo Mugabe durante una manifestación pública en los años 90: “Un título en violencia”. Y comenzó a aplicarlo a los dos meses de obtener su libertad, cuando escapó a Mozambique para liderar desde la frontera una lucha iniciada por ZANU, que pasó de ser un movimiento político a un ejército guerrillero.

Seis años de guerra confirmaron para Robert Mugabe que era posible alcanzar el poder por medios violentos. En 1979 Ian Smith renunció a sus sueños de un país dominado por los blancos, en 1980 Rhodesia cambió su nombre a Zimbabue, y ZANU consolidó con los votos lo que había iniciado por las armas: la mayoría parlamentaria. Una vez proclamado Primer Ministro, sin embargo, Mugabe sorprendió al país entero.

La democracia del fusil

En su primera declaración pública, el nuevo Primer Ministro, que los blancos temían que fuera un ogro marxista, anunció en un tono sosegado que Zimbabue tendría una transición lenta y pragmática hacia el socialismo. “El racismo, así sea practicado por blancos o por negros, es un anatema para la filosofía humanitaria de ZANU. Zimbabue es y debe continuar siendo nuestro país, con una población unida”.

La luna de miel, sin embargo, se mantuvo hasta las siguientes elecciones. Desde entonces, la máxima que habría de practicar sería la que pronunció en 1976: “Nuestros votos deben ir acompañados de nuestras armas. El arma que produce el voto debe ser su garante. Los votos del pueblo y las armas del pueblo siempre serán gemelos inseparables”.

Robert Mugabe se ha mantenido por los últimos 28 años en el poder utilizando una estrategia de violencia que amedrenta a la oposición y siembra terror entre los campesinos para asegurar la victoria de su partido en las elecciones parlamentarias y, desde 1996 cuando se abolió la figura de Primer Ministro, su presidencia.

Las reformas agrarias que prometió realizar para redistribuir la tierra se llevaron a cabo. Sin embargo, quien ha recibido los beneficios de las cuatro que se han aplicado desde 1980 no ha sido la población campesina, sino la nueva élite de Zimbabue:


los miembros de ZANU, la cúpula militar, los parlamentarios, los jefes de policía y los empresarios que apoyan al partido. Entretanto, el PIB de Zimbabue pasó de 12,5% en 1980 a -7,5% en 2005. La inflación, que sobrepasa el 100.000%, ha obligado a muchos de sus habitantes a buscar refugio en Sudáfrica. La cantidad de personas que han emigrado desde 1990 —se estima que son alrededor de 4 millones— ha generado una presión en el mercado laboral sudafricano que, en parte, es responsable por las explosiones de violencia xenófoba que se produjeron el pasado mes de mayo.

Hasta las últimas elecciones, no obstante, la fachada de gobernante instruido y sosegado que Mugabe ha presentado hacia la comunidad internacional le ha permitido aplicar sus métodos sin mayores protestas por fuera de su propio país. La reina de Inglaterra incluso le concedió un título de caballero en 1994, el cual, según anunció el gobierno inglés esta semana, le será retirado.

El gobierno de Sudáfrica, por otra parte, también ha dado su apoyo verbal o tácito a Robert Mugabe, pues buena parte de la élite que hoy gobierna el país en algún momento recibió asilo político en Zimbabue durante los peores años del apartheid. El gran perdedor de este drama, en efecto, es el actual presidente de Sudáfrica, Thabo Mbeki, quien ofreció sus oficios de mediación cuando se anunció la segunda vuelta electoral. Fue tal su ineficacia, que Morgan Tsvangirai le dirigió en mayo una carta a Mbeki en la que decía: “Desde las elecciones del 29 de marzo, Zimbabue se ha sumergido en una violencia espantosa mientras usted ha estado mediando. Con todo respeto, si continuamos así, no va a quedar país qué gobernar”.

Morgan Tsvangirai y su partido, el Movimiento para el Cambio Democrático, fundado en 1999, han sido la oposición más dura que Robert Mugabe ha debido enfrentar en las urnas en los últimos 28 años. Además de ganar una mayoría parlamentaria por dos curules, que fue reconocida en las elecciones de marzo, goza del apoyo reprimido de la mayoría de la población y de un respaldo abierto por parte de la comunidad internacional. Los pronósticos más optimistas sugieren que una presión internacional efectiva podría persuadir a Robert Mugabe para que cree un gobierno de coalición, como ocurrió en Kenia a principios de este año. Sin embargo, Mugabe es un oponente acostumbrado a pasar por encima de cualquier reclamo. Como él mismo anunció en 2002 cuando se produjo un ambiente de violencia similar al de este mes: “Si esto es ser Hitler, entonces seré diez veces Hitler. Diez veces. Esto es lo que nosotros representamos”.

África está partida en dos

Aquellos que vieron entrar a Robert Mugabe al gran salón que servía de sede a la Cumbre de Países Africanos en Egipto, no pudieron evitar nombrar, horas después, el tenso rumor que recorrió la sala. Los países de África se debaten entre el envío de tropas de la Unión Africana para devolverle la estabilidad al país, opción que es apoyada por países como Kenia; otros, como Sudáfrica, consideran que la vía del diálogo entre la oposición y los partidarios de Mugabe es la única salida. Ayer, sin embargo, el vocero presidencial afirmó categóricamente que no habría la posibilidad de formar un gobierno de coalición para zanjar la crisis desatada tras las elecciones de marzo de este año.

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