El fantasma de Chile

La integración suramericana va en marcha, ¿habrá algo que aprender del país del sur?

“Un fantasma recorre Iberoamérica: el fantasma de Chile”, escribe el novelista chileno Carlos Franz en un brillante ensayo, aparecido en la edición de septiembre del año pasado de la revista Letras Libres.

La razón, entre otras muchas, por la que Franz habla de Chile como de un “aparecido” es que en nuestra región se ha hablado mucho en elogio del “modelo chileno” y sus virtudes, pero pocos comentaristas, ya sean de izquierda o de derecha, han hurgado en los orígenes del fenómeno. Pocos han visto de cerca al aparecido y quizás esta sea la razón por la que ningún gobernante latinoamericano se muestre dispuesto a ver ninguna lección en el modo con que Chile ha alcanzado desarrollo económico y estabilidad política durante los últimos veinte años.

Acaso todo esto tenga también algo que ver con el hecho de ser Chile, en verdad, un país geográficamente remoto, pero hay un hecho cierto e indiscutible: este pequeño y árido país austral, con una población de apenas 16,3 millones de habitantes, se encuentra a la cabeza de América Latina.

Los vertiginosos y sostenidos logros de Chile durante las últimas dos décadas requieren un desglose que permita entender mejor qué ha podido ocurrir en aquel país entre 1987 y 2007 los veinte años siguientes al fin de la oprobiosa dictadura de Augusto Pinochet, para que su economía crezca a una rata anual del 6%. Compárese esa tasa con la cifra promedio equivalente del resto de continente durante el mismo período: sólo 2,8%.

En enero de 2005,  Nicolás Eyzaguirre, por entonces ministro de finanzas chileno, dijo a Michael Reid, quien hasta hace poco fue jefe de la sección ‘Las Américas’ del semanario inglés The Economist, que de persistir semejante tasa de desarrollo durante una década más, Chile habrá alcanzado un ingreso per cápita similar a los de Portugal, Grecia y España.

Si bien la distribución del ingreso en Chile es todavía  mucho más desigual que la de esos tres países de la Unión Europea, la pobreza ha caído del 45% de la población, en 1987, a un 13,7% en el 2007.  No es de extrañar que, tanto en el Foro de Davos como en muchos círculos latinoamericanos, inversionistas extranjeros y expertos nativos señalen por igual a Chile como el “alumno aplicado” que la mayoría de las naciones de nuestra región deberían emular para expandir sus economías, reducir significativamente la pobreza y fortalecer sus democracias.

“Más que un alumno aplicado ataja Franz, Chile ha sido uno de esos estudiantes díscolos, pero creativos. Uno que sin apegarse mucho a la lección aprendida inventó soluciones y recetas propias”.

El malestar que en cualquier buen “socialista del siglo XXI” produce la exitosa economía diversificada chilena y su dinámica de país exportador gobernado por una socialista emana del hecho indiscutible de que las bases de ella fueron echadas durante la dictadura de Augusto Pinochet.  Aquí viene bien recordar que el ensayo de un plan de ajustes “ortodoxo” bajo la dictadura no discurrió sin tropiezos.


Durante la ola de privatizaciones, dispuesta a mediados de los años setenta por los celebérrimos “Chicago Boys”, el gobierno militar tan corrupto como incompetente no reguló limpiamente el proceso, propiciando condiciones para una sana competencia. Se limitó a favorecer a conglomerados empresariales sumidos de antiguo en muy gravosas deudas. Y a la banca “amiga” del régimen; es decir, a toda la banca.

En su intento de contener la inflación, el gobierno de Pinochet decretó en 1978 un control de cambio que muy pronto condujo a un peso sobrevaluado. Esto último desató un boom de importaciones y la balanza comercial chilena experimentó una de las más duras caídas registradas en el continente: más del 27% entre 1979 y 1983.

El “PIB de Pinochet” se redujo un 15 % en aquellos años, mientras que el desempleo escaló hasta el 30 por ciento. La crisis financiera latinoamericana de 1982 golpeó a Chile mucho más que a cualquier otro país de la región. Su sistema bancario colapso y para “rescatarlo”, las finanzas públicas de Chile perdieron el equivalente a un 35 % del PIB. Un equipo económico de reemplazo hubo de ser llamado y éste adoptó entonces políticas más gradualistas.

 En 1988 Pinochet fue desalojado del poder en virtud de un referéndum al que acudió una inteligente y unificada coalición de partidos de centro-izquierda. Esta coalición conocida como “Concertación Democrática” ha gobernado Chile desde 1990  sin restar ímpetu a las políticas económicas acertadas, dispuestas durante la dictadura. Al contrario, los gobernantes democráticos han profundizado algunas  reformas. Esto último ha hecho de Chile un caso único en la historia política latinoamericana contemporánea, pues le otorga legitimidad democrática al “modelo”.

Desde entonces, las exportaciones chilenas se han quintuplicado, al tiempo que la fracción que el cobre aportaba al PIB ha disminuido. El cobre, que históricamente hizo de Chile un país monoproductor, representaba, al subir Allende al poder en 1970, el 80% del producto nacional. Gracias a una política de diversificación de exportaciones, el cobre ahora sólo representa el 40 % del PIB.  Pero, ¡ojo!, más importante que haber dado con las políticas acertadas, es el amplio consenso político que las legitima.

“A pesar de las simplificaciones nos advierte Franz que nos prodigan, nuestra pequeña política tampoco es sencilla. Un bipartidismo de hecho hace que las grandes alianzas se disputen el centro. Y que más allá de alharacas para la galería, las prácticas de la derecha y la izquierda converjan en una especie de ornitorrinco político que podríamos bautizar como ‘liberal-socialismo’. Engendro, éste, que no será la menos original de las aportaciones chilenas a la desideologización universal”. Ojalá llegue pronto el día en que todos podamos aplicarnos el mismo cuento.

 Escritor venezolano. Publica artículos en Foreing Policy y The Washington Post, entre otros medios.

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