El Pentágono se va de safari a Chináfrica

Cuando a los altos oficiales norteamericanos se les pregunta por las razones por las que el Ejército de Estados Unidos pondrá en operación desde el primero de octubre el Comando Unificado de África (Africom), hay un objetivo estratégico, que tienden a disimular: seguirle el paso a las andanzas a ese país que tiene al mundo entero feliz y angustiado al mismo tiempo: la República Popular de China  

“África está emergiendo rápidamente como un campo de batalla competitivo”, escribió en marzo Sean McFate, asesor militar de E.U en la revista Military Review, editada por el Ejército norteamericano. “Es una guerra fría económica con China, especialmente por la obtención de recursos”. McFate, que fue colaborador en los esfuerzos de paz en Liberia, Burundí y Sudán, concluye con determinación: el Africom “deberá contrabalancear la influencia china”.

 Tras dos décadas de  crecimiento (9% anual), China vio en África un riquísimo escenario de extracción de recursos y un vasto y aún subvalorado mercado de consumo para sus productos. Sólo en términos petroleros, su producción doméstica se agotó en 1993, y desde entonces depende en un 30% de hidrocarburos provenientes de África. 

Para garantizar este tipo de suministros, trazó una estrategia diplomática basada en el  “armamento político” (political warfare), que en palabras de Donovan C. Chau, del Centro de Estudios Estratégicos, de la Universidad de Guerra de los Estados Unidos, se basa en “adquirir poder a través de la inversión y la ayuda económica para el desarrollo”.

En diez años, Pekín ha organizado tres cumbres de Cooperación China-África (FOCAC). La primera en Pekín, en 1999; la segunda, cuatro años más tarde, en Addis Ababa (Etiopía), y la tercera, en 2006, de regreso en Beijing, donde 43 estados africanos firmaron un  mapa de ruta para 2009 que es un millonario compromiso por parte del gobierno de la RPC (ver recuadro). 

Tras diez años de proactividad en África, “con la más profunda sinceridad y sin condiciones políticas vinculadas”, como diría en la cumbre de Etiopía el primer Ministro Wen Jiabao, las evidencias de “Chináfrica” son innumerables. De Nigeria al Congo, de Marruecos a Sudáfrica, las inversiones del gigante asiático se han multiplicado en cuestión de dos años, alcanzando incrementos del 91% (el caso de Libia).

En las ciudades, decenas de empresarios y pequeños negociantes de ojos rasgados son “señales de una sorpresiva invasión china”, como lo describió el corresponsal de The Economist.  Una invasión motivada por el presidente Hu Jintao, quien sólo en 2007, realizó 17 viajes a diferentes países de la región (compárese con los cinco viajes a Egipto de Condoleezza Rice, secretaria de Estado de E.U, y su  tímida  pasadita por Etiopía).

El comercio entre China y África pasó de   US$1.000 millones  en 1995  a  US$50 mil millones en 2006. Hoy, 700 empresas chinas, la mayoría estatales, tienen operaciones en suelo africano.


Pero las críticas del mundo a China superan el miedo hegemónico norteamericano. En  2003, tras estallar la crisis en Darfur (Sudán), Amnistía Internacional denunció que China suplía  armas al ejército sudanés en la cruenta guerra genocida contra los rebeldes cristianos.

 Estos llamados de atención, incluyendo el sobrenombre de “Juegos del genocidio”, con el que activistas han rotulado a las Olimpiadas, condujo a Beijing a asumir, al menos públicamente, una actitud menos complaciente frente a Jartum. Sacó a Sudán de la lista de sus países prioritarios; presionó en Naciones Unidas para que el líder sudanés Omar al-Bashir accediera a los planes de paz trazados por Kofi Annan y disminuyó sus inversiones en Sudán en 19%, pese a que aún es dueña de 13 de las 15 empresas más grandes de este país.

Esta semana, sin embargo, volvió a ser objeto del escrutinio global. El lunes, mientras que al-Bashir era acusado frente al CPI por infracciones sangrientas al Derecho Internacional Humanitario, el programa Panorama, de la BBC de Londres, revelaba pruebas contundentes de que China habría suministrado equipos y entrenamientos a Jartum, mucho tiempo después del embargo de armas dictado por la ONU en el 2005.

Este tipo de ambigüedades, que el silencio de Pekín nunca resuelve, suscitan la crítica a una suerte de diplomacia amoral, con la que Estados Unidos, al menos en el discurso, ha buscado distanciarse (sólo esta semana, la Casa Blanca “contemplaba” sancionar a Robert Mugabe tras su tenebroso fraude electoral).

Consultores norteamericanos como Donovan C. Chau, del Centro de Estudios Estratégicos, sugieren que la capacidad de Estados Unidos para usar ese tipo de “política suave” en la región, está subvalorada. Hacen llamados a su agencia de cooperación (USAID) y al Ejército a que fortalezcan su accionar en la zona.

 Como espacio de enfrentamiento económico entre dos potencias, África podrá ver en los próximos años la llegada de más chinos y, probablemente, más gringos. ¿Será provechoso para su gente  este antagónico mestizaje?

 

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