España: ‘Liberté, egalité e interné’

Los españoles deben establecer puentes de comunicación más amplios con la región.

En los años 50 y 60 fue muy conocido en España un novelista de origen español, pero lengua francesa, llamado Michel del Castillo. Este caballero fue invitado por el presidente François Mitterrand a una cena de intelectuales en el Elíseo a comienzos de los años 80, y al término de la colación el jefe del Estado hizo un aparte para decirle: “Ah, monsieur Del Castillo, Francia está en decadencia.

¡Si nosotros tuviéramos, como ustedes los españoles, América Latina!”.  Ni Michel es español, aunque ama profundamente a España, ni España ‘tiene’ América Latina; incluso puede decirse que ni ella misma se tiene. Pero la historieta, contada por el propio Del Castillo, nos pone sobre la pìsta de algo que tiene mucho que ver con la celebración del bicentenario de las independencias latinoamericanas en 2010 y 2011.

Trinidad Jiménez, la secretaria de Estado española para América Latina, intervenía hace dos semanas en un foro sobre Europa y Latinoamérica, especie tan común en Madrid como en Colombia los simposios por la paz, y decía que el destino de España se libraba en el continente de nuestra lengua; que lo más grande que había hecho en su historia era contribuir al alumbramiento de América Latina, y que los españoles serían en el mundo tanto como contaran en esta tierra de ustedes y nosotros los latinoamericanos.

Durante la mayor parte de los dos últimos siglos que median de independencia se sabía lo que podía hacer España en América Latina: poca cosa, porque el gobierno de Madrid no estaba en disposición de desplegar una política ni siquiera de mediana potencia; y por ello tampoco podía ser punto de destino político, universitario o laboral a lo sumo, turístico especialmente apetecible; España sólo vivía en la retórica de la ‘gesta’ americana, la espada y la cruz, ya saben ustedes.

Pero en los últimos 30 años el país se ha convertido en esa potencia algo más que media europea que ha llevado a cabo, según vox populi universal, una transición modélica a la democracia, que es marco de referencia para bastantes, y también, aunque con menos aplausos del público, importante inversor en América Latina; el escenario perfecto, en suma, para el reencuentro funcional, enriquecedor, incluso entrañable de las dos orillas del Atlántico y el Pacífico hispánicos.


Pero la historia no se ha detenido durante esos años y la faz del mundo latinoamericano está cambiando. Hasta hace muy poco lo más autóctono que daba de sí el tipo de latinoamericano medio era Juan Valdez; bigotudo, atezado por el sol, pero básicamente criollo; y si hablamos de gobernantes, el modelo seguía siendo ibérico; Colombia, de manera aún más exagerada, sólo ha conocido en su historia gobernantes españoles, aunque de la variedad colombiana, por supuesto.

Pero ese modelo cada día resulta menos convincente. Primero, un Fujimori, en Perú, no elegido por japonés, sino por ajeno a la oligarquía hispánica; luego un Toledo, aunque su patente indianidad no tuviera contenido político; y, mientras tanto, un teniente coronel cuarterón que obtenía democráticamente la presidencia de Venezuela. No podía decirse entonces, 1998, que los venezolanos lo hubieran elegido porque no fuera criollo, pero pronto dejó bien claro que había llegado para desmontar el criollato económico.

La victoria de Evo Morales en 2005, alzándose a la presidencia en La Paz, ya no podía dejar lugar a dudas, por mucho que, como dicen, sea sólo mestizo y no tenga como lengua propia el aymará, sino sólo un español algo vacilante; una fuerza que se ha llamado andino-centrista, crecía en el continente y hablaba un lenguaje directamente racial; por último, Rafael Correa puede jugar al despiste étnico, y aunque los autóctonos no se agrupan totalmente en sus tolvas, no por ello representa menos en Ecuador el contraataque del indigenato.

Y todo ello supone un gravísimo problema para España. Chávez y Morales repiten como quien pone un cirio a la Virgen cada 12 de octubre que la conquista y la colonización de América fue un crimen mayor que el holocausto nazi, declaración que no falta quien comparte en el Polo, pero que sobre todo establece muy claramente las reglas del juego. Con motivo de las celebraciones patrias habrá leña en cantidad para España, y no niego que pueda haber algún motivo para ello, pero lo que cuenta es el partido que quieren sacarle a esa liturgia Chávez y Morales, sumos sacerdotes de la homilía contra España.

Bolivia es hoy el terreno donde la batalla puede resultar más enconada. Los insurrectos de Santa Cruz, y en alguna medida las restantes provincias de la llamada Media Luna, reivindican los símbolos españoles de la Conquista, el castellano como primera lengua oficial contra el poder indígena de La Paz, y, en general, contraponen statu quo poscolonial a innovaciones etnicistas.

Pues, bien, ante ello España ha de ser respetuosa con la crítica que sufra por parte de las autoridades democráticamente elegidas, aunque tampoco está obligada a sonreír cuando le digan que Cortés fue un nazi del siglo XVI. La política de España se resume en las palabras de Javier Noya, investigador del ‘think tank’ español, Instituto Real Elcano: “Liberté, egalité e interné”.


Libertad para celebrar y apoyar el advenimiento de algún tipo de libertad política aunque limitada tras la victoria sobre España; igualdad para contribuir con su ayuda económica, que algunos llamarán ‘reparación’, a la cohesión social, es decir, a la integración de los hoy día marginados; e ‘interné’, como símbolo de modernidad, de adelanto tecnológico, puesto al servicio de los pueblos, autóctonos o sobrevenidos, de América Latina.

Así es como España ha de establecer puentes de comunicación que vayan más allá de la mitología para capear el temporal de los bicentenarios, porque lo cierto es que sin América Latina España es un país cualquiera, por debajo de Italia, y muy lejos de Francia, Alemania o Gran Bretaña.

A una parte de la opinión colombiana todo esto puede sonarle a griego, porque nada parece amenazar la hegemonía del criollato, de los que Samper, Pastrana y Uribe son absolutos representantes, pero yo no estaría tan seguro. ¡Quién sabe si hay un Gaitán contemporáneo esperando su oportunidad! Pero no nos hagamos ilusiones, porque incluso en Colombia habrá castigo a España en nombre de “la gloria inmarcesible y el júbilo inmortal”, y el Gobierno llegará a la conclusión de que es mejor nadar con la corriente que honrar al padre.

Le urge por ello a España renegociar su relación con América Latina, pero con la que se asoma, no con la que ya ha cumplido su ciclo. España puede hacer suyos los intereses latinoamericanos en Europa, aunque como decía el investigador de Elcano, Carlos Malamud, ni América Latina sabe muy bien lo que quiere de la UE (Unión Europea) ni Europa qué puede hallar en América Latina, excepto la segura irritación de Washington.

La cuestión no es si hay o no gobiernos de izquierda y gobiernos conservadores en América Latina, sino la etnicidad que se impone ante España y el criollato latinoamericano como conflicto y exigencia de justicia.

Subdirector de Relaciones Internacionales del diario ‘El País’, de España.

 

 

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