La larga espera por Íngrid. Texto de Bernard De La Villardiere.

La lucha de la familia Betancourt por una de sus hijas fue incomprendida.

La liberación de Íngrid Betancourt es una excelente noticia para su familia, sus amigos y para toda Colombia.

Conocí a Íngrid en París unas semanas antes de que fuera secuestrada. Ella había venido a Francia para hablar de su campaña presidencial, de los riesgos que tomaba y de las amenazas que recibía. Todo esto lo decía con una voz dulce que contrastaba con la brutalidad de un mundo al que ella confrontaba.

El día después de su secuestro organizamos la primera rueda de prensa con Thierry Coligny, gracias al apoyo de Isabelle Bourdet del Club de Prensa de Francia. Los periodistas presentes, dentro de los que se encontraba Olivier Weber du Point, se podían contar con los dedos.

Tiempo después, conocí a Yolanda, su madre, en una comida, en la cual también estaba el padre de Florence Aubenas, quien había desaparecido en Irak unos días atrás.

La madre de Íngrid le decía a este hombre, devorado por la angustia, que había que despertarse todos los días con la esperanza, por pequeña que fuera, de acelerar una liberación poco probable.

Yolanda esperó durante siete años. Hace un año cuando la entrevisté en Bogotá, ella me aseguraba con certeza que su hija estaba viva a pesar de que no se tenían noticias de ella desde hacía años.

Si bien intenté compartir modestamente la lucha de la familia de Íngrid, participando en algunas manifestaciones, nunca comprendí del todo su empeño en ir contra el presidente Álvaro Uribe. Para ellos, como también para muchos medios, Uribe era el diablo. Y Chávez un santo.

Los acontecimientos de los últimos meses pusieron las manecillas del reloj a la hora. Fue una intervención militar contra las Farc que permitió la liberación de Íngrid. En cuanto al simpatizante Hugo Chávez, el contenido de los computadores de Raúl Reyes reveló su proximidad con la guerrilla marxista.

Recordemos que el portavoz de las Farc fue asesinado después de una incursión aérea del ejército  colombiano en el Ecuador. La opción militar fue  entonces decisiva. De hecho, Íngrid celebró esa opción apenas fue rescatada.

No le podemos reprochar nada a una familia que vivió sumida en una angustia demencial. En cambio, podemos arrepentirnos de que la diplomacia francesa y Nicolás Sarkozy hayan adoptado su tesis de aversión hacia el presidente colombiano, en lugar de guardar la sangre fría y la distancia que permite a los estados ser racionales y eficaces. Este asunto no es más que un avatar de la democracia compasiva.

De hecho, puedo contar una escena en la que fui actor y testigo. Hace un año y medio, fui invitado a comer por el ministro de Exteriores, Philippe Douste-Blazy, quien me hizo una proposición bastante curiosa. Puesto que me preparaba para ir a Colombia a hacer un reportaje, él me pidió llevar una carta para las Farc donde se comprometía personalmente a hacer todo


lo posible para que los tacharan de la lista de los grupos considerados como terroristas por la Unión Europea. A la salida, yo sacaba pecho como si fuera James Bond.

Pero cinco minutos más tarde, me preguntaba si me habían creído un idiota. En ese entonces, Raúl  Reyes no era visible y en caso de que lo consiguiera contactar, había nueve posibilidades sobre diez de que me tomaran como rehén.

En las próximas semanas, tendremos el momento de escuchar el relato del drama de Íngrid y de todas las ‘acciones-transacciones’ que se llevaron a cabo para sacarla de este infierno. Tendríamos que escucharla, en especial, todos aquellos que quisieron meter al Gobierno colombiano a la picota en nombre de una hemiplejía francesa.

En Francia, una guerrilla marxista no puede ser totalmente mala. En cambio, un presidente liberal y proamericano es obligatoriamente un cabrón. ¡Tanto así,  que un buen número de mis compatriotas terminaron por creer que Íngrid estaba retenida por el Gobierno colombiano!

Evidentemente, esta situación indisponía a todos los colombianos, en especial al primero de ellos. Alguna vez hablé con el presidente Uribe, poco después de que Nicolás Sarkozy subiera al poder. Su respuesta fue irónica: “¿Usted quiere hablar de Íngrid Betancourt, la franco-colombiana? Imagino que en Francia, el señor Sarkozy tiene muchos problemas con los secuestros, ¿no?”.

El malentendido entre el gobierno francés y el colombiano no facilitó la solución de esta tragedia. Si Íngrid quiere retomar un rol importante en la vida política colombiana, tendrá que devolverle al César lo que es del César. Cosa que ha hecho desde anoche.

 * Periodista francés.

Quién es De La Villardiere

Bernard de La Villardiere tiene 50 años, es presentador y productor del canal francés M6, líder en sintonía en el país galo. Conoció a Íngrid Betancourt hace varios años justo antes de ser secuestrada. De La Villardiere ha hecho varios reportajes sobre Colombia, viajando a zonas selváticas como Putumayo y Guaviare. También ha estado en las principales ciudades.

Tiene  varias especializaciones en Asuntos Extranjeros y Derecho Público y una maestría en Ciencias Políticas.

Dominique de Villepin, el otro gran amigo

Íngrid Betancourt creció en Colombia, pero estudió en París. Entre las personas con quienes hizo amistad en el exclusivo Institut d’Etudes Politiques está el entonces profesor Dominique de Villepin, quien posteriormente llegó a ser primer ministro francés durante el gobierno del presidente Jacques Chirac. Betancourt agradeció a “mi amigo” Villepin en un discurso después de su liberación.

No era para menos, pues De Villepin movió cielo y tierra para lograr su liberación. En 2003, el entonces ministro francés de Exteriores envió un avión militar en secreto a la selva amazónica brasileña con la esperanza de recuperar a la rehén. El problema es que la operación se hizo a espaldas del gobierno colombiano y cuando Álvaro Uribe se enteró todo terminó en una compleja crisis diplomática. “La verdad es que se fantaseó mucho con ese rescate. La familia nos preguntó si podíamos enviar un avión allá para rescatarla. No fue una intervención, sino la decisión de mandar un avión para recibirla, porque nos dijeron que había buenas posibilidades de que estuviera en esa zona (frontera colombo-venezolana)”, aclaró De Villepin recientemente al periódico El Comercio, de Ecuador.