"Yo imito, no ridiculizo a los personajes": Hugo Patiño

hace 7 horas

Del héroe no queda nada

<p> Mientras es acusado de malos manejos y abuso de poder, el Presidente de Nicaragua insulta a su similar colombiano. Las protestas crecen.</p>

Hace una semana, frente a las cámaras de televisión, el presidente nicaragüense, Daniel Ortega, alzó la voz. Acompañado de las tres sobrevivientes de la operación militar al campamento de alias Raúl Reyes, difunto comandante de las Farc, le hizo una advertencia a su similar colombiano: “Presidente Uribe, cuídese de intentar asesinar estas muchachas en Nicaragua. No se le ocurra intentar asesinarlas en Nicaragua”. Por si fuera poco, presentó a las mujeres como testigos de un eventual juicio contra su homólogo por crímenes de lesa humanidad.

Después, como si fuera un libreto, arremetió contra Estados Unidos y la prensa local. “Ellos le hacen el trabajo sucio al imperio yanqui y con el pretexto del periodismo van a investigar dónde están, para que después vengan a asesinarlas. Tenemos pruebas, tenemos pruebas”, aseguró.

Con estas declaraciones, Ortega buscaba encontrar el apoyo, cada vez más esquivo, de los más de cinco millones de habitantes. Pero parece que las cuentas le están saliendo mal. Una reciente encuesta realizada por la firma M&S Consultores reveló que sólo el 20,5% de los nicaragüenses aprueban su mandato.

Y es que Ortega y su partido, el Frente Sandinista de Liberación Nacional (Fsln), se han convertido en una figura oscura y frecuentemente cuestionada. Los medios critican sus más de veinte viajes al extranjero (a donde acude con esposa, hijos, yernos y nietos) señalándolo de gobernar el país por teléfono; denuncian la concentración de poder en manos de su familia, y lo acusan de malversar los fondos de cooperación social enviados desde Venezuela. Atrás ha quedado la imagen gloriosa del guerrillero que terminó con la dictadura familiar Somoza, la misma que sometió a la nación durante 45 años.

Hoy por hoy se habla del apogeo del “danielismo”, la corriente caudillista que controla la vida política de Nicaragua y a la que se oponen figuras clave del triunfo revolucionario. Es el ocaso del sandinismo.

Eduardo Enríquez, jefe de Redacción del diario La Prensa, resume lo que el pueblo nicaragüense ha aprendido tras un año del nuevo gobierno de Daniel Ortega: “No queda nada de su primer mandato”.

El hombre de antaño

En un principio no se llamaba Daniel, sino Enrique. Así lo conocían quienes integraban la guerrilla sandinista desde 1961. Después de 18 años de estar en la lucha insurgente, la revolución triunfó. Para las elecciones de 1983, Ortega presentó su nombre y salió elegido con el 67% de los votos.

Una vez en el Ejecutivo intentó alejarse de los poderes de la Guerra Fría. Asumiendo una posición como no alineado, el presidente Ortega basó su plan de Gobierno en el sistema socialista cubano y los partidos socialdemócratas europeos. Adelantó programas estatales de sanidad, nutrición, alfabetización y agricultura en una época donde comenzaban a sentirse


las leyes del mercado: a través del FMI, Estados Unidos presionaba al Estado nicaragüense para que se privatizara y recortara el gasto público. Como el mandatario persistió en su labor, Washington, aduciendo motivos humanitarios, organizó un ejército irregular que realizó actos terroristas (los Contras); también impuso sanciones comerciales.

Debido al bloqueo y al gasto de Defensa, la economía se deterioró. Los niveles de ingobernabilidad aumentaron a tal punto que fue necesario llamar a elecciones en 1990. Las urnas declararon a Violeta Barrios de Chamorro ganadora con el 54,7% de los sufragios.

Daniel Ortega se convirtió en el líder del ahora partido político Fsln. Se presentó nuevamente a elecciones en 1996, pero Arnoldo Alemán, candidato del Partido Liberal Constitucionalista (PLC), lo venció con el 51% de apoyo popular. Con dos elecciones perdidas a cuestas, Ortega cambió su estrategia.

En 1999, después de que el huracán Mitch destruyera a medio país, los sandinistas hicieron un pacto con su enemigo político. Eran tiempos difíciles: Alemán enfrentaba una fuerte oposición que le impedía gobernar, y Ortega era acusado por su hijastra de violación. El acuerdo cambió las reglas del juego electoral. Pero Ortega perdió la partida: Enrique Bolaños lo derrotó en las elecciones de 2001 con el 56% de la votación.

De nuevo en la oposición, el ex guerrillero volvió a jugar sus cartas posicionando a hombres clave en las principales instituciones del Estado. Así, cuando en 2006 el eterno candidato volvió a postular su nombre para Presidente, ganó en su juego: obtuvo el  primer cargo con el 38% de los sufragios.

Gobierno familiar

Desde Managua, el director de El Nuevo Diario, Francisco Chamorro, explica por qué el nuevo Gobierno de Ortega es presa fácil de las rotativas. “Todo es muy dudoso. Hay una fuerte atmósfera de secreto en torno al Presidente”, sostiene. La prensa ha identificado un selecto grupo de colaboradores integrado, en su mayoría, por familiares de Ortega; lo llama ‘El Círculo de Hierro’.

En su primer mes a cargo del Ejecutivo, Ortega hizo un anuncio turbio: delegaría en su esposa, la poetisa Rosario Murillo, cerca de la mitad de sus funciones. Desde entonces, ella maneja la política de comunicación y controla el presupuesto de publicidad estatal.

Esta semana, El Nuevo Diario reveló que durante 2007 el Gobierno gastó casi 3,7 millones de dólares en propaganda, de los cuales 80% fue para televisión. El Canal 4, cuyo rating de audiencia global apenas alcanza el 3%, registra hasta 36 anuncios diarios pagados por el Estado. La familia Ortega Murillo es la principal accionista del medio.


El hijo mayor del matrimonio, Rafael Ortega Murillo, administra cuatro emisoras con frecuencia en AM y FM, además de fungir como asesor presidencial sin funciones definidas. Sobre el hermano del Mandatario, Humberto Ortega, un militar retirado, se dice que aconseja tras bambalinas al Gobierno en asuntos de seguridad. El cuadro lo cierra Francisco López, tesorero de los sandinistas y presidente de Petronic, la compañía petrolera del Estado que maneja gran parte del dinero de cooperación venezolano, la principal fuente de críticas de la oposición a la administración actual.

Dentro de la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA), Nicaragua firmó un acuerdo de ayuda con Venezuela: recibe diez millones de barriles de petróleo al año pagando la mitad del precio internacional del mercado, con un plazo de 23 años para desembolsar el resto a un interés anual del 2%. La cantidad supera las necesidades internas, por lo que el Gobierno está en libertad de vender el crudo que no utiliza. El problema reside en que estos fondos son manejados por una empresa mixta, administrada por Francisco López.

En el Congreso nicaragüense, el Partido Conservador y el Movimiento Renovador Sandinista acusaron al Gobierno de malversar parte de este dinero. El pasado 11 de junio, las autoridades electorales cancelaron la personería jurídica a ambos movimientos. Varios analistas consideran que la medida intenta imponer a la fuerza el bipartidismo en cabeza de sandinistas y liberales. “Daniel Ortega no se comporta como Jefe de Estado. Ha mezclado los asuntos privados con los asuntos públicos”, anota el analista internacional Enrique Serrano.

Y también ha dejado de lado temas vitales en su agenda de Gobierno. La inflación nicaragüense es la tercera más alta de América Latina (16%), detrás de Bolivia y Venezuela, todos pertenecientes al ALBA. La canasta familiar subió un 53% y el poder adquisitivo disminuyó en 20%. Dora Téllez, líder de oposición, señaló que sus compatriotas ya no pueden comer el gallo pinto, plato nacional. “La mitad se lo come la inflación”, sostiene.

Los principales diarios de Nicaragua auguran una reforma constitucional que le permita a Ortega instalarse en el poder indefinidamente. Pero su elección no es segura. “Va a llegar dramáticamente desgastado, seguramente acusado de corrupción. O de grandes desfalcos y derroches”, vaticina Serrano. En dado caso, el mandatario seguiría la tendencia regional de cambios constitucionales para mantenerse en la Presidencia. Una táctica que aplican tanto sus aliados comerciales como sus principales enemigos frente a las cámaras.