Lenin o la tumba de la discordia

Desde la Perestroika, el cuerpo de Lenin es objeto de diversas polémicas. Se le considera un peligro para las generaciones venideras.

A Lenin la muerte le llegó un año antes de que los partes oficiales del Soviet Supremo la anunciaran, pero ni cuando comenzó a morir, hacia 1923, ni cuando murió, el 21 de enero del 24, ni 80 años después, su cuerpo dejó de ser manipulado. Símbolo, mito, leyenda o realidad, Wladimir Illich Ullyánov fue embalsamado para que la posteridad lo recordara como había sido en vida, y sin embargo, un día a finales de los 80 su obra se terminó de derrumbar. La Unión Soviética dejó de ser un conjunto de estados socialistas como los que él había creado con la revolución de los bolcheviques de 1917. Ya Lenin no debía ser paradigma de nada ni de nadie, decía el presidente del nuevo estado ruso, Mijail Gorbachov. Por lo tanto, su tumba debería ser trasladada desde el mausoleo de la Plaza Roja de Moscú hacia otro lugar, preferiblemente, San Petesburgo.

La sugerencia de Gorbachov generó cientos de manifestaciones, unas en contra, otras a favor. Los comunistas consideraron la sola idea como un sacrilegio, un atentado contra la historia. Para no provocar más a los viejos defensores de los regímenes abolidos, Gorbachov desistió de su plan. Lenin se quedó en su mausoleo. No obstante, la polémica volvió a surgir 10 años después, cuando Boris Yeltsin hizo la misma propuesta, aclarando, además, que una de las últimas peticiones de Lenin había sido “ser enterrado en San Petesburgo, al lado de su madre y su hermana”. Hubo encuestas para que el pueblo ruso decidiera, pero la balanza no se inclinó. Yeltsin habló entonces de un referendo que jamás se hizo.

Igual, ya había logrado algunos triunfos sobre el camarada Lenin. En el 93 ordenó que se retirara la guardia de honor que custodiaba su cadáver y redujo a su mínima expresión un museo con sus pertenencias. En secreto, desmanteló su departamento del Kremlin, y mandó descolgar algunas de las pinturas del líder bolchevique. Su jugada postrera era llevar a Lenin a la misma ciudad donde pretendía enterrar a Nicolás II, el último zar ruso, ejecutado en 1918 junto a su familia por los


bolcheviques. El zar jamás fue enterrado. Sus restos fueron exhumados de una fosa común en Ekaterinenburg y guardados en una caja de cartón. “Esa es la mayor de las afrentas posibles contra mi tío, y yo no la voy a permitir. A mi tío hay que dejarlo donde está”, dijo entonces Olga Ullyánova, la única pariente de Lenin, que por serlo fue respetada.

La polémica volvió a encenderse un mes atrás, cuando dos investigadores daneses anunciaron que lo que se había dicho sobre la muerte de Lenin no era cierto y que hubo intentos de profanación de su cadáver. Las actas de defunción firmadas por ocho de los 27 médicos que lo atendieron en sus últimos años decían que el deceso se produjo el día 21 de enero del año de 1924, como consecuencia de una asteriosclerosis múltiple. Los otros 19, incluidos los dos de su mayor confianza, no quisieron firmar. Habían prometido silencio.

Luego se sabría de qué silencio se trataba, y se entenderían las razones por las que desde tiempo atrás circulaban en Moscú rumores sobre una sífilis que padecía Wladimir Illich Ullyánov. Otras versiones posteriores, sustentadas por León Trotski en 1930, afirmaron que Lenin había muerto por una dosis letal de veneno ordenada por José Stalin, el hombre que se tomó el poder del partido comunista un año antes. Hubo, incluso, quienes se atrevieron a decir que el propio Lenin le había pedido a su “rival” que lo envenenara, pues los dolores que debía soportar lo habían desbordado.

Todo fue misterio el día de la muerte de Lenin. Su influencia era tan grande en aquella Unión Soviética creada por él con la Revolución de Octubre del 17, que las noticias sobre su fallecimiento habrían podido enterrar para siempre su obra. Stalin lo sabía. Trotski también. Y su hija María y sus millares de seguidores. Nadie se atrevió a decir la verdad, pues la verdad podría haber salpicado su imagen de hombre íntegro, y la sífilis por aquellos años era una enfermedad de hombre lascivo, corrupto, impenitente e hipócrita. Sus adversarios intentaron regar la historia con la versión venérea de su muerte.

Con los años cambiaron de estrategia. No les importó más si Lenin había muerto de sífilis o por envenenamiento, de apoplejía o por un ataque cardíaco, pues el mito era indestructible. Entonces comenzaron a luchar para sacar su cuerpo embalsamado del centro de la vida rusa: la Plaza Roja de Moscú. Allí, en lo profundo de un mausoleo de mármoles rojos y negros, fue depositado el 1º de agosto del 24. Su rostro permanecía en un sereno estado de alerta, sus manos parecían dispuestas a tomar impulso para levantarse. Aquella imagen que permaneció impávida por los años de los años en el Kremlin, era la imagen de un hombre que jamás supo lo que era rendirse.

Había nacido el 10 de abril de 1870 en Simbrisk, en la región del Volga. Su infancia, acomodada, transcurrió en medio de las transformaciones que la Rusia zarista de entonces copió del mundo capitalista occidental. Las desigualdades y el sistema semifeudal en los que vivían inmersos los rusos eran un recurrente tema de conversación en su casa. El tercer hijo de los seis que tuvo la familia Ullyánov oía, veía y tomaba nota, pues ante todo quería parecerse a Alejandro, su hermano mayor, y Alejandro era revolucionario, y Alejandro hablaba de cambios y formaba parte de las células de Voluntad del Pueblo.


A los 17 años, la vida se le fue encima en forma de terror a Iván Illich Ullyánov cuando se enteró de que Alejandro había sido acusado de conspiración. En mayo del 87 fue arrestado, y a comienzos de junio, ahorcado en una plaza pública para que el pueblo viera lo que ocurría con los conspiradores. Órdenes del zar. Órdenes del sistema de siempre. Iván Illich quedó marcado para siempre por la muerte de su hermano. Algunos meses más tarde ya formaba parte activa de los círculos marxistas de Kazan. Reuniones clandestinas, lecturas de El Capital, viajes, manifestaciones disfrazadas, espionaje.

La vida de Lenin era hasta cierto punto un misterio que los agentes de la policía intentaban develar. En 1895 lo acusaron de agitador y lo deportaron a Siberia. Allá terminó de escribir El desarrollo del capitalismo en Rusia. Luego, ya de regreso a sus labores de activista e ideólogo, publicó en 1902 un libro en el que se preguntaba ¿Qué hacer? Sus textos no sólo eran un debate contra los economicistas, también eran una discusión sobre la organización del partido Obrero Socialdemócrata y, especialmente, sobre la necesidad de construir un partido basado en revolucionarios profesionales con un periódico central para toda Rusia que debería desempeñar el papel de “organizador y agitador colectivo”.

El 9 de enero de 1905 Petesburgo sufrió, impávida, una masacre contra la clase obrera que terminó por encender los ánimos de la revolución. “Fue el ensayo general de la Revolución de 1917”, diría muchos años más tarde Lenin, cuando ya el triunfo de los bolcheviques había cambiado las estructuras de poder y las relaciones sociales y económicas de los rusos. Wladimir Illich Ullyánov no alcanzó a ver cómo sus luchas y sus victorias se desplomaron, pues murió cuando los sueños del socialismo aún eran puros. Hoy, 84 años después, empiezan a resquebrajarse sus restos, su imagen y su tumba, como si él hubiera nacido con el único fin de arrasar para siempre con cualquier vestigio de paz y concordia.

El cadáver embalsamado

El cadáver de Wladimir Illich Ullyánov, Lenin fue sumergido en una viscosa mezcla de glicerina y acetato de potasio, y se convirtió en una momia de carne y hueso que sobrevivió perfectamente a la descomposición de su propio régimen. Fue enterrado en un mausoleo de la Plaza Roja, que es considerada como la meca del comunismo, con más de un millón de visitantes al año. La momia de Lenin continúa en su mausoleo. Ha sobrevivido a varios atentados y a quienes quieren enterrarla, y únicamente fue trasladada durante la II Guerra Mundial a Tiumén, en Siberia. En 2000, los defensores del mausoleo eran un 82%, mientras los que se oponían eran el 44%. Los datos de 2007 arrojan una relación de 64% a favor y 34% en contra.

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