La noche del luchador por la libertad

Aunque nació un  17 de julio, personalidades  de todo tipo  celebran  desde ya el cumpleaños de líder surafricano.

Ex boxeador, fanático de la gimnasia antes, durante y después de sus 27 años en la cárcel, Nelson Mandela sigue gozando a sus casi 90 años de un metabolismo privilegiado. Su presión arterial, dicen sus ayudantes, es la de un hombre sano de 50. Pero le cuesta caminar. Avanza pasito a pasito con un bastón tribal africano en la mano derecha y con una persona, habitualmente su esposa, Graça Machel, que le coge firmemente del brazo izquierdo. Pierde la concentración, se olvida de lo que ha dicho u oído media hora antes. Está y no está.

Pero durante una semana en la que Londres vivió una invasión de superestrellas globales para celebrar su cumpleaños, culminando con un conmovedor concierto musical en Hyde Park el viernes pasado, todos se han quedado en la sombra del que Gordon Brown, el primer ministro británico, describió como “el hombre más grande de nuestro tiempo”.

Lo dijo en una cena en honor de Mandela el miércoles, en la que Bill Clinton también alabó “la capacidad de inspirar a millones de personas” del líder surafricano.

Un gran político debe ser, ante todo, un seductor. Una persona capaz de ganarse las mentes y los corazones de la gente. Mandela lo ha hecho mejor que nadie. No sólo conquistó a la casi totalidad de la población negra de su país –dividida en nueve tribus con nueve lenguas–, sino que acabó conquistando a la población blanca, que durante décadas lo había considerado como un temible terrorista. Pero su eficacia seductora es tan grande en privado como cuando su objetivo son las grandes masas. Fe de ello la da la habitualmente gélida reina de Inglaterra.

Mandela es la única persona, que se sepa, con la posible excepción de su marido, el príncipe Felipe, que la llama por su primer nombre. Llamar  Elizabeth a la reina es una violación del protocolo casi mortal (en otros tiempos hubiera significado la ejecución instantánea). Pero Mandela lo hace y ella se lo permite, aparentemente, encantada.

Como comentó Clinton durante la cena, la base de todo, del encanto y del éxito político del hombre que liberó a su pueblo de la tiranía racista más implacable de la Tierra, es muy sencilla. “Es una buena persona”. Con el propósito de contagiarse un poco de esa bondad, muchas de las personas más famosas del mundo pagaron grandes cantidades de dinero, todas destinadas a la fundación de Mandela contra el sida, para poder compartir una cena con él, a la que asistieron 500 personas.


Además de Bill Clinton y Gordon Brown, estaban Elton John, Robert de Niro, Will Smith, Uma Thurman, Forrest Whitaker, Pierce James Bond Brosnan, Denzel Washington, Oprah Winfrey, Emma Thompson, Boris Becker y Richard Branson, el magnate millonario más conocido de la noche, pero no el más rico.

Elton John le cantó Happy Birthday a Mandela. Después hubo una subasta de siete obras de arte, entre ellas, un molde de bronce de la mano de Mandela. Will Smith, el actor estadounidense, hizo de subastador, derrochando energía y sentido del humor, y la mano se acabó vendiendo por 2,2 millones de euros. El comprador fue Sol Kerzner, un surafricano megamillonario que basó su fortuna en una cadena de hoteles y casinos que creó en tiempos del Apartheid. Kerzner no hubiera podido levantar semejante negocio, ahora extendido por todo el mundo, sin la ayuda del sistema del Apartheid, de cuyas leyes racistas se aprovechó de manera astuta y, según decían los seguidores de Mandela en aquellos tiempos, vil.

La exorbitante suma que pagó por la mano de Mandela, sumada a otras donaciones que ha hecho a las causas del ex presidente surafricano, le servirán –o al menos eso comentaba alguna gente en la cena– como vía de expiación.

El caso de la cantante inglesa Amy Winehouse se trató más bien, quizá, de un caso de redención. Había grandes dudas sobre su comparecencia al concierto del viernes en Hyde Park. Drogadicta empedernida, se ha pasado los últimos meses entre comisarías y clínicas médicas. Pero, aunque sólo le dieron de baja del último hospital en el que ha estado ingresada el miércoles, dos días después saltó al escenario. Sus ojos indicaban que estaba más ida que el propio Mandela en sus momentos de menor lucidez, pero la voz no le falló. Como si se tratara de un milagro del Jesucristo contemporáneo (el Times de Londres dijo ayer que ésta había sido la semana en la que Gran Bretaña “deificó” a Mandela), la cinco veces ganadora de los Grammy cantó con más fuerza y vitalidad y pasión que Annie Lennox, las Corrs, Simple Minds, Zucchero, Queen, Joan Baez o cualquiera de los otros cantantes o grupos por los cuales 47.000 personas compraron entradas. El concierto fue todo un éxito.

Mandela se llevó los aplausos más entusiastas. “Mientras celebramos, no nos olvidemos de que queda mucho trabajo por hacer”, declaró, con voz sorprendentemente firme, sobre el escenario. “Donde haya pobreza o enfermedad, incluyendo el sida; donde los seres humanos estén siendo oprimidos, todavía nos queda mucho por hacer. Nuestro trabajo consiste en lograr la libertad para todos”.

Y acabó declarando, como despidiéndose para siempre, como reconociendo que nunca más hablaría ante una multitud tan grande: “¡Está en vuestras manos ahora!”.